Rosa Rodríguez: “Pasapalabra no ha cambiado lo que soy, pero me ha mejorado y me ha permitido descubrirme”

Rosa Rodríguez, ganadora de Pasapalabra / Belén Hernández

I
squint. I
wink. I
take the
ride.

– E. M.

Algunas conversaciones se cocinan a fuego lento, como un guiso que necesita tiempo. Otras nacen de una chispa, como una sartén al tocar el fuego. Con Rosa pasa un poco de todo. Quizá porque le gusta probar sabores nuevos. En la cocina y en las palabras. Por eso habla con esa mezcla de curiosidad, precisión y humor suave de quien todavía quiere descubrir a qué sabe lo siguiente. Las respuestas no llegan deprisa. Van apareciendo despacio, como si probásemos un plato a oscuras, tratando de adivinar sus ingredientes. Primero una idea, luego otra, como si las palabras se buscaran entre ellas antes de dejarse decir. Y así, con ese ritmo casi invisible, quizá solo a su alcance, la conversación sigue respirando.

P. ¿Cómo ha sido la vuelta a la normalidad después de ganar el mayor bote de la historia de Pasapalabra?

R. Pues te diría que todavía no ha habido una vuelta a la normalidad, y es algo de lo que tengo ganas, la verdad. Ha sido todo nuevo, viviendo experiencias nuevas de todo tipo, y, en cierta manera, creo que eso me ha ayudado a no sentir tanto el bajón de después. Ya he hablado de este ‘duelo’, sobre todo después de la grabación, no tanto de la emisión, porque con la emisión vino toda esta explosión, pero sí que durante esas dos semanas estuve un poquito más de bajona. Pero es que luego ha sido tan intenso todo lo que he estado viviendo en este mes que no he tenido ni un momento para parar. Entonces todavía no ha habido una vuelta a la normalidad, pero estoy viviendo esta realidad nueva.

Rosa en la Librería 80 Mundos / Belén Hernández

P. Desde casa el momento ya fue de infarto, pero cuéntame cómo fue para ti, como en Slumdog Millionaire (2008), cómo llegan esas respuestas.

R. En la ‘M’ creo que bastante gente ha comentado mi risita cuando escuché la pregunta, que se ve que me río o sonrío, y eso fue porque era una de esas cosas que yo sabía que me tenía que mirar pero que no había llegado a mirarme. Me había apuntado en algún momento los MVP de la NFL y los entrenadores ganadores del Super Bowl, entonces, cuando escucho la pregunta… Justo el día anterior me habían preguntado por un tenista ganador del Open británico, que también era una de esas cosas que yo tenía hecha la lista, lo había mirado, pero no me había llegado a estudiar bien, y pensé “otra cosa que sé que me tengo que mirar y que me preguntan cuando todavía no la he estudiado”, que es algo que pasa mucho en Pasapalabra. Claro, me preguntan esto y yo digo “otra vez la que casi me he estudiado, pero no”. A los pocos segundos, cuando Manu estaba haciendo su turno, me di cuenta de que no era así. Eso sí que me lo había mirado, lo que tenía pendiente eran los entrenadores, pero porque hacía no mucho tiempo, quizá un año antes, a Manu le habían preguntado por un entrenador de la NFL, y por eso me dije “esto no me lo voy a mirar, porque si lo han preguntado estando yo en el concurso, ya no lo van a volver a preguntar”, y lo que me había mirado eran los MVP. Ahí ya me puse a pensar en qué opciones tenía, porque al sentir la frustración del “no me lo he mirado”, a mitad de la pregunta dejé de escuchar, y no había oído el año, así que me puse a repasar los jugadores que sabía que habían ganado el MVP. Ahí estaba a mitad de rosco, más o menos, ya había pasado una de las difíciles. En el rosco siempre hay eso que nosotros llamamos los ‘cuatro cerrojos’, así que los vas buscando. Ya había pasado uno que también me parecía que lo tenía también, que era ‘Escampavía’ en la ‘E’, pero con la ‘E’ hay muchos barcos y las definiciones a veces se diferencian por matices. Creía que era esa, pero tampoco estaba 100% segura. Entonces dije “vale, aquí ya tengo un posible 23 [un rosco de 23 aciertos]”. En el siguiente turno contesté otro de los cerrojos, que era ‘Piafar’, que mucha gente ha pasado por alto y parece que es una palabra de usar todos los días porque tú ahí como concursante la dices de primeras, casi sin pensar, pero era una palabra que conocía muy bien. Y, cuando termino ese turno, pienso “vale, puedo tener un 24”. Ni me imaginaba que había posibilidades del 25. Y, en el segundo turno, cuando escucho la ‘V’, que era el cuarto cerrojo, ‘Vitáfono’, ya en esa no tenía ninguna duda. Y ahí creo que en emisión se ve cómo se me empieza a acelerar la respiración cuando paso esa ‘V’. Hasta se me ponen los vellos de punta, porque fue la primera vez, ya no solo como concursante, sino de todos los roscos que había visto en la etapa de Antena 3, que tenía posibilidades de 25. Esto lo dijo Óscar Díaz en un post de Instagram que me dedicó el día después de la emisión del bote, que decía “el día que yo gané el bote era el único día que podía ganarlo, porque era el único día que tenía posibilidades de 25”.

