
Anna Iborra
La era digital ha llegado como un huracán, ha arrasado con nuestras costumbres y, de paso, con nuestras aspiraciones laborales. Antes, los niños querían ser astronautas, médicos o detectives privados —influenciados por alguna serie de moda—. Hoy, la mayor aspiración juvenil es convertirse en influencer, un trabajo sin horarios fijos, sin jefes, aparentemente, y con la posibilidad de recibir regalos a cambio de una sonrisa ante la cámara. Suena tentador, pero esto nos lleva a preguntarnos: ¿estamos idolatrando a la gente equivocada?
Vivimos en la era del consumismo extremo y los influencers han encontrado en este festín su plato fuerte. Gracias a ellos, ya no compramos por necesidad, sino por antojo, por impulso o por miedo a quedarnos atrás. Nos convencen de que necesitamos esa crema facial hecha con extracto de baba de caracol o esos zapatos de edición limitada que cuestan lo mismo que un alquiler. Todo esto envuelto en un aire de naturalidad y cercanía que hace que la publicidad pase desapercibida. “Yo lo uso, tú también deberías”, dicen con una sonrisa impecable. Así, el ciclo de la insatisfacción sigue girando: compramos, nos emocionamos cinco minutos y luego sentimos la necesidad de comprar más. Sin embargo, la promoción del consumo sin freno no solo afecta a nuestro bolsillo, sino también a nuestra autoestima —y nuestra cordura—. Miramos sus vidas perfectas, sus desayunos impecablemente fotogénicos y sus casas dignas de revista, y nos preguntamos por qué nuestra realidad no se parece en nada. Lo que no nos cuentan es que, detrás de cada foto, hay veinte intentos fallidos, un filtro bien aplicado y, en muchos casos, una buena dosis de edición digital. Aun así, seguimos comparándonos y exigiéndonos lo imposible, olvidando que lo real rara vez entra en el encuadre de Instagram.
La promoción del consumo sin freno no solo afecta a nuestro bolsillo, sino también a nuestra autoestima.
El impacto ambiental también es digno de un buen drama. La fast fashion, la tecnología desechable y el «cómpralo ya porque mañana no estará de moda» han convertido al planeta en un vertedero de tendencias caducadas. Mientras tanto, los influencers siguen promoviendo compras impulsivas sin pestañear —o quizá sí, pero no lo notamos porque ahora todo es filtro y bótox—. Mientras se nos dice que reciclemos el envase del yogur, los grandes gigantes de la moda siguen generando toneladas de desperdicio textil con cada nueva colección. Un gesto ecológico por nuestra parte, un desastre ambiental por la suya.
Si hablamos de responsabilidad, aquí entramos en un terreno pantanoso. Algunos influencers no se conforman con vender ropa o maquillaje; también promocionan dietas milagrosas, cursos de inversión dudosa y productos “revolucionarios” que nadie sabe bien cómo funcionan. Todo con una seguridad aplastante y sin el menor atisbo de investigación. Al fin y al cabo, la credibilidad es un accesorio opcional. Y aquí estamos, en un mundo donde la opinión de un influencer sobre nutrición tiene más impacto que la de un dietista titulado, pero… ¿qué hay de aquellos que realmente aportan algo valioso? Mientras científicos, activistas y creadores de contenido educativo luchan por ganar visibilidad, otros se hacen virales por subir un vídeo comiendo caramelos de extraños sabores o realizando retos absurdos. ¿Es este el mundo en el que queremos vivir? Un lugar donde la fama se mide en likes y no en logros reales, donde los esfuerzos académicos se ven opacados por la tendencia de la semana.
No se trata de demonizar a todos los influencers; algunos ofrecen contenido de calidad, educativo o inspirador. Aunque sí se trata de aprender a filtrar, de preguntarnos qué tipo de contenido consumimos y a quiénes estamos dando nuestra atención, porque, al final del día, la cultura del consumo nos ha hecho creer que la felicidad está en lo que poseemos, cuando, en realidad, quizá deberíamos buscarla en aquello que no puede comprarse: el pensamiento crítico, la autenticidad y, por qué no, un poco de sentido del humor.



