Carol o El precio de la sal, que fue el primer nombre bajo el que se publicó en 1951, fue escrito por Patricia Highsmith. Sin embargo, ella lo firmó bajo el pseudónimo de Claire Morgan, probablemente por miedo a las posibles repercusiones. No fue hasta 1989 cuando la autora decidió reimprimirlo bajo el título de Carol y firmándolo con su nombre real

María Samper
La película homónima vio la luz en 2015, de la mano del director Todd Haynes y de las intérpretes Cate Blanchett y Rooney Mara. La cinta es una adaptación de la novela de Highsmith aunque trataremos de dilucidar aquí algunas diferencias fundamentales que pueden crear un abismo entre ambos. Carol consiguió numerosos aplausos en el festival de Cannes y fue nominada a seis premios Oscar, a pesar de que no se llevó ninguna estatuilla.
Tanto el libro como la película cuentan la historia de amor lésbico entre Carol y Therese, con los años cincuenta como telón de fondo. Patricia Highsmith explicó en el prólogo que incluyó en la edición de 1989 los motivos por los que decidió en su momento ocultar su autoría: Carol es una historia de amor entre dos mujeres que disfruta de un final feliz, es decir, que no condena la homosexualidad.
Sin embargo, entre el libro y la película subyacen una serie de diferencias que son las que vamos a intentar reflejar aquí. En el libro, Therese es una escenógrafa de veinte años que se encuentra en pleno proceso de autoconocimiento. En la película, por su parte, Therese es fotógrafa. No se trata de un cambio relevante en lo relativo al argumento, pero el hecho de que Therese se dedique a la fotografía dota a la cinta de la posibilidad de jugar de forma más intensa con las imágenes.
De hecho, la película es silenciosa, transita por una eterna quietud que sólo se rompe cuando las protagonistas se enfrentan a las adversidades que conlleva un amor prohibido en aquel momento. Mientras que en el libro la historia se narra desde el punto de vista de Therese, en la película la auténtica protagonista es Carol. Por ello, en el libro no se recogen el divorcio de Carol y Harge, el dolor de Carol cuando se le prohíbe ver a su hija Rindy, su lucha por mantener su identidad a flote.
Estas ausencias nos impiden profundizar en la inmensidad narrativa del personaje de Carol, una mujer experimentada en todas las facetas de su vida, segura de sí misma, de clase alta, madura, consciente de su sexualidad. De hecho, es Carol la que se aproxima por vez primera a Therese, la que inicia el juego de seducción al que Therese pronto se anexará desde una actitud pasiva y vacilante, pero, a la vez, incontrolable y visceral.

Ya en una de las primeras escenas podemos comprobar la importancia del lenguaje no verbal en la película: Carol posa su mano derecha sobre el hombro de Therese. Therese se queda absorta, por todo lo que ese gesto implica. Como veremos a lo largo de la cinta, es un gesto que se repite en varias ocasiones. El desasosiego identitario y los conflictos sociales que se esperan de un drama romántico protagonizado por dos mujeres dejan paso a una relación que se fundamenta y se alimenta de momentos únicos, de miradas y de una gestualidad vívida.
Sin embargo, este lenguaje sólo es comprensible y manejable por parte de las dos protagonistas. De hecho, Jack, amigo de Therese, también toca el hombro de la mujer, y la implicación nada tiene que ver con el lenguaje de las manos entre ellas. Esta escena ocurre al comienzo de la película, por lo que puede suponer un indicio necesario para que el espectador comprenda que la profundidad del lenguaje gestual recaerá, durante todo el metraje, sobre Carol y Therese únicamente. El lenguaje simbólico se define en esta cinta a través de las dos protagonistas, que crean una historia lírica, pausada, favorecida por el silencio y la sutileza de un contacto físico que dialoga por sí mismo.
Si en la película los silencios actúan como recurso narrativo predominante, el libro está plagado de reflexiones de Therese. Los personajes, en el libro, se encuentran más desarrollados. Es el caso de Richard, novio de Therese, o de su compañera de trabajo. En la película, Therese parece una mujer mucho más solitaria, no existe una voz en off que nos transmita sus pensamientos, miedos, deseos… Es Rooney Mara y su mirada frente a la cámara. Y con eso es suficiente.
En la película, Carol cobra un protagonismo innegable, definiéndose como una mujer fuerte y decidida, valiente, que no acepta los estigmas de su época.
En el libro, conocemos a Carol únicamente a través del punto de vista de Therese, quien la idolatra desde el momento en el que la conoce. De hecho, cuando Carol compra el tren en los almacenes en los que trabaja Therese, ella añade una tarjeta de Navidad felicitándole las fechas. Es por eso que Carol la invita a comer. En la película, sin embargo, la línea argumental es diferente: Carol se olvida los guantes en el mostrador y Therese se los envía a su domicilio. Jamás sabremos si se trata de un olvido casual o causal.
La Carol del libro no es la Carol de la película. En la novela, Carol es una mujer fuerte, de facciones perfectas, pero, por encima de todo, es la mujer de la que está enamorada Therese. Y es un amor visceral el que siente por ella. En uno de los pasajes del libro, cuando Carol va conduciendo y atraviesan un túnel, Therese desea que las paredes se derrumben sobre ellas y queden sepultadas para siempre: «Deseó que el túnel se derrumbara y las matara, que sus cuerpos se arrastraran juntos» (Highsmith, 1991, p. 71).
