La literatura como desborde

Las ponentes en el CeMaB / Carlota Cerdán

Es imposible hablar de la importancia de la literatura sin hablar de la necesidad de escapar de la “historia única”: esa que, según Chimamanda Ngozi Adichie, es siempre la historia del marginado. Las hijas de la migración no solo heredan fotos antiguas o idiomas que se desdibujan; reciben también un duelo que no les pertenece y una nostalgia de tierras que, a veces, ni siquiera han pisado.

El pasado 5 de marzo, con motivo del Día Internacional de la Mujer, el Centro de Estudios Literarios Iberoamericanos Mario Benedetti (CeMaB) acogió el encuentro “Encontrarse en la palabra”. Moderado por la profesora Cristina Asencio, reunió a dos voces fundamentales de la narrativa antirracista actual: la periodista y escritora Lucía Mbomío y la autora y activista Safia El Aaddam, que se presenta en redes sociales con una etiqueta que —como ella misma señala— le fue impuesta: ‘hija de inmigrantes’.

Para Mbomío, la escritura llegó como una forma de ampliar los márgenes de su propio oficio. “El periodismo tiene un límite de caracteres; la literatura te permite desbordarte y contar mucho más”, explica. En ese desbordamiento busca romper lo que denomina la “narrativa de la réplica”: esa inercia que obliga a las personas racializadas a gastar energía negando estereotipos. “Estamos todo el tiempo diciendo ‘yo no soy esto’”, señala. Frente a eso, la autora hace uso de la literatura para “contar qué sí somos sin tener que estar respondiendo constantemente”.

Safia El Aaddam creció escuchando más que escribiendo. Su cultura, la Amazigh, ha sido de transmisión oral por necesidad, porque lo escrito se intentaba borrar. “Nuestra propia escritura, el Tifinagh, se ha ido manteniendo en la tierra, en las piedras”, explica. Para ella, escribir es sacar esas historias de las rocas y ponerlas en el papel. Sin embargo, el mundo literario no siempre les concede ese espacio: “No se nos espera en la literatura para contar cosas bonitas —denuncia—, sino para contar desgracias”.

En su primera novela, Hija de inmigrantes (2022), recurre a la autoficción para exponer las fracturas de identidad que genera crecer en un entorno marcado por el racismo y la precariedad. Esta línea de análisis culmina en su ensayo España ¿racista? (2024), donde analiza cómo el pasado colonial y determinados prejuicios institucionales siguen filtrándose en espacios como la escuela, la sanidad o las políticas sociales. Además de su obra escrita, desde sus redes sociales ha impulsado iniciativas como la cesión simbólica del voto a personas migrantes, campañas para facilitar citas en extranjería o proporcionar material escolar a niños cuyas familias no pueden costearlo.

Lucía Mbomío inició su trayectoria literaria con Las que se atrevieron (2017), un libro de entrevistas a mujeres blancas que mantuvieron relaciones con hombres negros durante el franquismo, rompiendo el mito del hombre negro como “ser hipersexual y salvaje” y cuestionando quién tenía derecho a ser protegida.

Después llegó Hija del camino (2019), una novela que, en palabras de la propia autora, “lo petó” en un momento en que las personas negras “estaban de moda” por el impulso del movimiento Black Lives Matter. En su última novela, Tierra de la Luz (2024), se emancipa del yo autobiográfico para hacer lo que llama “trabajaciones”: aprovechar sus privilegios —incluso los que permiten viajar— para contar historias ajenas. Así ha grabado en campos de personas refugiadas sirias y palestinas en Líbano o en Haití tras el terremoto.

La literatura ha sido entendida, desde la tradición aristotélica, como mímesis: una imitación o representación de la realidad. Sin embargo, cuando la realidad de ciertos grupos es sistemáticamente borrada, la mímesis literaria deja de ser un simple ejercicio estético para contar lo que la sociedad ignora y dar voz a historias invisibilizadas. Si la literatura no refleja esas vidas, parecen no existir. “No hay historias como las nuestras, y no se habla de lo que heredamos las hijas y los hijos de inmigrantes”, sentencia Safia. Su escritura nace precisamente de esa urgencia: la de nombrar lo que ha permanecido en la periferia del relato oficial.

“El periodismo tiene un límite de caracteres; la literatura te permite desbordarte y contar mucho más”, explica Lucía Mbomío.

Una de esas herencias es lo que se denomina duelo migratorio. Un proceso que no afecta solo a quienes migran, sino también a sus hijos. “Ese duelo se acentúa cuando se encuentran con una sociedad que, aparte de no reconocerlas, las rechaza”, explica. Son niños que hacen de intérpretes para sus padres en hospitales o juzgados, asumiendo responsabilidades adultas demasiado pronto. “Acaban maternando a sus padres”, añade.

“A menudo la gente reduce cosas muy grandes a anécdotas”, señala. “Pero esto no son anécdotas: es un sistema que provoca que tengamos vivencias intersubjetivas”. Entre los temas que, a su juicio, apenas han empezado a contarse está el racismo en la vejez y en las residencias. “Mi familia también se está haciendo mayor, y las situaciones con las que se encuentran no las cuenta nadie”, evidencia. Lo que expone Safia encuentra su reflejo práctico en Afromayores, un proyecto impulsado por Lucía Mbomío que documenta y dignifica las historias de la comunidad negra que envejece en España.

