La criatura avanza, el relato se estanca

Cartel de Frankenstein

En Frankenstein (2025), Jacob Elordi (La Criatura) irrumpe en escena como un latido inesperado: un golpe sobre la mesa que reclama toda la atención. Su presencia demuestra madurez e incluso belleza. Mia Goth (Elizabeth Lavenza), en cambio, se mantiene en su órbita habitual, alta y constante, donde su interpretación siempre es una apuesta segura. Oscar Isaac (Víctor Frankenstein), aunque también cumple su cometido con solvencia, se ve encerrado en una habitación que reduce sus posibilidades de interpretación y de libertad creativa debido al guion.

El aspecto técnico de la película es, como era de esperar, impecable. Es Netflix quien sostiene la distribución con la solvencia de quien puede permitirse no escatimar en gastos. Sin embargo, toda esa limpieza visual acaba desembocando en una fotografía un tanto artificial. Es similar a la incomodidad que siente el espectador cuando una película decide aumentar los fotogramas por segundo y el ojo percibe algo que no le llega a encajar y no sabe por qué. En este caso, simplemente, se trata de un despliegue técnico envidiable que parece no haber sido del todo aprovechado.

Sin embargo, es en el guion donde la película revela su mayor inestabilidad. Allí donde la novela de Mary Shelley dejaba espacio para que el lector completara la información con suposiciones e intrigas, del Toro parece empeñado en iluminar todo el camino para el espectador. Lo que en el libro era una preciosa invitación a la interpretación, en la película es, más bien, un regalo a la simpleza. La narración se percibe con la misma urgencia y simplificación que un TikTok, donde la trama debe darse masticada, por si alguien se distrae y no consigue mantener su atención. Entre esas obviedades y la acumulación de clichés, el personaje de Víctor Frankenstein termina completamente desdibujado, y su desarrollo del descenso al delirio avanza a trompicones. No sorprende que el público espere la aparición de la criatura como un soplo de aire fresco.

Lo que en el libro era una preciosa invitación a la interpretación, en la película es, más bien, un regalo a la simpleza. 

Resulta evidente que la producción ha estado cuidada al milímetro y que Netflix ha querido hacer gala de todos sus recursos y ambición. No obstante, parece que no termina de cuajar. Su estreno en la plataforma ha facilitado el acceso, sobre todo con la creciente subida de precios en los cines, pero también ha despojado notablemente a la obra parte de su impacto: lejos de la sala de cine, la película pierde densidad y atmósfera. Sin estos dos factores, el filme puede incluso quedar más alejado de lo que se supone que pretende.

Al final, permanece la impresión de que la novela continúa siendo un obsequio minuciosamente elaborado, mientras que esta adaptación se desestabiliza precisamente en los cambios que introduce. La película avanza como la misma criatura que humaniza: ensamblada con piezas inconexas, capaz de mostrar pequeños recovecos de grandeza, aunque no se sostienen por sí solos.