La memoria nos une: Mi historia en Burdeos

Encarna Mármol en la salita de su casa recordando su infancia
Encarna Mármol en la salita de su casa recordando su infancia

Mi amor por la literatura se lo debo, en gran parte, a mi madre. Ella y mi yaya (es una forma de llamar a mi abuela, dice que le gusta más y no nos deja que la llamemos abuela, porque “es más de vieja”) son parte fundamental de lo que soy hoy en día. Ellas se llaman Mercedes y Encarna, respectivamente. Mi yaya nació en 1936; mi madre, en 1973; y yo, en 2004. Entre las tres generaciones existen muchas similitudes, tanto es así que mi madre se fue cuando era joven a Orleans con una beca Erasmus y después trabajó un año en Burdeos como auxiliar, y yo voy a hacer exactamente lo mismo; bueno, en realidad, una mezcla de las dos cosas, me voy de Erasmus a Burdeos. Aunque mi yaya está bien, se le suelen olvidar algunas cosas y el paso del tiempo ha comenzado a borrar parcialmente sus recuerdos, pero seguro que, al contarle esto, reacciona inmediatamente.

Encarna se esforzó para que mi madre pudiera estudiar y sacarse una carrera. Mercedes se decantó por estudiar francés y, desde luego, está claro que le apasionan las letras, ya que me ha leído cuentos cada noche y creo que eso es lo que ha ido generando y sembrando ese amor por la literatura que ahora tengo. Cuando terminé el instituto decidí meterme a Periodismo porque consideraba que podría ser un oficio precioso en el que disponer de cierta libertad creativa, sobre todo cuando se mezcla con las humanidades y se crean crónicas dignas de premios literarios. La crónica de mi vida tiene a Encarna y a Mercedes como hilo conductor, con permiso de José Miguel, mi padre.

Ambas son el eje de mi historia y, aunque esté íntimamente ligada a ellas, mientras las entrevisto para el proyecto, pienso en lo que Leila Guerriero afirma sobre la implicación del cronista. La propia existencia de Guerriero confirma que se puede ser escritora y periodista a la vez, que la literatura y el periodismo tienen en común mucho más de lo aparente, y que, además, se pueden tratar temas con los que exista un vínculo personal.

Una vida en silencio

“Me acuerdo mucho de cuando te llevaba a la guardería –me dice mi yaya siempre que voy a visitarla– . El primer día le cogiste la mano a la profesora y te fuiste con la confianza que solo tienen los más pequeños”. La yaya me suele relatar momentos de hace, por lo menos, diez años, y es que ella me ha acompañado en mis primeros pasos y de su historia he aprendido tanto que, como consecuencia, su vida juega un gran papel a la hora de crear la mía propia. Su nombre completo es Encarnación Mármol Soria y nació el 8 de junio de 1936 en Albatana, un pueblecito rural al sureste de la provincia de Albacete, dentro de la comunidad autónoma de Castilla-La Mancha. Su vida no ha sido precisamente fácil.

“Yo nací justo el año en el que empezó la Guerra Civil aquí en España, ya no me acuerdo de mucho, pero sí de la pobreza y de la suerte de vivir en una localidad de tradición agrícola”, me dice mientras fija sus ojos arrugados en una esquina de la habitación. Cuando le pregunto por su infancia, sus respuestas son monosílabos y no suele dar muchos detalles. De su silencio, saco la conclusión de que no fue demasiado buena, aunque es imposible saberlo, porque casi nunca habla de ello. Ni siquiera mi madre tiene la seguridad de conocer esa parte de la vida de mi yaya.

Encarna Mármol en la salita de su casa recordando su infancia
Encarna Mármol en la salita de su casa recordando su infancia / Rocío Cruz

A pesar de que mi yaya no pudo reunir algunos de esos recuerdos ni tiene estudios, se esforzó para que mi madre creara vivencias positivas y siempre le insistió para que ella sí se formase. Mercedes nació el 2 de febrero de 1973 y es la pequeña de tres hermanos, además de la única que quiso y aprovechó la oportunidad que le dieron sus padres para acceder a unos estudios universitarios. Mi madre no era una estudiante ejemplar, pero, conforme crecía y pasaban los años, se daba cuenta de su importancia: “era lo mínimo después de que se esforzasen tanto para pagarlos”, recuerda a veces visiblemente emocionada. Gracias a eso, su relación con el francés se consolidó y, al elegir cursar Filología Francesa, se le presentó la posibilidad de realizar un Erasmus en Orleans, estancia que, por destino o casualidad, yo también voy a realizar, y lo más increíble de todo es que es al mismo sitio donde ella trabajó hace años. Mi madre se fue a Burdeos a ejercer como auxiliar de conversación (en español) cuando tenía 23 años y yo voy a ir con 21 a la misma ciudad. Ella estuvo desde el 5 de noviembre de 1996 hasta el 31 de mayo de 1997. En mi caso, mi estancia durará desde el 18 de marzo hasta el 29 de junio de 2026.