Pues para mí, también. Fue la primera vez que se alineaban todos los astros y dije “vale, tengo opciones”. Opciones, en ese momento, de los cuatro cerrojos, porque tenía que terminar primero la primera vuelta y después responder, que se me habían quedado por ahí, ‘Jurisprudencia’, que es de esas peliagudas, porque existe ‘Jurisdicción’, etcétera, y luego ‘Tejanos’, que esa era fácil, lo que pasa es que en el momento no sé si no la escuché bien o qué me pasó, me bloqueé y no me salía la palabra y dije “vale, vamos a no fastidiarla”. Pero ahí sí que ya empecé a hiperventilar porque vi que tenía opciones para el 25, pero había que mantener la calma. Y luego me quedaba escuchar bien el año de la ‘M’. Yo tenía hasta siete jugadores, no de la NFL, sino solo que empezaban por ‘m’. Tenía treinta y pico MVP memorizados, pero con la ‘m’ se reducía a siete. Y claro, si era de los años 80 me iba a resultar un poco más complicado porque hay varios con la ‘m’ que estaban muy juntitos, el 89, el 87, el 84… pero de los 60 solo tenía esa opción, y esa fue.

La motivación es tan grande que, en el momento, dices “los sacrificios que estoy haciendo van a valer la pena”, no por el dinero, ni por lo que puedas ganar, sino porque tú sientes que es tu camino.

P. Durante muchos meses fuiste “Rosa, la concursante de Pasapalabra”, ahora eres “Rosa, la ganadora del mayor bote de Pasapalabra”. ¿Cómo se negocia esto internamente para no perder la identidad?

R. Pues te voy a ser sincera, yo todavía no me siento “Rosa, la ganadora del bote de Pasapalabra”. Es decir, me sigo identificando más con “Rosa, de Pasapalabra”. Y quizás hay momentos, si me veo en las noticias… no tanto con el trato de la gente, aunque evidentemente se me acercan con un “Enhorabuena” en vez de “Ah, eres Rosa la de Pasapalabra”, pero no pienso en mí como ganadora, y quizá es algo que tengo que trabajar un poquito. Yo todavía me siento… no sé cómo decirlo, si novata, o un poco pichona comparada con el resto de concursantes que han pasado. Que no quiere decir que no me sienta legítima ganadora o que no sienta que me lo merezco, sino que (y esto me ha pasado toda la vida) siempre me siento del grupo, pero fuera del grupo. Quizá me cuesta todavía asimilar que formo parte de los campeones, además para mí es algo que vi tanto desde fuera y como espectadora, o incluso fan, que me he convertido en eso y todavía no lo concibo. Supongo que en algún momento llegará, tal vez cuando pase más tiempo.

P. El programa, en cierto modo, frena la vida de los concursantes. ¿Cómo se lleva ese parón?

R. Pues ahí está un poco el convencimiento de que, y siempre lo he dicho, en Pasapalabra no puedes tener solo una motivación. Yo creo que, si una persona lo hace solo por el dinero, quizá porque yo no me muevo por dinero, se me hace muy difícil concebir que eso le lleve a hacer los sacrificios que necesitas hacer para llegar al nivel que requiere Pasapalabra. Yo creo que, al final, tienes que encontrar muchas motivaciones. En mi caso, para mí Pasapalabra no era un objetivo, sino un propósito vital. No voy a decir que fuera mi misión en la vida, pero sí que era una misión para mí. Además, lo dije muchas veces, se lo decía a mis amigos… Pasas por muchos momentos, unos de mucha motivación y otros de bajona, pero yo en los momentos en los que estaba más motivada me acuerdo de que les decía a mis amigos “siento que estoy en una misión y que tengo que llegar hasta el final y completarlo, no importa si sale bien o mal”, pero sí sentía que eso me empujaba. Entonces para mí la motivación era tan grande… Evidentemente, he pasado por muchas fases, ha habido muchos momentos casi depresivos, sobre todo más al principio. Hacia el final, como estás tan metido hasta el fondo, piensas “bueno, lo que salga, saldrá”, pero al principio, claro… yo estuve tres años y medio estudiando antes de concursar. Y el primer año, sobre todo, me tiraba doce horas viendo programas, de 8:00 a 20:00, con parones para comer, etcétera, pero… Hacía otras cosas, claro, los fines de semana no estaba tanto, pero sí que me notaba que estaba invirtiendo mucho tiempo, rechacé oportunidades laborales fuera… pero porque estaba convencida de que mi camino era ese. Claro, había momentos en los que pensaba “pero, ¿qué estoy haciendo con mi vida?”. Luego la motivación es tan grande que, en el momento, dices “los sacrificios que estoy haciendo van a valer la pena”, no por el dinero, ni por lo que puedas ganar, sino porque tú sientes que es tu camino. Y cualquier camino que tomes en la vida va a requerir sacrificios, de un tipo u otro, así que, para mí, es estar muy seguro de lo que quieres, siendo consciente de que tienes que sacrificar cosas, pero en mi caso la frase era “estar en paz con esos sacrificios”.

Rosa nos habla de su paso por el programa y de su nueva realidad / Belén Hernández

P. O sea que, aunque no hubiera habido bote, te habría merecido la pena.

R. Sí, sí, sí. Yo, cuando tomé la decisión de ir a tope, la pregunta que me hice no fue “¿qué pasa si sale bien?”, sino “¿qué pasa si sale mal?”. Yo decía “si sale mal, estaré satisfecha con lo que he hecho, estaré contenta igualmente, habrá valido la pena todo el camino, independientemente del bote”, porque, cuando me empecé a preparar yo sabía que era tan difícil que veía el bote no imposible, evidentemente, porque si no, no hubiera llegado donde llegué, pero sí algo muy, muy lejano. Para mí era llegar a ser el tipo de concursante que habían sido los veteranos que habían estado mucho tiempo. El objetivo era, primero, llegar al programa. Y yo sabía que existía la posibilidad de no llegar, porque nunca me llamen o caer en la primera silla azul, o entrar e irme a la segunda, a la tercera, a la décima… durar muy poquito. Siempre tuve muy presente que las posibilidades de que saliera bien eran mínimas. Yo me pregunté: “¿si sale mal, yo estaré contenta?”. Y, para mí, la respuesta era sí, entonces me valía la pena. Creo que lo dije en el documental, pero, para mí, el sueño no era el objetivo, sino el camino. A mí me transformó la vida (sé que soy muy pesada con eso) la decisión de aceptar el recorrido o enfrentarme al reto.

