¿Cómo viven los artistas falleros los días previos a la plantà?

Plantà de la falla / Leyre Blanco

Calles cortadas, el ruido de los petardos, el olor a pintura, la música de las charangas y un sentimiento que corre por las venas. La semana más esperada del año está a punto de arrancar, los valencianos cuentan los días para volver a vivir un año más sus tradicionales Fallas. Sin embargo, mientras la ciudad se viste de gala y la gente calienta motores para empezar, en los talleres los nervios están a flor de piel.

Mientras algunos ya empiezan a planificar sus rutas de carpas y mascletàs, otros se esfuerzan hasta el último segundo para que todo salga perfecto. Como es el caso de los artistas falleros, quienes trabajan día y noche durante un año entero creando magia a través de sus manos. Ellos son las piezas clave de la festividad, sin su labor esto no tendría ningún sentido. “Me gustan mucho porque son una fiesta que envuelve la ciudad y donde se contagia la emoción. Sin embargo, para las personas que trabajamos en los talleres se vive de una manera un tanto estresante, ya que nos encargamos de varias fallas a la vez y el tiempo apura”, comenta Leyre Úcar, ayudante de artista fallero. 

“Para las personas que trabajamos en los talleres se vive de una manera un tanto estresante, ya que nos encargamos de varias fallas a la vez y el tiempo apura”, afirma Leyre Úcar, ayudante de artista fallero.

Aunque hoy vemos monumentos que son de auténtica ingeniería, el oficio de artista fallero nació de la forma más humilde a mediados del siglo XIX. En aquel entonces, no existía la figura del artista como tal, quienes plantaban las fallas eran artesanos de barrios, como era el caso de los carpinteros, pintores o jugueteros que utilizaban estas esculturas como un complemento de su trabajo diario.

La tradición cuenta que todo empezó con los carpinteros valencianos, quienes celebraban la llegada de la primavera quemando los trastos viejos y el parot (el soporte de madera para el candil) frente a sus talleres en honor a San José. Con el paso de las décadas, lo que era una simple limpieza de taller evolucionó hacia la sátira y el arte, consolidando en los años 20 del siglo pasado una profesión de nombre propio. Fue en ese momento cuando decidieron que crear magia con sus manos no era solo un pasatiempo, sino una vocación de vida que hoy, en pleno 2026, sigue quemando con la misma fuerza.

El oficio de artista fallero no es una profesión cualquiera, sino un legado que mezcla tradición, cultura y mucha pasión por la terreta. Es una disciplina casi única en el mundo que obliga a quien la ejerce a ser un poco de todo, escultor, pintor, ingeniero… pero, sobre todo, un gran soñador. Úcar cuenta que su parte favorita de trabajar en el taller es la pintura, sobre todo cuando se empieza a ver el resultado del trabajo previo que ha realizado, además de ver cómo van cobrando sentido los ninots en conjunto.

Sección de pintura de un taller fallero / Leyre Blanco

El prestigio del que gozan las Fallas hoy no tendría sentido sin los hombres que revolucionaron esta festividad. Figuras como Regino Mas, el artista más laureado de la historia con sus imponentes victorias en la Sección Especial, sentaron las bases de la monumentalidad y la sátira moderna. Su testigo lo recogieron genios como Salvador Debón, cuya capacidad para dotar de movimiento y elegancia a las figuras cambió la estética fallera para siempre, o Vicente Agulleiro, el maestro de los volúmenes imposibles que convirtió la Falla Convento de Jerusalén en una leyenda.

Con los años se le ha ido dando una mayor visibilidad a la figura de la mujer en los talleres, siendo el reflejo de una transformación en los casales desde hace años. Si echamos la vista atrás, en el año 2023 la presencia femenina ya era muy significativa, pero muy escasa en comparación con los hombres, ya que tan solo 17 mujeres formaron parte del Gremio Artesano de Artistas Falleros. Sin embargo, el año pasado, en 2025, los datos oficiales de la Junta Central Fallera de Valencia confirmaron que hubo un aumento de la participación femenina en el censo fallero, representando el 56% de mujeres inscritas. A pesar de ello, todavía escasea la presencia femenina en los talleres.

