Sinners: lentejas y vampiros

Imagen promocional de la película Sinners
Imagen promocional de la película Sinners

Otra vez la misma historia. Que si estas lentejas no me las voy a comer. Que si mira todos los trozos de verdura que hay. Que si me aburro de apartar todo esto. Es duro intentar que los niños coman bien. Pero ahí estamos los progenitores, dispuestos a domeñar el disgusto que les causa un plato. Trituraré las verduras y así pasarán inadvertidas, pero se las comerán. Y no me pregunten qué extraño mecanismo me ha hecho recordar la recientemente oscarizada Sinners (Pecadores en su traducción).

Este reencuentro cinematográfico entre el director Ryan Coogler y el actor Michael B. Jordan puede ser considerado por una gran parte del público como otra película de vampiros que se suma al género del denominado “terror negro”. No parece, sin embargo, la manera más acertada de acercarse a la obra. Es más bien una apuesta no carente de ambición por el terror gótico sureño, donde lo sobrenatural se utiliza para diseccionar heridas abiertas en la historia estadounidense.

Para entender esta película creo que es necesario valorar la evolución del director en su carrera. En su debut, Fruitvale Station, el racismo era una fatalidad inevitable y el sistema policial era el monstruo real; allí, la muerte era un evento trágico y administrativo. Posteriormente en Black Panther, la crítica se elevó a la geopolítica y el colonialismo a través de una fantasía de empoderamiento afrofuturista.

Coogler (derecha) dando indicaciones a Michael B. Jordan (izquierda)
Coogler (derecha) dando indicaciones a Michael B. Jordan (izquierda)

En Sinners, se podría decir que Coogler alcanza una madurez fascinante al pasar de documentar la tragedia o imaginar utopías a exorcizar demonios históricos. Aquí, el pasado es el que se niega a morir, y los protagonistas ya no son víctimas impotentes, sino seres que utilizan su propia “monstruosidad” para enfrentarse a un mundo que ya los consideraba monstruos. Esta transformación de la narrativa, de víctima a superviviente, funciona como una llamada vehemente a la justicia poética que el drama realista difícilmente puede ofrecer.

La película invierte los motivos clásicos del género. En el cine de terror tradicional, el monstruo es un agente externo; en Sinners, la sed de sangre de los vampiros funciona como una metáfora de la sed de control de la supremacía blanca. El mal no viene de afuera, sino que es como una enfermedad, una infección que emana de la tierra y del sistema social. Se utiliza el entorno de los pantanos y escenarios rurales del sur de EE.UU., al igual que en Territorio Lovecraft (basada en una novela homónima de Matt Ruff), para reforzar la sensación de claustrofobia, de lugar del que es casi imposible escapar y en el que nadie te oirá gritar. Dichos paulares no solo ocultan seres sobrenaturales, sino el peligro real de las patrullas y los linchamientos históricos. De esta manera, la tensión nace tanto del racismo histórico de la época de la segregación como de las criaturas que acechan en el pantano.

Es la técnica de esconder la verdura de las lentejas: el público acude por los sustos y la acción, pero termina nutriéndose de una crítica social profunda.

Hacer que un mismo actor interprete a dos hermanos gemelos no resulta baladí y parece retomar el recurso utilizado por Jordan Peele en Nosotros, donde desarrolla la idea de los Doppelgängers como el reflejo de una sociedad olvidada. En el caso de Coogler, explora la doble conciencia afroamericana: el arrepentimiento con el que carga uno de ellos y la desesperación que impulsa la trama encarnada por el otro. Cabe destacar aquí la labor actoral de Michael B. Jordan, que consigue que ambos personajes se diferencien claramente incluso en la posición corporal de cada uno de ellos.

Coogler recurre al miedo para que el espectador sienta el racismo como una fuerza demoníaca en lugar de un simple dato estadístico.

El riesgo inherente de este enfoque es que el espectáculo visual —especialmente con la apuesta por efectos prácticos y una fotografía inmersiva, así como una banda sonora excelente— termine por eclipsar el subtexto social. Existe el peligro de que el trauma se convierta en entretenimiento puro o que la estética alternativa de la acción diluya la crítica. Sin embargo, la dirección de Coogler es lo suficientemente sólida como para que los “pecadores” de su título no sean solo los monstruos, sino aquellos que, por indiferencia o conveniencia, permiten que el mal se asiente en su comunidad.

Lo que hace que Sinners destaque es su capacidad para utilizar el género de terror como un “caballo de Troya”. En una época donde el cine de denuncia puro puede generar fatiga del mensaje o una sensación de agotamiento, Coogler recurre al miedo, una emoción primaria, para que el espectador sienta el racismo como una fuerza demoníaca en lugar de un simple dato estadístico.

El cine no tiene la obligación de educar, pero, cuando logra que el espectador regrese a casa pensando en las cicatrices de la historia mientras aún siente el pulso acelerado por el terror, se ha logrado algo mucho más poderoso que cualquier libro de texto. Es la técnica de esconder la verdura de las lentejas: el público acude por los sustos y la acción, pero termina nutriéndose de una crítica social profunda.