P. De todos los roscos, ¿tienes algunas palabras que se te hayan quedado grabadas a fuego?

R. Me acuerdo de las que fallé en los dos 24, claro, para llevarme el bote. Eran ‘Plexus’, un colectivo artístico que dirigió un videomusical, y ‘Shrimsley’, el director del diario The Sun. Esa me dolió más, porque dices “es imposible, pero podría habérmela mirado”. Me había estado mirando, de hecho, varios directores de periódicos, y The Sun es bastante conocido, no es un periódico regional de un pueblo perdido de Inglaterra. Esas dos nunca se me van a olvidar, porque fue lo más cerca que había estado, hasta el último día.

P. Aunque sepas que no van a volver a salir, así que el memorizarlas o que las interiorices…

R. Sí, pero esas son las que no hice esfuerzo por memorizar, sino que se me quedaron ahí por el impacto del momento. Son las palabras que digo que son más bonitas, porque tú las ves y sabes que no las tienes que estudiar más, porque se te van a quedar. Hay otras que sabes que vas a tener que estudiar un montón, porque te va a costar que se te queden, y otras que, por mucho que las estudies, nunca se van a quedar fijadas del todo. Esas dos, ves, no hice ningún esfuerzo por memorizarlas, pero se me van a quedar para siempre.

Yo decía “si sale mal, estaré satisfecha con lo que he hecho, estaré contenta igualmente, habrá valido la pena todo el camino, independientemente del bote”.

P. Te hemos visto hacer roscazos con muy pocos segundos. ¿Cómo de determinante es el tiempo a la hora de enfrentarse al rosco? ¿Mejor bajo presión o con tranquilidad y sobrada de segundos?

R. Yo creo que eso depende del tipo de jugador que seas. Por ejemplo, en el caso de mi compañero, yo creo que él jugaba mejor con tiempo, le gustaba tener segundos para pensar. En mi caso, si tenía tiempo para pensar, a veces (no siempre) lo hacía peor porque empezaba a dudar, a pensar mucho e, igual que hay palabras que ves y sabes que se te van a quedar grabadas y otras que te van a costar, en el rosco, por lo general, tú escuchas una definición y generalmente ya sabes si te la sabes bien, si te viene la palabra al momento, hay palabras que tú sabes que las has visto pero no las recuerdas, así que tienes que tienes que estar buscando a ver si las encuentras, definiciones que piensas “esto no me lo sé”, y luego hay veces que escuchas definiciones, por ejemplo en el rosco final la de ‘Escampavía’, que tienes varias opciones, porque son muy parecidas y se diferencian por matices. Entonces, a veces, pasa que escuchas una definición y te viene una palabra que no sabes por qué te ha venido. Quizá es una definición que leíste hace mucho tiempo y el cerebro se queda con eso, pero tú no tienes recuerdo que haber aprendido esa definición. Yo, personalmente, era mejor jugando cuando tiraba sin pensar demasiado, confiando en que mi cabeza sabía lo que hacía. Cuando me ponía a pensar más, se me ocurrían más opciones y, por lo general, tendía a elegir peor. Depende del momento, claro, pero me entraban más dudas. En mi caso, yo jugaba mejor bajo presión porque tenía que tirar con todo, y, en general, soy más arriesgada jugando, y con más tiempo luchaba contra mi propia naturaleza. Me decía “mantén la calma, puedes jugar con estrategia”, pero quizá lo que a mí se me daba mejor era confiar en tirar con todo, y si va bien, va bien, y, si va mal, va mal. Fíjate, en el rosco final no saqué el “¿Dónde están?”, iba con buen tiempo, pero tampoco muchísimo. De hecho, tras la respuesta final me quedaban 3 segundos. El tiempo es determinante en tanto que necesitas suficiente para poder completar la primera vuelta y tener tiempo para una segunda, porque sí necesitas un poco para pensar, pero tampoco creo que sea necesario tener, como pasaba antes, 180 segundos y luego estabas callado un minuto, porque no lo necesitas. Tú normalmente sabes lo que sabes y lo que no sabes.

P. En un concurso donde el error es público y, además, inmediato, ¿cómo se transforma esa relación con el fallo? ¿Se vuelve más racional o más emocional? Cuando hay una gestión colectiva del error, ¿cómo lo manejas?

R. Bueno, hay fallos y fallos. He tenido de todo tipo. He tenido fallos entendibles, por ejemplo: no me daba nada de rabia perder porque había arriesgado con las difíciles, porque había tirado con una palabra que pensaba que podía ser y no era. Esos fallos no me daban ningún pudor ni ninguna rabia. Me daba rabia perder los roscos en los que tenía fallos tontos por precipitación. He tenido fallos de decir cosas estúpidas por no escuchar, por precipitarme, que escuchas una palabra y tu cerebro ya ha tomado una decisión. De hecho, eso me pasaba mucho al principio, que me escuchaba diciendo una palabra y, para cuando quería retroceder, mi boca ya la había dicho. Es algo que yo ya había trabajado mucho antes de entrar, porque estando en la tele es probable que falles cosas tontas, y no sé si es racionalizarlo, pero soy profesora, y, para mí, una parte muy importante, sobre todo en clase de idiomas, es mentalizar al estudiante de que fallar es la oportunidad de aprender. A lo mejor suena muy tópico, pero es así. Yo, cuando me iba con fallos a casa, sí que lo racionalizaba en el sentido de preguntarme “¿por qué he fallado esta palabra? ¿Fue por precipitación, por ignorancia, por falta de tiempo, por presión?”. Intentaba racionalizarlo en el sentido de pensar “bueno, si fue por ignorancia significa que no sabía la palabra, y todos tenemos nuestro bagaje y cosas que sabemos y que no sabemos”, “si fue por precipitación, ¿qué puedo hacer para mejorar y no fallar esto?”. De hecho, yo creo que esto sí que se vio en mi evolución en el programa. Hacia al final, seguía fallado cosas tontas, pero mucho menos. Y esto es porque detrás de cada fallo, yo hacía mucho trabajo de análisis. “Si he fallado por esto, tengo que trabajarlo e intentar no hacerlo la próxima vez”. Para mí el fallo forma parte de la vida, todos fallamos. Lo que tiene exponerte es que todo el mundo lo ve si fallas, pero todo el mundo lo hace en su vida. Si yo sé por qué fallé, yo tengo que estar en paz con lo que siento, no con lo que la gente perciba.