Burdeos, 22 y 23 de marzo de 2026

Y aquí estoy, en una franquicia americana a la orilla del Garona, en Burdeos, el lunes 23 de marzo, a las 17 horas, sola por primera vez en esta aventura francesa. Mi estancia no durará un año, sino tres meses, pero pienso aprovecharlos al máximo. Solo llevo unas horas sola en esta ciudad y ya estoy segura de que esta experiencia va a cambiar mi forma de ver las cosas, me va a ayudar a crecer personalmente y me va a sumar mucho a nivel profesional. A pesar de que lleve poco tiempo, diría que esto enriquece y ayuda a evolucionar como persona. Claro que todo depende de cómo te tomes la situación y lo que hagas con tu tiempo. Desde luego, si le pones ganas y te lo tomas como una oportunidad, nada puede salir mal.

Si te vas menos tiempo, mejor, pero, ya que vas y es lo que hay, disfrútalo mucho.

Hasta ahora, la parte más dura fue, sin duda, despedirme de mi familia y mis amigos, aunque al menos mis padres me trajeron en coche y se quedaron conmigo durante tres noches y cuatro días. La despedida con mi yaya fue tan emocionante como la esperaba, ya que, contra todo pronóstico (todo el mundo me decía que no me respondería gran cosa porque ya está mayor), Encarna reaccionó considerablemente (yo sí confiaba, que conste). No paraba de decir que era mucho tiempo y después se repetía “es lo que hay”, una y otra vez. Ay, cuánto me dolió escuchar eso, no pude aguantarme las lágrimas, mientras ella me decía que no merecía la pena llorar, al contrario, que lo que tenía que hacer era disfrutar, pero que, “si era menos tiempo, mejor”. Yo sé que, aunque su memoria ya no es la que era, en el fondo de ella, sí me echará de menos a mí y, sobre todo, nuestras tardes jugando a las cartas. Mi mayor miedo es no estar cerca si algo le pasa, pero me consuelo pensando que fue ella misma la que animó a mi madre a que saliera a ver mundo. Gracias, yaya.

El fin de semana con mis padres lo describiría con una palabra: especial. Pocas veces he visto a mi madre tan ilusionada. Supongo que estar de vuelta en Burdeos significa mucho para ella, y más aún si vuelve junto a mi padre y con el propósito de dejarme a mí aquí. Durante los tres días que pasamos juntos en la ciudad, Mercedes se encarga de enseñarnos sus sitios preferidos. En realidad, debe ser emocionante caminar por las mismas calles que hace tiempo debías recorrer una y otra vez. La primera parada fue buscar su antigua vivienda, que, por cierto, destaca entre los callejones por el llamativo color de su puerta. ¿Cómo será volver al piso que te vio crecer treinta años atrás? Quién sabe, quizá sepa la respuesta en el futuro.

Rocío junto a Mercedes en la puerta del edificio donde esta última vivió durante su estancia en Burdeos. Mercedes llamando al timbre por si el nuevo propietario accediera a dejarla entrar. José Miguel, junto a Mercedes, en la fachada del piso que visitó hace 30 años cuando fue a verla / Rocío Cruz

Mi madre se atrevió a llamar al timbre de lo que un día fue su hogar, pese a que estaba convencida de que la propietaria  del apartamento ya no seguiría viva. Los nuevos dueños no respondieron, quizás no se encontraban en el inmueble en ese momento, pero a Mercedes no le hizo falta entrar para recordar su habitación. Siempre que la describe, lo hace como si la tuviera enfrente de sus ojos. En primer lugar, recuerda su tamaño y afirma que era muy pequeña, pero que acabó “haciéndola suya”, suele destacar también que la pared estaba repleta de fotografías que ella misma seleccionaba, llena de objetos que le recordaban a España. La cama tampoco era muy grande, aunque sí confortable y acogedora.

Después de pasar por la plaza y calles que se encontraban junto al piso, los tres días se dedicaron a visitar lo que para ella son los lugares emblemáticos de Burdeos. Además, la mitad de la jornada se dedicaba a arreglar mi nuevo cuarto y a traspasar todo lo que habíamos traído en el coche, que no era poco, precisamente.