En la película, Carol cobra un protagonismo innegable, definiéndose como una mujer fuerte y decidida, valiente, que no acepta los estigmas de su época. Ella quiere divorciarse de Harge y nada ni nadie pueden convencerla de lo contrario. Adora a su hija y, aunque teme perderla, no está dispuesta a renunciar a lo que es, ni siquiera para mantener a su hija junto a ella. En una de las escenas finales, Carol llega a afirmar lo siguiente: «hubo otra época en la que habría hecho cualquier cosa por mantener a mi hija cerca, incluso encerrarme. Pero, ¿de qué me sirvo, de qué nos sirvo, si vivo en contra de mi naturaleza?»
Carol es todo lo que podría esperarse de una mujer feminista, que reivindica su estatus a lo largo de la película. Y no sólo el suyo, sino el del resto de mujeres. Por ejemplo, lo vemos reflejado cuando se encuentra fumando un cigarrillo con una amiga. Ésta le dice que a su marido no le gusta que fume, a lo que Carol responde: «¿Y qué? A ti te gusta». Como podemos apreciar en esta escena, lo realmente trascendental, a ojos de Carol, es lo que una mujer desea en su plano íntimo y personal, sin permitir que su marido o la sociedad, que a menudo constriñe y asfixia, lo hagan por ella.
Su relación con Harge parece haber tocado fin precisamente porque él nunca ha sido capaz de respetar esa individualidad que ella necesita y reclama. En un momento de la cinta, su marido le llega a espetar lo siguiente: «las mujeres como tú sois capaces de todo». Carol, sin amedrentarse, le responde: «Te casaste con una mujer como yo».
Si en la película los silencios actúan como recurso narrativo predominante, el libro está plagado de reflexiones de Therese.
Abby, interpretado de forma prodigiosa por Sarah Paulson, es otro de los personajes trascendentales de la película: la mejor amiga de Carol desde su infancia, mantuvo con ella una aventura cinco años atrás. Con Abby se nos vuelve a dar una pista sobre el comportamiento de Harge y la personalidad de Carol cuando le recrimina a él que toda su vida se ha preocupado por que las únicas referencias de Carol fueran él y su círculo.
Junto al silencio, los ruidos también forman una parte fundamental del desarrollo de esta película. El primer flashback viene introducido por el sonido del tren de juguete, del mismo modo que Therese parece salir de su estado de abstracción cuando escucha el timbre que anuncia el final de su turno de trabajo. Parecen ser sonidos que liberan.
A coalición de lo anterior, debemos detenernos en este punto para alabar la fotografía de Ed Lachman, imprescindible en la retórica del film. Vemos a las protagonistas a través de cristales mojados, de ventanas empañadas por la lluvia. Quizá esta influencia se la deba al fotógrafo estadounidense ya fallecido Saul Leiter. La imagen, de este modo, se difumina, se torna abstracta y responde más a la imaginación o al recuerdo que a la propia realidad.
En la película, Carol mantiene una actitud dulce a la vez que decidida. Se esfuerza por hacerle comprender a Therese que nada de lo que ocurra va a ser culpa suya, que ella ha sido y es libre de [es]coger lo que quiere, asumiendo las repercusiones, aunque una de las mismas sea perder a su hija. La fortaleza del personaje se une a la naturalidad con la que concurren los acontecimientos, propios de una época en la que las relaciones homosexuales sufrían una férrea condena social.
La película es silenciosa, transita por una eterna quietud que sólo se rompe cuando las protagonistas se enfrentan a las adversidades que conlleva un amor prohibido en aquel momento.
Therese, por su parte, presenta cierto rencor ante la huida de Carol, y esto ocurre tanto en el libro como en la película, aunque bien es cierto que en la novela sus pensamientos pueden llegar a rozar el amor enfermizo y dependiente. Therese nunca ha sabido decir que no por lo que llama la atención que, en la película, sea a Carol a quien le dice “no” por primera vez. Cuando Carol soluciona sus problemas con Harge y con la custodia de Rindy, y decide mantenerse firme en sus sentimientos, vuelve a Therese y la invita a tomar el té. Carol le ofrece un cigarrillo y Therese lo rechaza con un cortante “no”. Después le pregunta si le gustaría mudarse con ella. Y Therese vuelve a responder que “no”. Ésa es la evolución de Therese como personaje: cuando empieza la obra es apenas una niña insegura e indecisa que no tiene claro lo que quiere ni lo que es. Cuando la película echa el telón, Therese es una mujer. Como le dice Carol, «has florecido». Y es entonces cuando es verdaderamente capaz de aceptar su amor por Carol, de perdonar su ausencia, de escogerla de nuevo.
La mano de Carol sobre el hombro de Therese, la mirada furtiva de Therese cuando Carol enciende un cigarrillo, el primer encuentro sexual en la habitación de un hotel, la sonrisa ladeada de Carol cuando Therese titubea indecisa. Esos momentos constituyen la auténtica esencia de la película, una adaptación brillante donde los monólogos interiores y las reflexiones de la novela sobran cuando las protagonistas se hablan calladas.