Rosa en la cafetería de la Librería 80 Mundos / Belén Hernández

Durante tu paso por el programa, ¿ha habido algún momento en el que te hayas sorprendido a ti misma? ¿Algún momento en el que pensaras “no sabía que llevaba esto dentro”?

R. En el último rosco [se ríe]. Ya me venía pasando el último par de meses. Yo siempre he dicho que Pasapalabra era un juego muy mental, tanto como de conocimiento, y es como en los deportes. A veces, el mejor en un deporte no es el más habilidoso sino el que tiene esa mentalidad, no de que es el mejor sino de que puede llegar a serlo. Y eso se ve en los ojos. Cuando miras a un deportista, del deporte que sea, y no sé si es la determinación, el convencimiento o la fiereza, pero lo veías en Messi, en Cristiano, en Federer, en Nadal… en los mejores de cada deporte hay una mirada que es diferente a la del que no llega a ser top, que son muy buenos, pero no llegan a ser top. Yo, en el paso por mi concurso, me decía “evidentemente soy muy buena, porque los números están ahí”. Pasapalabra, al final, es un concurso de números y yo estaba dando el nivel, pero me quedaba con la sensación de que, a lo mejor, no tenía ese punto que tenían los mejores, y muchas veces me llegué a plantear si, algún día, si me dieran las 25 opciones para las 25 preguntas, sería capaz de mantener la calma y responderlas. Y ya en los últimos dos meses, de repente, cuando vi los programas emitidos, vi esa mirada felina de la que hablaba con mi psicóloga, lo que llamábamos mirada de guepardo, que nunca me la había visto antes. No sé de dónde salió, pero de repente yo veía los roscos y me veía con una confianza con la que no me había visto antes. Y el día del rosco final, acabé muy orgullosa, no por tener las 25 respuestas (que evidentemente también), sino por haber sabido mantener la calma y gestionar bien los segundos, las respuestas… para ir respondiendo de manera que al final tuviera la posibilidad de contestar la 25. Que, de hecho, es algo en lo que había fallado. Había tenido varias oportunidades más que las dos que materialicé de 24, pero nunca había llegado a hacerlas porque fallaba en cosas tontas porque me precipitaba. Y yo me daba cuenta de que era porque me podía la presión, y eso era lo que me asustaba. Y por eso en el último estoy tan orgullosa de que saliera una parte de mí que yo dudaba si podía estar ahí, y que al final resulta que sí estaba.

No sé de dónde salió, pero de repente yo veía los roscos y me veía con una confianza con la que no me había visto antes.

¿Cuáles son tus palabras favoritas? Por significado, por sonoridad…

R. Hay tantas… Me gusta mucho ‘Heliogábalo’ [persona dominada por la gula, en alusión al emperador romano homónimo, famoso por sus excesos], ¿la conoces? Tanto por la sonoridad como por el origen. No sé, hay muchas…

P. Sé que comentaste una vez que, aunque sea una palabra sencilla, por significado te gustaba ‘gracias’.

R. Sí, ‘gracias’, claro. Que es un poco cursi, pero sí es cierto que creo que a veces se usa menos de lo que deberíamos. Yo soy una persona que quizá agradece de más, porque estoy constantemente con la palabra ‘gracias’ en la boca. Y muchas veces la gente me pregunta “pero ¿por qué agradeces?”. Y yo “bueno, porque me gusta decir ‘gracias’”. Pero eso es más por lo que hay detrás, por el concepto de agradecimiento. Jo, no sé, ahora me he quedado en blanco. Me las tendría que haber traído preparadas.

P. A lo largo del programa has tenido la oportunidad de conocer a muchos invitados e invitadas, a veces incluso desde un punto de vista un poco fan. ¿Quién te ha hecho más ilusión?

R. Seguro que se me olvidan un montón, pero Candela Serrat me marcó mucho, porque estuvo en mis primeros programas y los he vuelto a ver y yo era un corderito en shock, no sabía lo que estaba pasando, y la calidez con la que me acogió… además es una persona que ha estado varias veces en Pasapalabra, conoce muy bien el formato, conoce muy bien a Roberto, es muy buena jugando… entonces fue la combinación de todo, estuvo muy pendiente de mí durante los tres programas, jugó genial… estuvo Juan Peña también, fue un equipo muy bonito, pero a mí ella me impactó. Después del programa me dijo “tía, tú lo vas a petar porque tienes una energía muy bonita”, y eso me marcó mucho. Luego está Alba Brunet, una actriz de Sueños de Libertad (2024-Actualidad), con la que conecté muy bien, compartimos equipo hace un año, por marzo, hablamos después y hemos formado una bonita amistad, que es algo que me llevo para mi vida. Ella y su familia, que son maravillosas. Alicia Borrachero, que es una persona que he admirado desde pequeña profundamente, como actriz y como mujer. Y, de hecho, recuerdo que la primera vez que estuvo no fue en mi equipo, estuvo en el de Manu, creo que fue la segunda o la tercera semana después de entrar yo. Y recuerdo que fue la primera vez que me puse nerviosa no por estar en Antena 3 sino por sentir que me estaban observando, y lo hice fatal. Esos tres programas fueron un desastre. Cuando acaba el programa charlas un poco allí con todos y le dije “jo, me he puesto nerviosa, he tenido el peor día en el que me podías ver”, y me fui a casa con la sensación de “la he cagado delante de una persona a la que admiro”. Y luego volvió, creo que fue en septiembre, el año pasado, y compartimos equipo y fue maravillosa. Ahí ya no me puse nerviosa, porque ya estaba mucho más asentada en el programa, pero recuerdo la sensación de los primeros programas, en los que estaba nerviosa por estar allí, por el contexto, pero en ningún momento me había parado a pensar “me están mirando”, y el día que estuvo ella sí que me dio ese miedo. Se me vienen esos tres, pero seguro que ha habido más gente, que ahora mismo no me salen nombrarlas.