La madrugada del domingo, mis padres me dejaron en la residencia y se despidieron de mí. Mi padre prefirió hacerlo rápido y se fue pasillo adelante para evitar que lo viera llorar (aun así lo vi); mi madre, por el contrario, soltó alguna que otra lágrima mientras me daba un último abrazo, era una mezcla de nervios y emoción andante. Lo más duro de ver cómo se iban era saber que, en ese preciso instante, me quedaba sola en otro país. No tengo hermanos ni hermanas, es decir, algo acostumbrada a la soledad estoy, pero esto es diferente y, además, yo estoy muy unida a ellos.

Vuelta al pequeño estudio que tendrá que convertirse en mi hogar durante los próximos tres meses. Esta experiencia da vértigo, pienso, sobre todo porque no tengo a nadie, la gente suele irse con un par de amigos y yo he venido con 20 bolsas. A la media hora, el hijastro de Valerie (la amiga de mi madre), Thomas, me invita a salir con él y sus amigos. Su novia, Clémence, hace de intermediaria, ya que ha estudiado español y, además, le gusta mucho la idea de practicarlo. Aunque ella no puede venir, me explica dónde tengo que encontrarme con Thomas. Tras unos quince minutos, consigo llegar a la ubicación establecida sin problema. El plan es ir a la plaza de la Victoria, conocida por el gran número de bares que se encuentran en ella. En el tranvía, Thomas intenta hablarme algo de español, a pesar de asegurar constantemente que no se le da muy bien. Antes de entrar al “pub” donde nos espera su grupo de amigos, me entra miedo y vergüenza, empiezo a dudar de que vaya a entender algo, todos estarán hablando a la vez y será complicado. Sin embargo, después de haber llegado hasta allí, dar media vuelta no es una opción.

Antes de llegar no me veía capaz de mantener una conversación en francés, pero, a veces, una se sorprende a sí misma.

El bar es de capacidad media, está decorado con luces led y, en ese preciso momento, en las pantallas se retransmite un partido de fútbol. No está lleno, pero hay bastante gente, también en la terraza. Thomas me presenta a todos y se esfuerza por incluirme en la conversación, trata de traducir todo como puede. Al principio, sus amigos se comunican en francés y se disculpan por no saber hablar demasiado español. No obstante, después de salir con él y su amiga, Manon, al exterior, me doy cuenta de que, si no me hablan demasiado rápido, puedo mantener una conversación en francés y comprender todo lo que me dicen. Cuando vuelvo a entrar, todos están más receptivos y comienzan a interesarse por mi vida.

Cuando llego a mi cuarto estoy contenta y mucho más tranquila que cuando me fui. Aún así, pienso en qué podría hacer el resto de días, ya que las clases no comienzan hasta la semana siguiente. En realidad, lo último que me apetece es ir a la escuela, ya he tenido suficientes emociones y agradezco tener unos días para adaptarme a mi nueva rutina. Creo que lo que menos me va a gustar de la universidad bordelesa son los horarios. Aquí comen a media mañana en las propias instalaciones; me cuesta mucho hacerme a la idea de que no voy a comer en mi casa. Es más, los cursos terminan sobre las cinco, por lo que tampoco podré disfrutar de una pequeña siesta.

Decido dejar de pensar en todo lo que no me gusta y me digo a mí misma que tengo que ser positiva. Mis padres me informan constantemente de su viaje de vuelta (que dura ni más ni menos que doce horas), y me doy cuenta de la suerte que tengo de poder vivir esto, de que me hayan traído en coche o de ser capaz de entender conversaciones en otro idioma. Esta mañana, cuando llegué, estaba segura de que me costaría dormir, pero la fatiga y el cúmulo de sensaciones que he vivido hoy parecen pesar mucho más que los nervios, por lo que caigo rendida al instante.

Primer día superado.

1.ª semana / Del 23 al 29 de marzo de 2026

Es mi primera semana sola en Burdeos y me muero de ganas de recorrer la ciudad. El lunes y el martes decido repetir e ir a dos de los sitios que ya visité con mis padres, el jardín público y el espejo del agua, respectivamente, aparte de pasear en general. El jardín público es uno de esos parques que impresionan por su dimensión, pero también por su sencillez, su delicadeza y por todos los animales que en él conviven, desde distintas especies de aves hasta ardillas y peces. Lo bonito del jardín es ver a todas las personas con una toalla haciendo algún plan despreocupado y tranquilo, pero con algo en común: una sonrisa. Algo que me preocupaba de salir sola era sentirme observada o incómoda, pero allí había muchísima gente que no estaba acompañada y simplemente leía bajo un árbol, escuchaba música en un banco o paseaba por los caminos de tierra.