“Los días previos a la plantà se viven con mucha intensidad, ya que el tiempo apremia y la jornada puede alargarse hasta las 16 horas dependiendo del día”, asegura Manuel José Blanco, artista fallero.

Durante este proceso, la precisión es lo más importante para que nada falle. La organización de un taller fallero en su cuenta atrás se podría describir como una coreografía perfecta que dio comienzo meses atrás, pero que en marzo se convierte en un sinvivir de pura adrenalina. “La mayor parte del tiempo se invierte en la pintura y en preparar las piezas para que salgan posteriormente a la calle para ser plantadas”, cuenta Manuel José Blanco, artista fallero. Tal como asegura, “los días previos a la plantà se viven con mucha intensidad, ya que el tiempo apremia y la jornada puede alargarse hasta las 16 horas dependiendo del día.”

En cuanto a la elaboración de cada escultura, uno de los mayores quebraderos de cabeza es el coste de producción y los materiales. Los artistas falleros se enfrentan a una realidad económica, donde el presupuesto que otorga la comisión fallera a menudo se queda corto ante la subida de precios de los materiales, como es el caso del corcho, la madera o las pinturas especiales. “Si lo calculamos no haríamos fallas, pero digamos que un muñeco de falla especial de 1,70m puede rondar entre los 2.500 y 3.000 euros”, afirma Blanco.

Artista fallero
Manuel José Blanco pintando un ninot / Leyre Blanco

La diferencia entre la producción y realización de las fallas infantiles y las de Sección Especial son abismales. En total, este año las comisiones falleras de Valencia han invertido un total de 9,8 millones de euros en la plantà tanto de los monumentos grandes como infantiles. Se destinarán a las fallas grandes alrededor de 7,2 millones de euros y para las infantiles 2,5 millones de euros. La falla Convento de Jerusalén encabeza el ranking de las fallas de Sección Especial con un presupuesto de 260.000 euros. Y, en cuanto a la falla infantil, Espartero-Ramón y Cajal lidera también esta sección con un presupuesto de 75.000 euros, siendo ambas las fallas más caras de este 2026.

“Para la elaboración de los ninots empezamos por el diseño, se puede hacer directo en corcho o se puede modelar digitalmente con un programa. Una vez lo tenemos, se repasa la fresa con la lija y el cúter para sacar los detalles al máximo. Después pasamos al proceso de armazonar el muñeco con madera para que se pueda aguantar, y luego se empapela. Una vez empapelado, se le dan unas pasadas de gotelé para que tenga una dureza y luego esté más blando para poder lijarlo y se quede fino totalmente. Después pasamos a la preparación de un fijador para que el polvo no afecte a la pintura, y luego se repasa la figura de posibles poros o fisuras. Más tarde, damos unas pasadas de color para los detalles finales y, por último, barnizamos para una mayor protección y conseguir que el color compacte para que luego tenga más protección cuando esté en la calle”, comenta Blanco.

El destino de los ninots es, inevitablemente, el fuego, aunque existe la posibilidad de que un ninot de la falla sea salvado de ser quemado. Esta tradición es conocida como “Indulto”. Cada año, antes de que las llamas consuman el monumento, se elige una figura de cada falla para que represente a la comisión en la Exposición del Ninot. Allí, es el voto popular el que decide qué pieza se salvará de la cremà, pasando a formar parte de la historia en el Museo Fallero. Esta costumbre, que nació en los años 30, permite que el esfuerzo de todo un año no se convierta en ceniza, guardando a modo de recuerdo una pequeña parte de la falla.

La falla Convento de Jerusalén encabeza el ranking de las fallas de Sección Especial con un presupuesto de 260.000 euros. La falla infantil Espartero-Ramón y Cajal lidera también esta sección con un presupuesto de 75.000 euros.