Para mí Pasapalabra no era un objetivo, sino un propósito vital.

P. Cuando veías el programa con tu madre y con tu hermana, dijiste que a veces sentías que no se te daba bien del todo. ¿Cómo se combate el síndrome del impostor?

R. Eso de que no se me daba bien creo que en ese momento no tenía que ver con el síndrome del impostor, sino con que tú te mides. Te enfrentas a un juego nuevo y dices “se me da bien” o “se me da mal”. Decir “se me da mal” no es necesariamente síndrome del impostor, es un análisis de tus habilidades y decir “vale, se me da mal, pero puedo mejorarlo”. Yo te puedo decir que se me da mal la música, y es algo objetivo, pero… ¿puedo mejorarlo? Pues seguramente sí, si trabajo y entreno podré mejorarlo. Y para mí eso no es síndrome del impostor, sino honestidad con uno mismo. Y yo te puedo decir, “se me daba bien”, pero no, no es verdad. Al final es eso, en Pasapalabra, como cualquier concurso, puedes medir tus habilidades basándote en lo que puedes y no puedes responder. Y saber responder puede depender de tus conocimientos o de tus habilidades para desenvolverte en un formato. Yo, cuando respondía en esas primeras fases en las que me estaba midiendo, no te voy a decir que hacía 21 constantemente y tenía que estudiar las difíciles. Me daba cuenta de que hacía a lo mejor 15 o así. Consistentemente, me refiero, no quiero decir que en todos tuviera 15. Empecé haciendo roscos, me iba marcando, y en ese sentido fui muy honesta conmigo misma. Así que, que diga que no se me daba bien al principio, para mí no tiene que ver con el síndrome del impostor, sino simplemente con el análisis de mis capacidades o habilidades en ese momento, de dónde partía, y, a partir de ahí, mejorar.

P. Y una confianza brutal en tu capacidad de mejora. Un tener muy claro hasta dónde puedes llegar.

R. Bueno, para mí ese era el reto. El reto era “yo creo que lo puedo cumplir, porque creo en el método”. Yo tomé la decisión en diciembre, y empecé a estudiar en marzo. En febrero empecé a ver roscos, pero yo dediqué casi tres meses a desarrollar el método de estudio. Yo soy profesora, evidentemente tenía ya nociones de didáctica, pero, para mí, nunca fui buena estudiante en el sentido de ponerme a estudiar. Nunca lo hice. Me gustaba lo que estudiaba, se me daba bien hacer exámenes, lo disfrutaba, pero lo que era sentarme a estudiar me costaba mucho y nunca supe hacerlo. Y nunca tuve que hacerlo porque, como iba salvándolo, superando exámenes, nunca tuve la necesidad de pasar horas estudiante. A mí nadie me enseñó nunca a estudiar, y yo nunca tuve que hacerlo porque, por lo que sea, no lo necesité. Para mí el reto era precisamente materializar un objetivo que parecía imposible. Y el objetivo era “parto de una base muy baja”, yo veía que los que estaban participando y ganando el bote eran concursantes que se habían pasado muchos años estudiando y en el programa. Rafa Castaño era como la quinta vez que estaba en Pasapalabra, había empezado a los diecinueve o veinte años… Orestes empezó con dieciocho, Pablo creo que también con dieciocho o diecinueve… Eran gente que llevaban mucho tiempo en el mundo, pero yo me marqué “van a ser cuatro años, quiero hacer esto cuando cumpla treinta, salga bien o salga mal, pero voy a darme este tiempo. ¿Puedo llegar a mejorar lo suficiente como para rendir al nivel que yo quiero?”. Yo creía que sí. Me fui marcando mis objetivos por meses, por años, y todo lo fui cumpliendo tal cual, sin quererlo incluso. Más o menos iban saliendo las cosas. El reto era la confianza ciega no en que podía llegar a conseguirlo, sino en que podía llegar a mejorar lo suficiente como para llegar al nivel que yo creía que debía tener.

Rosa ojeando las estanterías de la Librería 80 Mundos / Belén Hernández

P. A pesar de que resides en A Coruña desde los siete años, tu origen lo encontramos en Argentina. Siempre que puedes agradeces a tus padres su sacrificio y su esfuerzo. ¿Tienes algún recuerdo de Quilmes?

R. Sí, tengo muchos. De hecho, si cualquier argentino me ve desde fuera dirá “esta persona no es nada argentina”, no cumplo con el prototipo, quizá desde fuera no tengo nada de argentino, pero yo sigo manteniéndolo dentro de mí, y he hablado mucho de Argentina. Cuando me preguntan que de dónde soy, me cuesta mucho decir que soy gallega. No porque no me sienta gallega, sino porque siento que es solo una parte de mi identidad, así que siempre añado “pero nací en Argentina”. Y a veces pienso “¿por qué tengo que añadir esto?”. No es necesario. Pero para mí es esa dualidad que me ha acompañado siempre en toda mi vida. Y yo tenía siete años, pero tengo muchos recuerdos de todo. Y me sorprendo cuando hablo con otras personas que llegaron aquí más o menos a mi edad y me dicen “era tan pequeño que no me acuerdo de nada”. Yo me acuerdo de las tardes, la vida con mi familia, tengo muchos primos, hacíamos vida muy en común, tradiciones de allí… me quedó muy marcado a pesar de que era bastante pequeñita. Ya te digo, la adaptación cuando llegamos a España me costó, pero al final te adaptas. De hecho, creo que en el documental también hablaba del sentido de pertenencia, que por primera vez me sentí en Pasapalabra al 100%, porque siempre me he visto un poco entre dos mundos. Y creo que eso nace de esa dualidad entre países, de la identidad.