Aunque me daría cuenta tiempo después, sentarme en las escaleras del espejo del agua se iba a convertir en una de mis aficiones preferidas, me pasé horas leyendo y realmente sentí una paz difícil de explicar que se repetía cada vez que volvía ahí. Al día siguiente, me apunté a un curso de jardinería. ¿Me gusta la jardinería? Pues bueno, más bien diría que no se me da del todo bien, pero he decidido que debo darle una oportunidad a nuevas actividades, eso de que “aquí no me conoce nadie” se ha vuelto muy real para mí. Al final, me lo paso bien y hablo con dos chicas y una señora mayor muy amables… eso sí, las plantas no crecieron porque se me olvidaba cuándo tenía que regarlas.

El jueves aprovecho para organizar la habitación y ya el viernes salgo de compras por la calle principal, que se llama Rue Saint Catherine, lo que para nosotros sería la Gran Vía de Madrid. No compré nada. El sábado me vuelven a decir que salga y meriendo con ellos dos y con una amiga de Clémence, me enseñan la Catedral de San Andrés y jugamos a los bolos. Me proponen ir a una soirée (la traducción sería algo parecido a una velada) en casa de uno de los amigos de Thomas, les digo que sí pero que no me quiero quedar a dormir (no conozco a todas las personas que van a estar). Voy con ellos y resulta que se acaba convirtiendo en una de las noches más divertidas que paso aquí, me dicen que ponga música de fiesta en español, ponemos incluso bachata, le doy clase de español a uno de sus amigos, que también se llama Thomas, me cantan un montón de canciones míticas para ellos (la mayoría de rap, no me gusta mucho)… Las otras dos chicas que habían se van y Clémence y yo nos quedamos solas con el resto de chicos, solo podemos reírnos y reírnos. Nos vamos sobre las cinco de la mañana y, cuando llego a casa, estoy muerta, pero el domingo a las doce ya estoy en pie, y cogiendo un autobús porque le había prometido a Valerie que iría a comer. Paso el día con la familia y al volver estoy súper cansada y nerviosa. Al día siguiente empiezo las clases. La primera semana se ha pasado sin darme cuenta.

2.ª y 3.ª semana / Del 30 de marzo al 9 de abril de 2026

Me despierto para ir a la escuela (EFJ) y me duele hasta la barriga de lo nerviosa que me encuentro. Las clases empiezan a las nueve y media y estoy allí con tres minutos de antelación, todos se quedan mirándome y una de las secretarias les comunica que soy una alumna erasmus, es decir, nadie sabía que yo vendría. Tras una breve presentación, comenzamos con la primera asignatura y hay algunos que vienen a saludarme y a decirme que puedo pedirles lo que necesite. En esta escuela hay cursos que se dan un día, dos o tres, y ya no se vuelven a tocar; además, mis compañeros me explican que este año no hay exámenes, sino trabajos prácticos cuya nota es la que cuenta. Esa mañana me toca grabar varios vídeos comentando una noticia en francés, menos mal que los profesores saben que soy española… pero bueno, hago lo que puedo e intento pronunciar lo mejor posible. La semana pasa entre exposiciones orales y trabajos en grupo, varias chicas me han acogido en el suyo y se me pasa volando. El viernes 3 de abril voy a Saint Médard en Jalles, el pueblo de la amiga de mi madre, para ver a Anaelle, su hijastra de 17 años, cantar y tocar la guitarra, junto a sus compañeros de clases de canto.

El sábado vuelvo a la casa para estar con la familia, que ya empiezo a sentir un poquito como mía y por la noche salgo de nuevo con Thomas, Clémence y sus amigos a un bar llamado Delirium. El establecimiento se encuentra a quince minutos de mi residencia, lo que es muy cerca al tratarse de Burdeos. Ella se arregla conmigo y tenemos una tarde de chicas antes de dirigirnos al pub, que es grande, tiene mesas tanto en el interior como en el exterior y también pista de baile. Cada vez que suena alguna canción en español la grito a pleno pulmón y descubro que ellos saben parte de la letra. Me lo paso genial y siento que cada día los conozco un poquito más. El domingo me dedico a dormir y a organizar mi cuarto. El lunes seis es fiesta en Burdeos debido a la Pascua y parece un día de verano. Puesto que hace calor, me armo de valor y me decido a coger un tren para ir a Arcachón, un pueblo costero con mucho encanto. Es la primera vez que voy tan lejos sola, ya que la playa se encuentra a una hora y media de Burdeos, disfruto en el agua (aunque está fría como un hielo), leyendo y viendo el paseo marítimo. Al llegar a casa, me siento súper orgullosa de haberme decidido a salir sola, todo ha salido bien. El resto de la semana pasa rápido entre trabajos, paseos y vídeos con mis compañeros de clase simulando que somos reporteros. El 9 de abril ha llegado y Jorge, mi novio, aterriza por la noche. Voy a Saint Médard, donde me esperan Thomas y Clémence para llevarme al aeropuerto.

