El síndrome de la lesbiana muerta

Fotograma de la película Carol (2015)

En 2015, Carol —adaptación de la novela El precio de la sal (Highsmith, 1952)— hizo historia con sus seis nominaciones en los Premios Óscar y los numerosos premios que obtuvo. El filme, ambientado en los años 50, cuenta la historia de dos mujeres que sufren, o, mejor dicho, gozan, de una atracción inmediata que transforma sus vidas por completo. Carol, de algún modo, abrió las puertas a un entramado de obras que narraban realidades diversas de mujeres a las que les gustan otras mujeres y, entre ese conjunto, proliferaron especialmente aquellas que ubicaban a las protagonistas en épocas pasadas, generalmente, desde los años 50 hacia detrás.

Estos largometrajes nos muestran el autoconocimiento de la sexualidad y la identidad con todos los interrogantes que ello conlleva: los márgenes de la amistad que conducen hasta el romance, la construcción de un entorno seguro y propio, la reivindicación política que conllevaba defender el amor en todas sus formas, etc.

Películas como Mujer saliendo del mar (Pablo Rojas, 2018) o El secreto de las abejas (Annabel Jankel, 2018) permiten a las espectadoras construir una cultura que verdaderamente les represente, les haga formar parte de algo más allá de la no heterosexualidad y les conceda un espejo en el que mirarse allí donde otras obras invisibilizan o ridiculizan la comunidad lésbica.

Carol abrió las puertas a un entramado de obras que narraban realidades diversas de mujeres a las que les gustan otras mujeres.

No obstante, este relativamente nuevo género no está exento de estereotipos que continúan perpetuando los tópicos tan generalizados en la sociedad debido, precisamente, a otras ficciones. Así, las lesbianas de película están plagadas de mujeres butch (asociadas a la masculinidad tradicional) que seducen a una mujer femme (asociadas, por su parte, a la feminidad tradicional) que son, generalmente, heterosexuales, hasta donde ellas saben. En el camino hacia una relación sana, se suelen cruzar hombres que se oponen a su sexualidad o, en ocasiones, son las propias mujeres quienes lo hacen y buscan a un hombre que les reafirme en un espacio más cómodo y seguro.

También es habitual cruzarse en el proceso con sexo producido por directores que han visto demasiado contenido pornográfico como para conocer la realidad —no es difícil advertir las diferencias entre ese tipo de escenas y las de Retrato de una mujer en llamas (Céline Sciamma, 2019), dirigida por una mujer homosexual— o, por el contrario, con escasos cruces de miradas y roces ocultos.

Con todo, si hay una constante en estas películas, es, sin duda, un final trágico que acabe con una de las protagonistas asesinada o cometiendo un suicidio o, en el mejor de los casos, una relación fallida por los más variopintos motivos u otra que nunca llega a consumarse del todo.

Estas cuestiones resultan comprensibles en filmes como Ammonite (Francis Lee, 2020)o Historia de una pasión (Terence Davies, 2016) ya que narran historias reales —la de la paleontóloga Mary Anning y la poeta Emily Dickinson, respectivamente—, pero el caso se torna sospechoso cuando se reproduce en obras completamente ficcionales.

En definitiva, las películas lésbicas de época son un vehículo apropiado para reflejar todas aquellas historias que han sido silenciadas durante años y para ofrecer a la comunidad un entorno en el que autodescubrirse y construir un lenguaje propio. Sin embargo, estas están continúan plagadas de estereotipos y finales fatídicos que pueden desembocar precisamente en el lado contrario, en uno que haga creer a aquella joven que aún está averiguando su sexualidad e identidad que el futuro que le espera es desgraciado y funesto.

Quizá por eso mismo Carol triunfó de aquella manera, quizá por eso mismo todavía queda un largo camino por recorrer hacia ficciones que verdaderamente representen realidades que, incluso con sus idas y venidas, conlleven una vida feliz y completa.