Lo que rescatamos del incendio

Imagen de unos libros

El saber no se destruyó con las llamas. No todo, al menos. Pese a la evocadora estampa que caló y perdura en nuestro imaginario cultural, la Biblioteca de Alejandría no fue asolada por un incendio. Tan solo unos almacenes cercanos al puerto habrían sido consumidos por el fuego, como sostienen los historiadores, en tiempos del César. El resto es solo humo, mito. Su declive fue más bien algo paulatino, fruto de años de decadencia, líderes desinteresados, guerras y otros achaques del tiempo, pero eso no mitiga la tragedia: sus anaqueles quedaron huérfanos de libros y rollos de papiro, cubiertos, no de ceniza, sino de polvo y olvido.

Los que sí ardieron fueron los códices mayas, algunos siglos más tarde, cruzando el Atlántico; textos que los colonos consideraban heréticos y peligrosos. Prescindibles. Como sucedió con los habitantes de aquellas civilizaciones, también su patrimonio sería masacrado, y con él se perdería —para siempre— una parte de su historia. Más cerca queda el eco de las bombas, que resuena en el vacío de lo que se llevaron. Un Van Gogh, un Rembrandt. La primera obra de Goya y la iglesia que la contenía. Heridas irreparables. 

Pero, como con la biblioteca, no todo nos lo arrebata la catástrofe. Basta con que pasen los años para que lo que teníamos por nuestro quede atrás. En el fondo de algún cajón, un cartucho de la NES con la pila interna gastada es la última copia física que queda de aquel videojuego que marcó los veranos de la infancia. Junto a él, algo parecido a un disquete ya no encajará en ninguna ranura; su mensaje codificado, inaccesible.

Pero algunas cosas todavía resisten a las llamas, a veces a pesar de empresas y abogados. 

Busco en mi plataforma de streaming de preferencia la serie que me dejé a medias hace un puñado de veranos, sin éxito. La web a la que acudía para consultar mi receta favorita de tarta de queso ya no existe. Resulta que ya no es rentable seguir pagando ese espacio en los servidores. Que no vale la pena. El capital no entiende de dulzura ni de nostalgia.

Por suerte, en otra esquina de Internet, la Wayback Machine conserva algunos retales de ese tiempo pasado, y sé que son cien los gramos de azúcar que tengo que echarle a la mezcla de queso y nata. En un recodo oscuro, algo más lejos de la legalidad, todavía puede uno ver el último capítulo o rejugar aquel nivel que se le atascaba de niño en un emulador.

De los cuadros sólo quedan fotografías; de los textos, registros. Esos ya no podrán recuperarse. Pero algunas cosas todavía resisten a las llamas, a veces a pesar de empresas y abogados. Aun cuando parece que prima el beneficio sobre la memoria. Y, sin embargo, yo me pregunto qué pasaría si pudiéramos rescatar aquellos tesoros perdidos de entre los escombros del tiempo. Si no sería acaso nuestro deber recuperar aquellas palabras, aquellos trazos. ¿No será lo mismo?

Apunto la receta, descargo la serie, instalo el juego. Atesoro, con orgullo, todo aquello que todavía no se ha quemado.