Para una fallera o un fallero, ver el ninot en el taller es ver materializado el esfuerzo de toda su comisión. Desde la llegada de las primeras piezas en la plantà, los falleros envuelven el barrio de vida y orgullo. Al final, sin el cariño de los falleros y de la gente, la escultura no sería más que corcho y pintura. El monumento cobra su verdadero sentido cuando cada figura refleja la ilusión de una comisión que se ha dejado la piel durante todo un año para ver, por fin, brillar su falla.

Todo este esfuerzo pasa factura en el agotamiento físico y mental que supone dedicar su tiempo al completo para que el trabajo salga adelante. No es solo el cansancio de trabajar durante horas, sino también la presión psicológica de saber que el trabajo de todo un año se somete al juicio del jurado y de miles de personas en cuestión de horas. “Es cierto que genera estrés que todo aquello en lo que has invertido tanto pueda llegar a estar tan juzgado esos días. Sin embargo, el exponerse también te da la oportunidad de llegar a más gente”, afirma Úcar.

La plantà es el momento de la verdad. No se trata solo de poner una pieza sobre otra. Es ingeniería pura. Las fallas de sección especial requieren grúas de gran tonelaje que cortan el tráfico de las avenidas principales, es por ello que los colegios e institutos de la capital gozan de unos días libres a consecuencia de las calles cortadas y el tráfico que se genera. Según señala Úcar, ayudante de artista fallero, el momento de la plantà es todo un “desafío”, especialmente al sacar las figuras del taller por las grandes dimensiones que ocupan. La ciudad deja de pertenecer a los vehículos para ser entregada a los artistas, convirtiéndose en un gigantesco museo al aire libre.

Desde el taller, se huelen los nervios a flor de piel. Después de un año de duro trabajo, los ninots salen a la calle para lucirse en una semana tan especial. Sin embargo, montar una falla al completo conlleva un gran esfuerzo, ya que durante el camino desde el taller hasta la localización de la plantà pueden surgir diversos inconvenientes. Según comenta Manuel José Blanco, en las fallas pequeñas no suelen surgir problemas, pero con las fallas de Sección Especial tiene que haber cierta logística porque el transporte de piezas es de un volumen considerable y no todas pueden circular sin la ayuda de policías que despejan las calles para poder pasar.

Taller fallero de Xàtiva / Leyre Blanco

En este escenario de transformación de las calles, hay que tener en cuenta que todas las fallas requieren un esfuerzo monumental y todas luchan por un mismo objetivo, entrar en el terreno de la Sección Especial. Para un artista, es como pasar de conducir un vehículo convencional a pilotar un Fórmula 1. Mientras que una falla pequeña puede alzarse en apenas una jornada con un equipo reducido, las gigantes de categoría de oro, como la de Convento de Jerusalén-Matemático Marzal, que puede llegar a medir alrededor de 22 metros de altura, necesita mucho más tiempo.

A pesar del alto coste de producción y de los meses de dedicación en el taller, el destino de estas obras de arte ya está escrito. La labor del artista fallero es, probablemente, la única en el mundo que trabaja con tal nivel de detalle para que su obra desaparezca en cuestión de minutos bajo las llamas. Blanco admite que, aunque ver quemar su obra le produce ‘un poco de pena’, el proceso es necesario para cerrar el ciclo: ‘Es un síntoma de que vas a volver a empezar y siempre te ilusiona empezar un proyecto nuevo’.

Es en ese instante, cuando el fuego consume el último ninot, el ciclo vuelve a comenzar. Mientras el público se retira y las calles retoman su tránsito habitual, el artista fallero ya tiene la mirada puesta en el próximo boceto. Porque en Valencia y alrededores, la magia no está solo en lo que se quema, sino en la voluntad de un oficio que, año tras año, decide volver a empezar desde cero para regalarle a la ciudad su tan ansiado museo de monumentos.