“No se nos espera en la literatura para contar cosas bonitas —denuncia Safia El Aaddam—, sino para contar desgracias”.

Si Safia El Addam habla de duelo heredado, Lucía Mbomío habla de nostalgia heredada. La identidad atraviesa buena parte de su obra, especialmente Hija del camino (2019). El título remite a una sensación constante de desplazamiento. “En España crezco como negra. Pero voy a Guinea y soy ‘ntangan’ [extranjera, occidental]”. Esa experiencia abre preguntas sobre himnos, banderas, patrias y matrias. Cuando le preguntan de dónde es, responde: “de la madre que me parió”. Y también de su barrio. “A mí me parece la leche tener dos tierras, beber de dos fuentes. El problema es cómo se lee aquí, pero para mí es maravilloso”.

“La identidad también está en lo cotidiano”, explica: “En esos pequeños gestos que funcionan como ladrillos en la construcción de quiénes somos”. El camino del título, por tanto, no necesita un final claro. “Puedes no ver el final del camino. Incluso puedes entender que tú misma eres camino”.

Esa complejidad la explica también a través de la máscara Fang que lleva tatuada. A partir de ella describe la identidad como una máscara de tres caras: lo que mostramos al mundo, lo que el mundo dice que somos y lo que verdaderamente somos. “Constantemente estás girando entre esas caras”, explica. De esos soliloquios nació Hija del camino (2019): un libro sobre racismo, pero también sobre la necesidad de preguntarse de dónde viene una. No se trata de una precocidad filosófica, explica, sino de la imposibilidad de simplemente ser en el lugar en el que naciste, de sentir que cada pregunta sobre su identidad “retumba sin cesar”.

En su última novela, Tierra de la luz (2024), la “Nostalgia” aparece escrita con mayúscula, como un nombre propio. Mbomío la describe como algo tan grande que ya no cabe dentro del cuerpo. Se convierte, explica, en una especie de “hermano siamés” que se pega al hombro y obliga a caminar de lado.

Es la nostalgia que heredó de su padre, que luchó por la independencia de Guinea Ecuatorial y soñó durante toda su vida con regresar. Nunca pudo hacerlo. Hoy, con demencia, cree que ha vuelto. “Mi madre, mi hermano y yo nos convertimos en sus Roberto Benigni”, dice, recordando La vida es bella (1997). “Le seguimos el juego porque ese era su sueño”. Así es como siente la nostalgia de su padre: un peso enorme que, con su enfermedad y su cuerpo cada vez más frágil, ahora cargan ella y su hermano, llevando a cuestas un sentimiento que “parece pesar quintales”. Pasaron años antes de que ella pudiera ir a Guinea, pero desde el primer momento que estuvo allí lo vivió como un regreso.

Safia, que estudió Estudios Árabes y Hebreos para encontrar los nombres que el colegio le había ocultado, recuerda un canon literario “totalmente blanco” y cómo muchas voces norteafricanas que lograban publicar terminaban escribiendo “para la blanquitud”, adoptando discursos islamófobos o transfóbicos.

Mbomío confiesa que escribe “presa del pánico y con un síndrome de la impostora de la leche”, pero siente que no tiene otra opción. Sus referentes no son los del canon escolar: menciona a Donato Ndongo-Bidyogo y la literatura queer ecuatoguineana de Trifonia Melibea Ogono.

Esa urgencia por contar lo propio choca, sin embargo, con el muro de la “historia única” que fabrican los medios. Lucía, desde su experiencia como periodista, señala a los medios tradicionales como “pasarelas que, a menudo, han facilitado la deshumanización de los cuerpos negros y marrones”. Una inercia que Safia traslada al entorno digital, donde el activismo se estrella contra la arquitectura de las redes sociales.

Cuando la realidad de ciertos grupos es sistemáticamente borrada, la mímesis literaria deja de ser un simple ejercicio estético para contar lo que la sociedad ignora y dar voz a historias invisibilizadas.

En este escenario, la verdad parece tener las de perder. Safia explica cómo el algoritmo castiga la denuncia mientras premia el bulo: “Para escribir la palabra racismo, tenemos que escribirlo con números [r4c1sm0”]. Mientras no se puede llamar al racismo por su nombre, los discursos de odio se vuelven virales gracias a la lógica de la plataforma, dejando a la verdad atrapada en el filtro de la “contramuestra”. “El bulo llega de forma masiva —expone—, pero cuando alguien intenta desmentirlo, ese mensaje ya no le llega a nadie”.

Al final, la literatura de Safia y Lucía funciona como esa mímesis necesaria que Aristóteles quizá no previó: una que no solo imita la vida, sino que devuelve la existencia a quienes quedaron fuera del espejo. Si el sistema intenta reducir sus trayectorias a una anécdota, sus libros responden con la contundencia de lo que se desborda. Porque, cuando la nostalgia se vuelve un “hermano siamés” que pesa quintales y el duelo migratorio amenaza con atravesar generaciones enteras, solo queda la palabra. No para responder a estereotipos ni para justificarse, sino para habitar el mundo sin pedir permiso.