De un sueño compartido al sabor mediterráneo: la historia de Althaia

Vista desde el exterior de la fábrica de Althaia / Carla Acosta

Althaia no es solo una cervecera; es un proyecto nacido del amor por las personas y por la cerveza, una forma de entender la elaboración como un acto comunitario, ético y lleno de sentido. Hace unos días visitamos su fábrica y cata en Altea para conocer de cerca cómo trabajan y qué hace especial su propuesta.

La historia de Althaia arranca con Mayte y Jorge. Ella, experta en vinos; él, un apasionado de la cerveza con un sueño: elaborar cervezas para la gente. Cuando sus caminos se cruzaron, decidieron unir sus talentos. Así, en un rincón pequeño, comenzaron a dar forma a esa ilusión. Con el tiempo, esa pequeña cervecera creció: en 2019 se trasladaron a unas instalaciones más grandes para dar espacio a su voluntad de producción y futuro.

El nombre de la cervecera no es casual. En griego significa “yo curo, yo sano”, una idea que conecta con el espíritu con el que surgió la empresa y con su vínculo con Altea, que en sus orígenes también se llamaba Althaia. La identidad del lugar y del Mediterráneo está presente en todo lo que hacen: en su imagen, en los sabores y en la filosofía con la que entienden su oficio. Esa fusión entre territorio y producto forma parte esencial de su personalidad como marca.

Lo fascinante de Althaia es su tejido simbiótico con el territorio: sus sabores, sus nombres, sus colaboraciones con ilustradores locales y su impulso de cultura cervecera en la zona. 

La visita comienza en la zona de entrada, que también funciona como tienda y punto de encuentro. En las estanterías se alinean las distintas variedades y pueden verse las ilustraciones de las etiquetas, todas creadas por tres ilustradoras de la zona. Al pasar al área de producción, la guía explicó algo que resulta revelador: en España, aunque la cerveza gusta, y mucho, todavía no existe una cultura cervecera propiamente dicha. Falta vocabulario, conocimiento y curiosidad por el proceso. Contaba que aún sorprende a mucha gente la idea de ir a una cata de cerveza, mientras que la degustación de vinos es una experiencia bastante común. De hecho, palabras tan comunes en inglés como brewery —cervecería, fábrica de cervezas— o to brew —elaborar cerveza— no tienen una traducción natural en nuestro idioma. Ese matiz lingüístico revela una distancia cultural que proyectos como Althaia tratan, poco a poco, de acortar.

El interior de la fábrica / Belén Hernández

Dentro de la fábrica, se observan los tanques donde comienza la elaboración. Allí se trabaja solo con los cuatro ingredientes esenciales: agua, cereales, lúpulo y levadura. No utilizan aditivos ni químicos, y aprovechan todo lo que el proceso genera. Los restos del cereal, por ejemplo, se destinan a alimentar los caballos de unos amigos de los fundadores, y, otra parte se entrega a una panadería local que elabora pan de masa madre con ese bagazo —los restos del grano que quedan tras la elaboración—. Ese pan, precisamente, lo probamos más tarde durante la cata. Todo queda en la comunidad: la materia prima, la producción, el aprovechamiento y la colaboración entre pequeños negocios locales.

El proceso continúa con etapas de cocción, trasvases y enfriamiento rápido, pasando de unos 60 a unos 20 grados para conservar aromas y cualidades. En Althaia elaboran hasta cinco variedades simultáneas según la demanda, y una de las más especiales, Siroco, madura durante tres meses en barricas de whisky. Aunque no contiene whisky, el proceso de maduración le aporta matices suaves y reminiscencias del destilado.

El recorrido deja claro que Althaia es más que una cervecera artesanal: es una forma de vida que reivindica lo local, la ético y la cultura cervecera como experiencia.