Del 9 de abril al 20 de abril

Estoy montada en el coche y veo que no le llegan mis mensajes, ¡joder!, pienso, a mí me sale que el vuelo acaba de aterrizar. Venga, venga, mira el móvil… nada. Vamos corriendo a la puerta de salida, no para de salir gente, pero Jorge no aparece. Cuando ya estoy perdiendo la esperanza sale, ahí está, de los últimos. Voy corriendo para abrazarle y me confirma que los datos no le cargan, menos mal que hemos llegado a tiempo, no me quiero imaginar a Jorge sin internet, sin traductor y sin saber hablar francés. La cuestión es que ya lo tengo aquí conmigo, le presento a Thomas y a Clémence y nos llevan a mi residencia. Durante el trayecto, la cara de Jorge mientras me ve desenvolverme en francés habla por sí sola, parece que va a explotar de orgullo e ilusión. Estamos los dos contentos. Se queda unos diez días y le he preparado un recorrido muy completo, no quiero que se quede sin ver nada. En este tiempo, yo sigo teniendo clases desde las nueve y media hasta, aproximadamente, las cuatro de la tarde. Jorge duerme por las mañanas o sale a comprar algo por mi zona y en mi descanso comemos juntos, mientras organizamos lo que veremos por la tarde. Paseamos por las calles de Burdeos, conocemos sus distintos barrios, probamos restaurantes, vemos monumentos, montamos en barco, visitamos museos, jardines y compartimos muchas actividades, como jugar al mini golf (por primera vez en mi caso). Entre las clases y los planes, todos los días me acuesto súper cansada, pero me digo a mí misma que quiero aprovechar el tiempo con Jorge y que ya dormiré luego. Durante los diez días, le presento también a mis amigos, cenamos con Thomas y Clémence y hacemos dos excursiones, incluso repetimos una de ellas.

Siempre me acordaré de la visita que hice a unos de los châteaux de Saint-Émilion junto a tu padre.

Mi madre me había dicho que no me podía perder los viñedos de la pequeña ciudad de Saint-Émilion y que, a pesar de no gustarme el vino, una cata en uno de los châteaux (propiedades o bodegas que en ciertas ocasiones emulan castillos) era una experiencia obligatoria. Por ello, uno de los días contratamos una excursión de ida y vuelta que incluye la cata de un par de botellas. Cuando llegamos Saint-Émilion nos recibe con su peculiar encanto, visitamos una iglesia subterránea, recorremos sus callejuelas y entramos en sus pequeñas, pero encantadoras, tiendas. El tiempo para ver el casco histórico no es demasiado y, mientras nos miramos y admiramos las calles, nos prometemos volver a verlo mejor. La cata es divertida porque tengo que traducirlo todo y yo hago muecas sin querer porque no me gusta el vino. El 18 de abril volvemos por nuestra cuenta y el día es increíble, por no decir perfecto. La ciudad es pequeña, pero agradable, y pasamos el tiempo descubriendo callejuelas y comercios. Sin duda, creo que destacaría este plan y este lugar como nuestro favorito. Los dos llegamos a Saint-Émilion por primera vez y a los dos nos enamoró en cuanto lo pisamos. Jorge se va el lunes 20 y el domingo vamos a la playa de Arcachon como plan de despedida. El vuelo es por la tarde y le pido al profesor salir un poco antes para acompañarlo al aeropuerto, accede y en el tranvía las sonrisas que hemos tenido dibujadas durante la semana van desapareciendo. Me espero a verlo pasar el control y me quedo con un vacío difícil de explicar, me doy media vuelta y cojo el mismo tranvía, esta vez yo sola y para realizar el recorrido contrario. Llego a casa y solo quiero dormir, eso de tener clase y después no parar de ver cosas me ha dejado bastante cansada.

