Título central de la trilogía inaugurada por La hija en 2015 y clausurada en 2025 por Su cuerpo habla, Esta ira, quinto poemario de María García Zambrano (Elda, 1973), es el libro que ha obtenido el Premio de la Crítica Literaria Valenciana en la categoría de poesía correspondiente a 2023. Se trata de un libro duro, incómodo a veces, necesario siempre, que llega a quien lo lee en forma de grito, pero también de súplica y agradecimiento

Joaquín Juan
Aunque la voz poética de la autora se construya a partir del dolor y del miedo, y desemboque, en ocasiones, en la ira que da título al volumen, esta voz no se deja doblegar por dichas emociones y es capaz de levantar un muro de versos capaz de expulsar todo aquello que resulta dañino y salvaguardar, al mismo tiempo, todo lo que hay de bello en nuestras existencias. Allí donde no puede llegar la vida nos llevan, excepcionalmente, la poesía y la fe, y en Esta ira, la Mirla, el tú más recurrente de cuantos aparecen en el libro (hasta el punto de que ese tú se transfigura precisamente en yo, y viceversa, como comprobaremos al final), se encuentra a salvo, protegida y, de alguna forma, se convertirá en eterna, pues en estas páginas seguirá viviendo cuando no quede ni el polvo de nuestros huesos.
Dos ejes articulan fundamentalmente este libro: por un lado, la estructura perfectamente trabada del volumen; y, por otro, el empleo de un verso breve, aparentemente de línea clara, pero quebrado, repleto de cesuras y encabalgamientos, que van construyendo y deconstruyendo un lenguaje poético que no es siempre referencial o lineal, que salta de la primera a la segunda persona, que glosa a Adrienne Rich, a García Lorca, a Laura Giordani o a Rimbaud, entre muchos otros nombres.
Esta ira reúne poemas escritos entre 2015 y 2020 y los organiza en cuatro partes bien diferenciadas, las centrales, del libro, a las que preceden un texto en prosa que da la bienvenida al territorio de la ira y un par de poemas deslumbrantes que arrancan con versos ajenos que se integran en cursiva en las propias composiciones. Rematan el volumen un inexcusable apartado de “Citas, dedicatorias y gratitudes” y un acertadísimo epílogo a cargo de Julieta Valero, que, por su propia condición, no mediatiza la lectura del libro, pero sí alumbra (e incluso deslumbra) de cara a su interpretación posterior.
Allí donde no puede llegar la vida nos llevan, excepcionalmente, la poesía y la fe.
De estas cuatro partes centrales “Amar. Conservar vivo. Nombrar” es la primera, donde se incluyen ocho composiciones sin título. La segunda es “Esta ira”, que ocupa el centro físico del volumen, y donde encontramos doce composiciones con título, entre las que se encuentran poemas fundamentales como el que da título al conjunto (“Esta ira”) y “La osamenta”: “Abraza esta osamenta / no repele la carne / se deja hacer fractura / y fragilidad // se deja contener / como la música en las sienes // podrías llevarla de un lugar a otro // atrévete a escuchar / su grito”.
En lo que respecta a la tercera parte y a la cuarta, “Las hermanas” y “La belleza y una coda (a modo de antídoto contra la ira)”, son mucho más breves, con dos composiciones cada una, pero alcanzan, alternativamente, el punto de mayor reivindicación del volumen, en el caso de la primera, y el de mayor reconciliación o redención, en el caso de la segunda, que remata un poema imprescindible como “Coda”, al que regresaremos enseguida.
En una entrevista, María García Zambrano ofrecía algunas de las claves de interpretación de su poesía: “La realidad no me interesa para la poesía, sino crear esa otra realidad con el lenguaje donde la Mirla vuele, flote, donde haya una estirpe de mujeres que la sostengan, donde podamos reír y soñar… En ese lugar que es el poema está ese bestiario que me acompaña, está mi madre eterna e ideal, y mis abuelas, están las poetas que me abren camino y me prestan sus palabras, están mis hermanas de sangre y otras. Y además están quienes dicen palabras huecas, mujeres, hombres, bustos parlantes, depositarios de la rabia, pero acicate… En mi caso más mujeres que hombres porque ese es mi mundo, real e imaginario. Ese fue mi dolor y eso fue lo real que tuve que metabolizar: la soledad de las mujeres, la soledad de las madres, la soledad de las cuidadoras de mirlas blancas…”.
Se trata de un libro duro, incómodo a veces, necesario siempre, que llega a quien lo lee en forma de grito, pero también de súplica y agradecimiento.
Como afirma Emilia Conejo, “La madre en este poemario es la Sherezade que detiene la muerte con cada poema en mil y una noches de maternidad, de amor e ira, de soledad y unión, de silencio y escritura, de certezas y preguntas”.
Hay en la Eneida una imagen hermosísima, y es la de Eneas portando sobre sus hombros a su padre, el anciano Anquises, en una suerte de paternidad invertida, en la que el hijo se convierte en padre. Era, por cierto, uno de los motivos presentes en el poema “La tortuga”, variación sobre un tema de William Carlos Williams, de Luis Bagué, perteneciente al libro Desde que el mundo es mundo. No se me ocurre mejor imagen que esa para concluir esta reseña: Luis e Isaac, un padre y un hijo, transformados, a su vez, en hijo y padre, respectivamente, entregan el testigo de aquella imagen a María y a Martina, una madre y una hija, transmutadas, a su vez, en hija y madre, respectivamente. Y es que, no en vano, hay tanto amor en mitad de Esta ira, tal como dejan constancia los versos finales, ahora sí, del poema “Coda”: “tú eres mi hija pero yo soy tu hija / guíame”.