P. Concursante de Pasapalabra y profesora, entre otras muchas cosas. Háblame de esas otras muchas cosas.

R. Bueno, en la pandemia o un poquito antes todo me estaba cambiando mucho, pero durante mi juventud y adolescencia ya era una persona que ahora es profesora por vocación. Supe muy pronto que quería ser profesora, porque cuando estaba en el instituto siempre era la típica que se juntaba en la biblioteca para ayudar a los compañeros… ya me nacía esa vena. No sé si en aquel momento era de enseñar, pero sí de ayudar. Y luego ya, estudiando, hice Filología Inglesa porque me gustaba el inglés, pero ya sabía que quería ir por la vía docente. Y una vez que empecé a trabajar, para mí el trabajo era mi vida. Tanto es así, que quizá durante mucho tiempo hubo otras cosas que me costó explorar, hobbies u otras cosas que me gustaban en el ámbito profesional. Un poquito antes de la pandemia tuve una situación personal que me lo cambió todo, y, claro, con la pandemia me pasó lo mismo que a otra mucha gente: el mundo se paró. Me quedé sin trabajo. Los primeros meses todavía daba clase, pero solo hasta que terminó el curso. En mayo o junio. Tenía varios trabajos y los fui perdiendo poco a poco. El último fue en el que estaba en la Universidad, que, en septiembre, obviamente, no se reinició porque ya no estaban los programas internacionales. Eso a mí me permitió descubrir otras cosas. La vida, no sé qué decirte. Disfrutar de las diferentes cosas de la vida. Me gusta mucho explorar la psicología. Siempre digo que soy curiosa de todo y experta de nada, así me considero. Me gusta un poquito de todo, pero tampoco considero que sepa mucho de algo. No me veo experta de nada, ni siquiera en Pasapalabra. Bueno, quizá en Pasapalabra ahora puedo decir que sí. Pero ni siquiera por nivel de conocimientos, sino por conocimiento del programa. Tengo muchos intereses, pero están muy dispersos.

Yo soy curiosa de todo y experta de nada.

P. Fuera de la rutina de estudio que requiere concursar en Pasapalabra, ¿cómo es un día contigo?

R. Me gusta mucho levantarme temprano y madrugar, porque la mañana, cuando está todo en silencio y el mundo duerme, me encanta. Salir a desayunar viendo la salida del sol es uno de los mayores placeres que tengo en la vida, porque es una sensación que, por suerte, siento mucho, pero ese momento es lo que me produce gratitud de estar viva. Otro día más y esa belleza, tanto en la salida como en la puesta de sol, pero la salida es como el nacimiento. Me gusta levantarme temprano, me gusta el ritual de hacer el desayuno, la comida, salir a pasear por la montaña, por la playa, estar fuera en la naturaleza, apreciar a los animales, los árboles… las pequeñas cosas del día a día. Me gusta cocinar, estar con mi familia, con amigos. Un día normal para mí es hacer todo eso. Ahora, por suerte, podré hacerlo más. Hasta ahora era levantarme, disfrutar de eso, y luego ponerme a estudiar, ver a mi familia y a mis amigos el poquito tiempo que puedo y seguir estudiando. Ahora será también explorar y descubrir cosas nuevas.

P. Hablabas en una ocasión de que te gustaría invertir ese bote (en ese momento era un hipotético) en ganar tiempo, no solo para tu vida personal sino para dedicarte a lo que te gusta, que es la docencia. ¿Cuál crees tú que es la situación de los profesores y profesoras universitarios?

R. ¿En general? ¿Te refieres a nivel laboral, contractual…?

P. Si tú consideraste en su momento que podías invertir parte de ese bote en tener esa tranquilidad, es porque quizá es una profesión que no la da.

R. Yo trabajo en el ámbito universitario, pero también es cierto que yo siempre he trabajado en los centros de lenguas de las universidades, que es un centro aparte. Como te decía antes, estoy, pero no estoy. Forma parte de la universidad, pero a mí no me contrata directamente la universidad, sino que depende de las fundaciones, que es la parte privada. Claro, ahí el tema de los contratos es un poco diferente. En mi caso, la experiencia que tengo es que es un sector, sobre todo el mundo del español para extranjeros, muy precario. Precario en cuanto a las condiciones temporales de trabajo, y también de dinero. Aunque yo digo muy feliz que ganar el bote me dará una oportunidad, pero en realidad es una situación triste que yo tenga que pensar eso. Es una carrera profesional en la que he estado metida desde que salí de la carrera. Por suerte he tenido siempre trabajo, salvo los meses de la pandemia, pero siempre he ido encontrando algo. Pero yo pensaba “a futuro, ¿puedo llegar a tener una estabilidad, tanto económica como de tranquilidad en el trabajo?”. La respuesta era no. Yo me decía “me gustaría, en algún momento, tener la oportunidad de pensar en tener mi casa, mi familia, hijos…” y yo veía que, siguiendo por ese camino, era bastante complicado. ¿Que puede ser posible? Sí, pero no tenía la tranquilidad, y eso me parece bastante triste. Yo me puse a mirar alternativas, y siempre he tenido ahí la espinita del doctorado. Siempre tuve claro, desde la universidad, que quería hacer uno, porque quería dedicarme a la docencia universitaria. Al final, la razón por la que lo descarté es porque veo muy complicado el llegar a ser docente en la universidad, y los docentes que veo tampoco tienen condiciones contractuales decentes, incluso. Creo que también es un mundo bastante complicado en ese sentido. Se habla mucho de la necesidad de tener buenos profesores, que son una parte crucial de la sociedad, pero me pregunto hasta qué punto se cuida que eso pase. Y ahí sí que creo que es una situación que requiere evaluación y bastante reforma. Los profesores universitarios, salvo gente que tiene sus puestos muy asentados, tienen una carrera larga y muy inestable. Quizá ahí sí que hay que plantearse cosas.