Del 21 de abril al 14 de mayo

Este mes pasa rápido entre proyectos en clase, salidas sola, videollamadas con mi familia, noches y días en casa de Valerie, planes con Clémence, Thomas y sus amigos, bares y compras. Entre mis planes favoritos se encuentran descubrir sitios nuevos de Burdeos con nada más que mi compañía, pintar un cuadro en el Jardin Public, tener una tarde de chicas con Clémence, ir a ver la celebración de la victoria del equipo de hockey de la ciudad (le pedí al portero que hiciera un vídeo para Jorge y fue muy gracioso que hablara en español), hacer un directo de Twitch con la clase y trabajar en el ámbito de las redes sociales haciendo tiktoks con mi grupo, sentirme una hija más para Valerie, jugar con Anaelle y Erina (su hijastra y su hija, respectivamente), tener días de piscina con todos y dar clase con un militar y periodista de guerra que nos enseña su equipo de supervivencia y nos cuenta anécdotas que impresionan a cualquiera.

Si tuviera que destacar algún día serían el siete y el ocho de mayo, ya que es la primera vez que salgo con la gente de mi clase y también con los amigos de Thomas sin que ni él ni Clémence estén presentes. Admito que, en ambos casos, antes de llegar sentí muchos nervios, pero fueron disminuyendo conforme las noches avanzaban. El jueves celebramos el cumpleaños de una compañera en su casa, todo va bien y me enseñan las canciones que escuchan para salir de fiesta. El viernes hablo con Thomas, el chico al que le intenté enseñar español, para ver a qué hora y dónde tengo que ir. En el tranvía me empiezo a agobiar pensando que igual es una locura ir yo sola, pero, cuando llego, todos me estaban esperando en la parada y nos dirigimos a uno de los tantos bares que se encuentran en la plaza de la Victoria. Como Thomas y Clémence no están (y son los que más me hablan siempre), ahora es el “otro” Thomas el que más se preocupa de que me entere de todo. Para mi sorpresa (a veces detesto ser tan negativa antes de tiempo), participo en todas las conversaciones y entiendo incluso cuando dos personas hablan a la vez, es ahí cuando me doy cuenta de que mi fluidez en el idioma ha mejorado considerablemente. A las doce y media casi todo el mundo se va y, como Thomas es el que me lleva a casa esta noche (Burdeos es peligrosa a esas horas y más si vas sola, siempre me acompañan) y no lo veo con muchas ganas de marcharse, le contesto que no me importa quedarme un rato más cuando me pregunta si quiero que nos vayamos. Me quedo con él y dos chicos más. Ese miedo de ser mujer y estar con todo hombres creo que, aunque sea durante un microsegundo, a todas nos aparece, pero se dedican a hablar principalmente de fútbol y me explican todo. Al ir al baño en la planta de abajo del local descubro una “pista de baile” pequeña y medio oculta. Sobre la una uno de ellos quiere ir a bailar y llegamos al sitio que había visto antes, lo que no me esperaba es que absolutamente toda la música iba a ser en español. Además, la gente parece de origen latino y escucho a varias personas hablar español. Los amigos que ya empiezo a sentir como míos tararean la letra y de vez en cuando me sorprenden cantando casi toda. Lo doy todo y nos lo pasamos genial. Salir con los amigos de Thomas sin Thomas al final ha sido una buena idea, y la velada se suma a otra de las mejores noches que he vivido aquí. Me siento una más.

14 de mayo

Me despierto después de no haber dormido apenas a causa del estrés, el miedo y los nervios. Es la primera vez que cojo un vuelo sola y, en suma, nunca me ha gustado del todo volar, eso de no ver el suelo y sentirse entre las nubes o me relaja o me asusta mucho, no tengo punto medio. Pero el motivo del viaje merece la pena: me gradúo en España y volveré a Burdeos después de diez días, ya que Jorge también recoge su diploma una semana después que yo.

Del 24 de mayo al 3 de junio

Al final los vuelos no han ido tan mal, supongo que en esta experiencia he superado más de un miedo, quién me iba a decir que me subiría a un avión yo sola tranquila y relajada. La ida fue bien, la señora de al lado me habló durante todo el vuelo, me dijo que era española pero que llevaba treinta años viviendo en Burdeos, hasta me dio su número de teléfono por si me pasaba algo y, cuando aterrizamos, le dijo a mi padre que tenía una hija encantadora. A la vuelta intercambio un par de palabras con la joven francesa que tengo al lado y veo el capítulo de la serie Suits que me había descargado anteriormente. Al llegar, Valerie viene a buscarme en su coche y paso un par de de días con toda la familia (no tengo clase los siguientes dos días): Valerie (la amiga de mi madre), Andy (su marido), Anaelle (su hijastra), Erina (su hija de doce años) e Isabel (una australiana de quince años que está de intercambio durante tres meses, como yo). Thomas vive con su madre. Me encantan los momentos que paso con todas ellas, por la casa se escucha el inglés, el francés y el español a ratos, pero, sobre todo, muchas risas.

