¿Romantizar tu vida?

Imagen de un desayuno de cafetería

La premisa, a primera vista, no parece perjudicial; sin embargo, la ‘romantización’ ha dejado de lado su propósito inicial para caer en la espiral de consumismo y superficialidad que tanto caracteriza a nuestra sociedad actual.

“Despiértate en un pijama bonito, hazte tu rutina de skincare y tómate el café en una taza que esté en tendencia o, mucho mejor, ve a una cafetería a desayunar, pero no olvides que la cafetería debe ser ‘bonita’ para poder subirla a las redes. ¿Que no tienes tazas ni pijamas ‘bonitos’? No hay problema, cómprate unos. Ya verás cómo, haciendo esto, te sientes mejor”.

No podemos seguir incitando a un consumo infinito e innecesario.

La intención de los creadores de contenido que divulgan esta clase de ideas no es mala, pero el mensaje que hay detrás esconde la realidad del mundo en el que vivimos. Todo debe ser lo suficientemente ‘bonito’ para que se pueda publicar en las redes. Dicho de otro modo, para esta tendencia no sirve que duermas con un pijama heredado de tu madre o que te tomes el desayuno con la vajilla de toda la vida. Tu día debe estar a la altura de las redes sociales para que te sientas bien y, para ello, tienes que rodearte de cosas ‘bonitas’ que estén en tendencia. Este afán de poseer cosas estéticas nos lleva al más puro consumismo. Por ejemplo, si quieres empezar a escribir un diario, te recomiendan que te compres una libreta que te anime a hacerlo, porque, por lo visto, esa que ya tienes en casa no sirve.

Nuestro día a día tiene que ser como un post de Instagram. Tu casa debe parecer sacada de una revista de interiorismo; si no es el caso, no vas a poder ‘romantizar tu vida’ y, por consiguiente, te sentirás peor. ¿En qué momento nos hemos vuelto tan superficiales? ¿Por qué creemos que, para ser más felices, debemos rodearnos de cosas visualmente estéticas? Todo esto nace de la cultura del consumo. Premisas como la de romantizar nuestra vida nos conducen a comprar más y a rechazar todo aquello que ya tenemos pero que no está a la moda. Esto supone un problema real. En primer lugar, porque se promueven rutinas y vidas que no son accesibles para todo el mundo y que, de hecho, no son realistas para la mayoría de la gente. Y, en segundo lugar, porque no podemos seguir incitando a un consumo infinito e innecesario.

Romantizar nuestra vida quizá nos haga sentir mejor, ya que nuestro cerebro liberará dopamina cada vez que nos compremos algo bonito, pero no debemos olvidar que esa gratificación que acompaña al consumo es instantánea y que toda esta espiral acabará por convertirnos en seres vacíos, rodeados de objetos bellos, pero carentes de significado: hermosos por fuera, huecos por dentro.

Encontrar la felicidad en lo cotidiano no está mal, el problema aparece cuando, para disfrutar de esas cosas cotidianas, tenemos que hacerlo mediante la superficialidad y el consumo absurdo.

Esa taza trendie no va a alegrarte más la mañana que la taza de propaganda que ya tienes en casa. La libreta que tienes olvidada en el cajón seguro que funciona igual de bien que esa que vas a comprarte. Y, por supuesto, ese pijama que has heredado de tu madre va a hacerte sentir mejor que el que tienes en la cesta de Shein. No podemos depender de los objetos para sentirnos bien, pero, si vamos a depender de algún objeto, que sea de los que ya tenemos en casa: esos que nos han acompañado un tiempo y que todavía sirven, los que nos traen recuerdos cada vez que los miramos y tienen una historia detrás.

Encontrar la felicidad en lo cotidiano no está mal, el problema aparece cuando, para disfrutar de esas cosas cotidianas, tenemos que hacerlo mediante la superficialidad y el consumo absurdo.