Me gustaría no tener que ser un referente como mujer, porque me gustaría que esto no fuera noticia, que fuera lo normal.

P. En Y ahora, Sonsoles comentaste que los referentes son muy importantes y que, cuando estás en la parte representada no notas la ausencia, pero que, cuando no es así, sí que te das cuenta. Háblame de esa necesidad de representación y de visibilidad.

R. Al final, todos formamos parte de grupos, forma parte de la esencia humana. De un tipo u otro. No es solo hombre o mujer, sino de muchos tipos. De alguna manera, nuestra tendencia es a hacer grupos. Claro, hay grupos más y menos numerosos. En el caso del sexo, precisamente porque el mundo está dominado por una parte, y esa es la parte que domina, no se dan cuenta. En números somos 50-50, pero el dominio está solo de un lado, que no es consciente de la falta de representación. Esa es la faceta más visible, pero luego eso se puede extrapolar a otros grupos. Creo que ahí hay que hacer mucho trabajo de concienciar, de plantearte dónde estás. Yo esto lo he repetido mucho: puedo ser producto de mi esfuerzo, de mi trabajo, de las cosas que hago, pero también de la sociedad en la que vivo, y con esto me refiero a muchas cosas. De los privilegios que tengo como persona hasta los grupos a los que pertenezco. Todos tenemos privilegios que otras personas no tienen y de los que no somos conscientes, incluso nosotras, como mujeres, españolas y europeas, tenemos privilegios que otras personas no tienen. Y creo que hay que hacer mucho trabajo constante, todo el mundo. Me refiero a todas las personas. Y pensar qué cosas podemos mejorar, o cuáles estamos obviando, que no son producto de lo que hacemos sino del grupo al que pertenecemos. En ese sentido, yo, en el caso de Pasapalabra, lo veía mucho. Y, en general, en el tema del hombre y la mujer, estamos tan acostumbrados a que el estándar sea el hombre que ya no lo percibimos, incluso nosotras como mujeres. Yo siempre decía que me gustaría no tener que ser un referente como mujer, porque me gustaría que esto no fuera noticia, que fuera lo normal.

Rosa mirando un libro en la Librería 80 Mundos / Belén Hernández

P. ¿Y por qué no lo es?

R. Bueno, por estadística, hay muchas menos mujeres participando. En el caso de Pasapalabra, yo creo que es por el tema del tiempo. Es un programa, a día de hoy, puramente de estudio. No creo que sea el único factor, porque Pasapalabra no es el único programa en el que faltan mujeres. En general es algo que se comenta mucho. Que haya paridad es algo que cuesta mucho porque en los castings también hay menos mujeres que se presenten para participar. Luego en Pasapalabra tienes el factor extra del estudio, que es algo sobre el tiempo. Tiempo y falta de pragmatismo, por decirlo así. Creo que los hombres tienen más vía libre para soñar en cosas absurdas y las mujeres somos más pragmáticas. Antes hablábamos de los sacrificios. Yo empecé en esto cuando tenía veintisiete años. Ahora tengo treinta y dos, camino de los treinta y tres. Soy joven, pero por el camino he sacrificado relaciones. No me he permitido explorar más, conocer, empezar relaciones que yo sentía que podían hacerse serias, porque me decía “ahora mismo sé que no voy a poder darlo todo”, así que he sacrificado esas relaciones… Si quiero tener hijos, yo ahora, biológicamente la mujer tiene otras preocupaciones que un hombre ni siquiera se tiene que plantear en cuanto a tiempos. Entonces quizá en ese sentido las mujeres somos más pragmáticas por que se nos ha criado así, creo que sí que tiene mucho que ver con la sociedad, y el hombre, en general, siempre tiene más vía libre para soñar en cosas imposibles. Lo veo también a mi alrededor, en esta generación más joven. Cuando se trata del tema de familia y cosas así, las mujeres todavía cargan, sobre todo, con el peso mental de las cosas que hay que hacer. Y, en el caso de los hijos, la vida de la mujer cambia radicalmente, y el hombre siempre mantiene esos espacios que son suyos: hobbies, trabajo… eso se mantiene. Eso hace que, por defecto, la mujer esté pensando más en las cosas que tendría o que tiene que hacer, y el hombre nunca se le va el chip de pensar en qué le apetece. Eso creo que afecta en el caso de Pasapalabra, porque si te embarcas en esta aventura, tal y como está el concurso a día de hoy, es algo muy importante.

En mi caso fue Pasapalabra, pero creo que todo el mundo puede encontrar esa cosa que te llene en la vida y que te haga transformarte y moverte hacia delante.