Isabel, Valerie, Anaelle, Andy, Thomas y Erina (de izquierda a derecha) junto a mi (vestido naranja). Ellos son mi familia “adoptiva” aquí.
Isabel, Valerie, Anaelle, Andy, Thomas y Erina (de izquierda a derecha) junto a mi (vestido naranja). Ellos son mi familia “adoptiva” aquí / Rocío Cruz

Continúo con las clases, todas son muy prácticas y los trabajos para puntuar son en su mayoría artículos, vídeos o presentaciones, todo ello en francés, y la verdad es que he mejorado mucho en lo que al idioma se refiere, todo el mundo me dice que lo hablo muy bien (aunque yo sigo sin creérmelo).

El 30 de mayo, el Paris Saint-Germain se juega la final de la Uefa Champions League contra el Arsenal. Burdeos está repleto de camisetas del equipo parisino y yo llego tarde a verlo con todos porque tengo que coger un autobús y un tranvía para volver de casa de Valerie, pasar por mi residencia para ducharme y cambiarme y volver a coger otro tram. Al final, consigo llegar media hora antes de su inicio, lo que es bastante tarde dada la cola que gira alrededor del bar donde están mis amigos. Al venir a buscarme enseñan su vaso y me dejan pasar. Lo que yo jamás me imaginé es que la victoria sería tan agria, sin el dulce. El partido es complicado y tenso hasta el final, ganan en los penaltis y, antes de poder siquiera levantarme, me empiezan a picar los ojos, resulta que la policía ha acordonado toda la zona y ha empezado a lanzar gas lacrimógeno porque los fuegos artificiales están prohibidos en el país. Todos me dicen que me tape la boca y cierre los ojos y yo alucino porque jamás en la vida he vivido una situación parecida a esta. La verdad es que me empiezo a agobiar y el picor se incrementa, los camareros cierran las puertas y todo el mundo tose o llora a causa de la irritación. Los dos Thomas (como hay dos, para diferenciarlos más adelante, me refiero al hijastro de Valerie como el moreno, y a su amigo, y ahora también el mío, como el rubio) van a buscar vasos de agua y Coca Cola para aliviar. Después de esperar una hora a que todo se calme, nos decidimos a salir y, mientras vamos a casa, tenemos la mala suerte de que un hombre se ponga a reírse de los gendarmes y a hacerse fotos con ellos, por lo que me temo lo peor… y se cumple. Se ponen a lanzar bombas de nuevo y oigo que todo el mundo chilla: “¡Corred!”, yo me siento en una película, para mí es todo surrealista. Cuando escucho eso, le cojo la mano a Clémence (que tiene un problema en la pierna, por lo que no puede correr bien) y hago lo que puedo. De repente noto que su mano tira hacia abajo y le agarro la cabeza para que no se de contra el suelo, sufre una crisis de ansiedad y su novio y yo le ayudamos a calmarse. Después vamos todos a cenar a casa de Thiméo y Baptiste (dos chicos del grupo). Yo lloro por primera vez delante de ellos cuando el Thomas rubio me pregunta cómo estoy; es breve y después él mismo me lleva a comprar la cena. Cuando llego a casa asimilo la situación y pienso que es otra experiencia más aquí, desde luego no paro de vivir emociones. 

Es 3 de junio y Clémence me llama para que vaya rápido a Delirium, el bar cerca de mi casa. Cuando llego me da la noticia junto al Thomas moreno de que se van a vivir juntos a un apartamento. Soy la primera de sus amigos en enterarse y me hace mucha ilusión. Cuando llegué aquí llena de dudas e inseguridades, me acogieron, Thomas me introdujo en su grupo de amigos, que ya siento como míos, y Clémence siempre estuvo pendiente de mí, me hace tan feliz ser de las primeras personas en enterarse. Por supuesto, hago honor al prejuicio que tienen los extranjeros sobre los españoles y grito, grito de alegría y felicidad por ellos. Menudo mes, parece que cuanto más se acerca el final, más cariño les cojo a todos.

