Donde habita la pérdida

Cubierta del libro y cartel de la película Hamnet

La adaptación cinematográfica de Hamnet (2025), dirigida por Chloé Zhao e inspirada en la obra homónima de Maggie O’Farrell de 2020, baila entre la franqueza emocional y su propia reinterpretación. El resultado de la película no se limita a ilustrar una historia ya conocida, sino que esta reformula sus silencios y reordena el peso narrativo, ofreciendo, de esta manera, una versión que dialoga con el texto original, aunque sin reproducirlo de forma fiel.

La novela de O’Farrell está construida desde un mundo interior, una intimidad que precede y sucede a la muerte de un hijo. Sus páginas danzan entre pasado y presente para convertir el duelo en una experiencia amarga; aquel que lee no avanza, sino que vuelve constantemente sobre la misma herida, una herida abierta en canal que parece no querer sanar. La película, siendo así lo más sensato en el lenguaje cinematográfico, adopta una progresión lineal. Esta decide transformar el duelo en un viaje visual y narrativo, mientras que en el libro, es obligatorio convivir con ese duelo.

Ambas obras poseen el mismo epicentro: la pérdida de un hijo y los restos que ese fallecimiento se acomodan en sus padres. No obstante, en la obra literaria se opta por construir al niño como una presencia simbólica más que como un personaje per se, una figura frágil que parece suceder de forma pasajera por las páginas sin poder llegar a percibirlo el tiempo suficiente, como si la autora quisiera mostrar que los padres tuvieron esa misma de fugacidad. El filme de Zhao ampara esa fugacidad y decide traducirlo en gestos y silencios, apoyándose con gran fuerza en la interpretación de Jacobi Jupe, cuya encarnación acentúa la inocencia más pura y delicada, un reflejo de la ingenuidad que la novela transmite a través de la mirada de la familia.

Aquel que lee no avanza, sino que vuelve constantemente sobre la misma herida, una herida abierta en canal que parece no querer sanar.

En la novela, William Shakespeare permanece en los márgenes de la escritura, donde ni siquiera es aludido con su nombre real [la obra tampoco hace un esfuerzo activo por esconder forzosamente su identidad], casi despojado de su estatus legendario. La historia, en realidad, pertenece a Agnes, a la madre, a su intimidad y su duelo. En la película, sin embargo, Shakespeare adquiere una mayor representación, como si el cine siempre necesitara anclar la tragedia y el centro de gravedad en una figura masculina reconocible. Se trata, simplemente, de una reinterpretación, aunque la sublime actuación de Paul Mescal ayuda a la aceptación de este cambio. Por otro lado, Jessie Buckley, encarnando a Agnes, sostiene el peso emocional con intensidad y sin excesos.

En la obra de O’Farrell, el duelo adquiere una consistencia psicológica que nace de la poesía narrativa de su autora, pero, sobre todo, de aquello que no se cuenta; en la adaptación, la emoción se vuelve más visible, más inmediata y más lacrimógena. A pesar de que la obra de Chloé Zhao se esfuerce en devolver a Shakespeare al centro de la acción, incluso cuando el material original lo relega, prácticamente, a un segundo plano, este cambio altera ligeramente la arquitectura emocional del relato.

La diferencia más notable e interesante en cuanto a narrativa se encuentra en el lenguaje que posee y enriquece cada medio. El libro, por su parte, convierte el dolor en lectura mediante pensamientos, sensaciones y reminiscencias que se despliegan en una prosa que avanza a tientas, como si temiera romper un silencio forjado con gran ternura. El episodio del funeral, narrado con extrema delicadeza, condensa ese gesto: la muerte se muestra, aun así, con crudeza, como si se tratara de una respiración contenida, un ahogamiento irremediable. La película, en cambio, traduce esa intimidad en un bonito paisaje donde los cuerpos, los espacios y su banda sonora hacen tangible esa pérdida. De igual manera, ambos casos tratan de exponer el duelo y hacerlo palpable en cada gesto y cada silencio.

Una invita a permanecer dentro del silencio, y la otra lo expresa en imágenes que insisten en mostrarte esa falta.

La adaptación introduce además una referencia cercana y conocida para el espectador: el mito de Orfeo y Eurídice, la historia del amante que desciende al inframundo para recuperar a su mujer amada y fracasa en el intento tras girarse para mirarla antes de tiempo. Aunque breve, esta alusión subraya que Hamnet es, más que la historia de un niño y cómo se conocieron unos amantes, la historia del duelo de unos padres y su gesto inevitable de mirar atrás y reconocer la pérdida, incluso cuando hacerlo sella su irreversibilidad.

Tanto la película como el libro cuentan una misma tragedia, pero desde una estancia emocional ligeramente distinta. La novela convierte el dolor en lenguaje, donde cada pensamiento y cada sensación de vacío permiten al lector habitar y convivir con ese duelo, mientras que la película lo transforma en toda una experiencia sensible, corporal, tangible. Una invita a permanecer dentro del silencio, y la otra lo expresa en imágenes que insisten en mostrarte esa falta. Entre ambas, Hamnet permanece como lo que siempre fue: una ausencia activa, como el gesto de Orfeo que, tras girarse para mirar a Eurídice, confirma que la pérdida ya es inevitable.