La producción, nos cuenta la guía, ronda los mil botellines diarios, lo que equivale a unos 12.000 litros al mes, aunque pueden llegar a los 16.000. Para ponerlo en perspectiva, esa es la cantidad que una gran cervecera industrial produce en apenas una hora. La comparación basta para entender la diferencia entre lo artesanal y lo masivo.

Una muestra del catálogo artesanal de Althaia / Belén Hernández

Durante la visita al área de embotellado y enlatado, la guía lanzó una pregunta sencilla: ¿botella o lata? La respuesta fue casi unánime: botella. Sin embargo, explicó que la lata es, en realidad, la mejor aliada de la cerveza, ya que evita el paso de la luz y la oxidación. En cualquier caso, insistió en que lo ideal es servirla siempre en vaso, para liberar el gas, evitar esa sensación de pesadez —que, bien servida, no debería acompañar a la cerveza— y disfrutar de todo su sabor. También comentó que, a diferencia del vino, la cerveza debe consumirse pronto, porque cuanto más fresca, mejor conserva sus propiedades. Asimismo, en la limpieza, tampoco utilizan productos químicos agresivos, lo que genera un fondo natural en las botellas, un detalle que indica que no ha sido tratada con elementos artificiales.

La identidad del lugar y del Mediterráneo está presente en todo lo que hacen: en su imagen, en los sabores y en la filosofía con la que entienden su oficio.

Tras recorrer la fábrica y conocer los cuidados que ponen en cada paso de la elaboración, es fácil apreciar cómo esa dedicación se refleja en su oferta. El catálogo de Althaia cambia con las estaciones. Entre sus cervezas destacan la Mediterranean IPA, la Mediterranean Lager o la Rabosa, su Pumpkin Ale de temporada con tonos anaranjados y aroma especiado, con un sabor que recuerda al pastel de calabaza, perfecta para estas fechas otoñales. También elaboran Violeta, una cerveza con hibisco, notas florales y gasificación con nitrógeno que solo se conserva en lata y en frío. En una ocasión, cuenta la guía entre risas, olvidaron una lata fuera de la nevera y explotó, llenando la sala de cerveza: una muestra de lo delicado y especial del proceso. Otra de sus joyas es la Mediterranean IPA sin alcohol, premiada en el Barcelona Beer Challenge, que destaca por su sabor muy similar a la cerveza con alcohol, que es, precisamente, lo que muchos consumidores buscan en las alternativas “sin”.

Premios y distinciones de Althaia / Carla Acosta

Al finalizar la visita, subimos a la terraza del bar tap room, un espacio luminoso donde, además de las catas, se organizan distintos eventos culturales. Allí pudimos disfrutar de cuatro cervezas distintas: algunas ligeras, otras con matices dulces o ahumados, todas con personalidad propia; acompañadas de quesos de la zona, embutidos, almendras y alfajores. Este lugar refleja perfectamente la filosofía de Althaia: no se trata solo de elaborar cerveza, sino de crear experiencias compartidas y espacios donde la gente se reúna y disfrute. En esa misma línea, desde octubre han lanzado los jueves la propuesta “Art & Beer”, talleres de arte combinados con catas de sus cervezas y degustación de quesos que las acompañan, que acercan la cultura, el ocio y la cerveza de forma integrada.

Una de las cervezas ofrecidas durante la cata / Carla Acosta

Lo fascinante de esta cervecera es su tejido simbiótico con el territorio: sus sabores, sus nombres, sus colaboraciones con ilustradores locales y su impulso de cultura cervecera en la zona. Lo artesanal y lo artístico conviven de manera natural. El reto para ellos es mantener ese espíritu íntimo y auténtico, crecer sin perder el vínculo con la comunidad y diversificar sin diluir su sello.

El recorrido deja claro que Althaia es más que una cervecera artesanal: es una forma de vida que reivindica lo local, la ético y la cultura cervecera como experiencia. Una fábrica con alma mediterránea que, entre espuma y conversación, ayuda a crear una nueva manera de entender la cerveza en España.