Del 4 de junio al 20 de junio

Últimos días aquí y siento que en estas dos semanas he hecho tantas cosas, he vivido todo tan intensamente y he sentido tantas emociones… parezco una montaña rusa. A veces estoy feliz de ver de lo que he sido capaz, a veces me siento triste por ver el final cada vez más cerca, a veces echo de menos a mi familia y a mi Jorge, a veces me siento tan tranquila y bien sola…

En estos días he hecho una clase de aikido (un tipo de arte marcial), he dormido con Kitchy (la gata de Valerie y la familia), he dado miles de caricias a Naia (la perra), he hecho mi primera tortilla de patatas (sí, en Francia), he salido de fiesta en un barco con Clémence y los dos Thomas (se suma a la lista de mejores noches, conocía casi todas las canciones), he estado tranquila en casa con Erina y Anaelle, he tenido una tarde de merienda y chicas con Clémence, he ido a la playa con Thomas “el rubio”, he aprendido a manejar un dron en clase, he ido al jardin public, a jugar a los bolos y a cenar con los dos Thomas (con “el rubio” salí antes y “el moreno” se unió después), he ido de compras sola, he salido para despedirme de mi clase (primero con un “tardeo” en una casa y de nuevo al barco para terminar). El 11 de junio finalizo oficialmente las clases y al día siguiente voy a casa de Valerie. El 13 me voy todo el día a la playa con Thomas “el rubio”, Thiméo y Baptiste, la jornada se resume en una foto bonita y un atardecer hermoso. El domingo 14 vamos a la casa con piscina que la madre de Thomas “el rubio” tiene en una ciudad costera. Después llegan Thomas y Clémence, respectivamente. De nuevo es uno de los mejores recuerdos que me llevo, me lo pasé tan bien. Justo ellos tres son con los que más roce he tenido (después también con Manon, Thiméo Y Baptiste), siempre han estado atentos a mí y me han cuidado y tratado con mucho mimo.

 Los dos Thomas, Clémence y yo el día que estuvimos los cuatro en la casa con piscina. Ojalá estos momentos fueran eternos.
Los dos Thomas, Clémence y yo el día que estuvimos los cuatro en la casa con piscina. Ojalá estos momentos fueran eternos / Rocío Cruz

La siguiente semana aprovecho para salir a tomar un café, leer en un banco o pasear yo sola, ya que también valoro mucho esos momentos en los que me paro a pensar en lo afortunada que soy. El miércoles salgo a dar una vuelta con Thomas “el rubio”, el jueves voy a dormir a casa de Valerie, el viernes vamos todos a la playa con más amigos y por la noche duermo en el nuevo apartamento de Thomas y Clémence para ayudarlos hoy sábado con la mudanza. Mañana celebramos el cumpleaños de Andy (el padre) y es la fiesta de la música en Burdeos, que transforma la ciudad en un escenario al aire libre como bienvenida al verano.

20 de junio

Escribo el ¿final? de esta crónica el 20 de junio de 2026, solo me queda una semana aquí y me voy de Francia sabiendo que esto me ha cambiado como persona, me ha hecho crecer, creer y confiar más en mí, me ha ayudado a saber adaptarme a las distintas situaciones y me ha recordado algo fundamental de mi personalidad: que, aunque algo vaya mal, siempre quedará sonreír. Lo que más me ha sorprendido día tras día es que la gente diga que soy muy sonriente, que siempre estoy feliz. Valerie destaca de mí el buen humor que tengo y asegura que todo el mundo debería aprender de él, Clémence no se cree que llore porque dice que siempre estoy contenta, Thomas “el moreno” me compara con Sid (personaje de la película Ice Age) porque asegura que el estar conmigo es sinónimo de que se te levante el ánimo, Thomas “el rubio” dice que tener a alguien al lado que sonríe todo el tiempo hace bien, que soy como un pequeño rayo de sol, Anaelle me ve parecido a Lilo (de la película Lilo & Stitch) y afirma que mi vibra es igual, Erina me dice que soy muy bonita, que mis cosas también lo son y que me quede más tiempo en casa, Andy siempre sonríe al verme y acepta mis abrazos aunque no lo haya visto dar muchos, Isabel pregunta sin parar si me quedo a dormir y yo solo puedo emocionarme porque jamás pensé que sentiría que tengo una familia en otro país.

La Rocío tímida e insegura que llegó aquí no se hubiera imaginado entendiendo una conversación normal en francés, hablando el idioma con fluidez, haciendo amigos aquí o durmiendo en una habitación que han preparado para ella. Me siento tan agradecida con todas las personas que nombro en el texto que la despedida será dura y seguro que emotiva, pero me voy satisfecha porque creo que ahora soy una mejor versión de mí misma y porque, después de ver cuanto se aprecia mi sonrisa aquí, no pienso perderla. A la yaya, a mamá (y a papá), gracias por dejar que vuestra historia inspire la mía.

Burdeos, espero volver pronto, agradecida por todo lo que me has dado y por las personas que me has puesto en el camino, pase lo que pase, jamás olvidaré esta experiencia.

La semana que viene mis padres vendrán a recogerme y me iré igual que vine…

¿Igual que vine?