Una reflexión sobre el deseo femenino

Maite Llorens
“¿Tú sabes cuánto dinero me deberías si yo fuese puta?”. Así comenzaba mi primer reel de recomendados de Instagram. Es una cita explícita del libro Por qué el agua del mar es salada de Brigitte Schwaiger, una de las preguntas que le lanza la esposa protagonista a su marido Rolf. La mujer del vídeo, la escritora Iris Borda, comenta sobre la cuestión que es un buen punto de inflexión para repensar el papel de la sexualidad en una pareja, en un matrimonio. Otra vez repite la frase lapidaria: “¿Tú sabes cuánto dinero me deberías si yo fuese puta?”.
Lo cierto es que era la hora de la merienda, me levanto y siento un nudo en la garganta que se extiende hasta el estómago. No, vuelvo a caer a la silla. La sexualidad convertida en servicio, ¡dios mío! Recuerdo todas aquellas veces en las que he oído a chicas decir que los hombres las van a sexualizar igualmente, así que prefieren sacar rédito de ello. Las fresas con nata me esperan en la nevera, por lo que patéticamente me apunto el nombre del libro en notas. Puede que se me olvide el título, pero no la frase.
Ya en la nevera me cruzo con los contramuslos de pollo que he comprado. No entiendo por qué los ha envuelto con un plástico transparente y todos superpuestos. Me cuestiono el criterio del carnicero: ¿Es así como se colocan los trozos de carne? Debería de haberle dicho algo mientras (me) lo estaba haciendo. ¿Tratará así a su mujer? Me refiero, seguro que no permite una disposición azarosa para sus conyugales caldos de paella. Aunque no sé si él cocina o solo escoge, condimenta y corta la carne.
Es legítimo escuchar a tu cuerpo y priorizarlo, pienso.
En medio de esta disputa me topo con las fresas: menos mal que todavía están buenas. Tenía miedo de no poder llegar a consumirlas. Todas están rojitas y dispuestas en la bandeja de forma visual y atractiva… ¡qué hambre! Me carcome entonces un sentimiento extraño, de culpa, que me traslada a la figura de la cantante Mala Rodríguez. En una reciente entrevista cuenta que, cuando se abrió OnlyFans, no sabía dónde se metía, que el problema es que luego la gente se piensa que por x dinero ya son tus dueños. Pone la guinda a su discurso concluyendo que OnlyFans es una forma de prostitución.
Agito con vehemencia extrema el cacharro de la nata, mientras me digo que el problema es cómo el sistema empuja a las mujeres a llegar hasta ese punto. Quizás sea mejor hablar de trampa patriarcal. Sí, en la que, por unos ínfimos beneficios, que para nada van a saciarte ―aunque sí sostenerte económicamente, porque así lo quieren―, convierten tu identidad de mujer en la de un producto alimenticio ya desprovisto de deseo y sin la capacidad de reclamarlo. Dejo el bote de nata en la mesa de un golpe, lo he mareado tanto que me ha salpicado en la mano. Me limpio ambas manos y consulto la hora en el móvil con la sorpresa de ver dos llamadas de mi novio. Deslizo sus mensajes hasta leer que no va a poder ir al súper y sabe que no van a quedar fresas para mañana. Esa deducción era buena, normalmente me encantan y me apetecen. El mensaje seguía diciendo que mañana a primera hora se pasaba y que no le guardase ninguna, que él podía esperar.
Cuando él llega a casa yo aún sigo sin probar ni una sola fresa y entonces me confiesa que sí llegaba a tiempo, pero que está agotado y quiere descansar. Es legítimo escuchar a tu cuerpo y priorizarlo, pienso. En ese momento decido ofrecer, un poco en contra de mi voluntad, las fresas. Me repite que puede esperar a mañana, que me coma las que yo quiera, y esta declaración, en parte, me alivia y recobra mi apetito. Me dirijo a comerme las fresas con nata con el deleite de una principiante, una fresa enteramente rebozada con nata y ya mis labios entreabiertos cuando… ¡Joder! La textura espumosa de la nata se expande por mi boca, pero también por mi barbilla. Resisto, no me limpio, muerdo la fresa y mi castigo es recordar: “Rolf dice que, si yo fuese puta, tendría mucho que aprender”.