P. ¿Qué tipo de referentes te habría gustado tener cuando eras más joven?

R. Quizás más mujeres. He sacado mi lado más femenino a medida que he ido creciendo. Siempre me he considerado una mujer que se fijaba mucho en los hombres. Es algo de lo que fui consciente conforme crecí, pero de pequeña siempre me mezclaba mucho con los chicos. Siempre jugaba con los chicos, jugaba siempre al fútbol, que era algo que en aquella época sólo hacían los chicos… me identificaba siempre más con referentes masculinos. Además, siempre seguí mucho los deportes, con lo que mis referentes estaban ligados al deporte, y en mi época era todo masculino, aunque ahora ya no. Siempre fui una chica bastante masculina en ese sentido. No porque denostara lo femenino, y eso es algo de lo que fui siendo consciente y empecé a plantearme la pregunta de “¿por qué?”, “¿por qué soy así?”, o “¿por qué me fijo en lo masculino?”. Luego me di cuenta de que era porque había muchos más referentes masculinos de grandeza, o lo que se percibe como grandeza. Lo masculino era mucho más dominante que lo femenino. A lo mejor hubiera sido de otra manera si hubiera tenido más referentes femeninos. Ya te digo, no me gusta hacer la diferenciación entre masculino y femenino, pero sí que es cierto que, al final, tiendes a identificarte más con lo que se parece a ti. Y esto es natural, ya no te digo solo del ser humano, sino de los animales en general. Tiendes a fijarte en lo que se parece a ti. Yo, a lo mejor, en mi cabeza nunca me planteé eso de “es diferente”. Me estoy fijando en un hombre y no coincide con lo que yo soy, pero hay niñas que, como no ven un referente que es como ellas, no encuentran inspiración para hacer algo. Esto se hablaba mucho cuando Hillary Clinton estaba de candidata, hace ya diez años, en 2016. En EE. UU., que es como el referente de la sociedad, nunca había habido una. Si una niña pequeña nunca ha visto ni siquiera una aspirante a presidente, a lo mejor no se plantea que existe esa posibilidad. Por eso creo que es importante sentir que hay gente que te hace creer que tú podrías hacerlo. Y eso se consigue con iguales, del tipo que sea. No tiene por qué ser una mujer, sino alguien con quien tú te identifiques. Como decía antes, hay muchos tipos de grupos a los que puedes pertenecer, y por eso creo que es importante la diversidad de todo tipo. No solo de género o de sexualidad, sino de clases sociales, de tipos de personas, de muchas cosas, de muchas realidades…

Para mí es importante transmitir que se puede soñar y que, a veces, los sueños pueden parecer locos, pero lo importante del sueño no es llegar, sino todo lo que implica tener esa idea y trabajar para poder llegar.

P.  Ahora que el ruido se va calmando, ¿tienes alguna conversación pendiente contigo misma?

R. Pues sí. Qué quiero ahora en la vida, porque, como te decía al principio, todavía no he vuelto a la normalidad, así que aún no me he planteado esa pregunta. Me estaba dejando llevar un poco, haciendo las cosas que hay que hacer, entre comillas, que van surgiendo estos días. Compromisos, el tema mediático… pero, lo he dicho antes, y lo he repetido cien mil veces: para mí Pasapalabra no era un objetivo. Soy una persona que necesita objetivos en la vida, que luego pueden cumplirse o no, pero algo a lo que mirar para moverme hacia delante y construir alrededor de eso. De eso siempre he tenido, los he ido encontrando, toda mi vida, pero Pasapalabra no era un objetivo, era un propósito, que son dos cosas diferentes. El objetivo lo buscas, o lo puedes buscar, y el propósito lo encuentras, no lo puedes buscar. Para mí fue un proceso de tal transformación justamente porque no era algo que tenía que hacer, sino algo que me movía. Yo me venía preparando desde hacía meses para el final, independientemente de si me iba con bote o sin él, porque sabía que el final de Pasapalabra no era dejar de ir a rodar o participar, sino cerrar una etapa que ya me ha cambiado para siempre. No ha cambiado lo que soy, pero me ha mejorado y me ha permitido descubrirme. Ahora no hay propósito. Los objetivos los buscas, y, de hecho, se me han planteado ya varios objetivos nuevos. Eso, por una parte, es bueno, porque me va a permitir ir mirando hacia delante, pero encontrar algo que me llene tanto como lo ha hecho Pasapalabra va a ser complicado y esa conversación la voy a tener que tener conmigo misma: “Vale, cabe la posibilidad de que nunca más encuentres algo tan grande como esto, y, si no aparece, ¿cómo quieres vivir?”. Tendré que hablarlo conmigo misma, y quizá con mi psicóloga también, pero vendrá dentro de semanas, o meses, o quizá es una conversación que va sucediendo en el fondo de la cabeza.

P. ¿Hay alguna pregunta que te hubiese gustado que te hicieran en alguna entrevista y que nunca te han llegado a hacer?

R. Uy, no lo sé. No lo he pensado. Quizás implicaría estar analizándome constantemente sobre lo que quiero contar. Yo me he enfrentado a las entrevistas, precisamente, con la curiosidad de ver qué me preguntan y qué le interesa al entrevistador, pero no pensando en que qué quiero contar yo. Para mí sí que ha sido importante tener la oportunidad de compartir las motivaciones que me llevaron al reto, y eso creo que es algo que me ha sorprendido gratamente, porque mucha gente me ha preguntado sobre esto. En general, las entrevistas y conversaciones que he tenido con la gente postbote no se han centrado en la Rosa intelectual. Me pidieron que dijera cuántas veces me habían preguntado que cómo sabía la respuesta del rosco final. Creo que solo una o dos. Eso es algo que me ha alegrado mucho, que la gente no se ha centrado en “cómo sabe esta chica”, sino en “¿por qué decidiste participar?” o “¿cómo llegaste al sueño?”, y eso es algo que me alegra porque sí que me interesa compartirlo. Ya te digo, en mi caso fue Pasapalabra, pero creo que todo el mundo puede encontrar esa cosa que te llene en la vida y que te haga transformarte y moverte hacia delante. Para mí es importante transmitir que se puede soñar, y que, a veces, los sueños parecen locos, pero lo importante del sueño no es llegar, sino todo lo que implica tener esa idea y trabajar para poder llegar. Y muchas veces es el camino lo que vale la pena.