Cine para recordar quién fui

Polaroid de la película Kids (Larry Clark, 1995)

Entiendo que a la gente no le gusta ver cosas donde ocurren cosas malas porque para eso ya está la vida real. En cambio, yo creo que es aquí donde de verdad sientes algo y te cambia, aunque no tiene por qué. Aunque si mi abuela, la persona más cinéfila que he conocido, me escuchara decir esto, diría que soy “un hijo de la oscuridad” y que estoy a tres pasos de convertirme en un cinéfilo pedante como muchos que hay.

La verdad es que elegí estas películas no porque sean mis preferidas o porque sean las mejores que he visto, sino porque dicen cosas que la vida real suele callarse. Y también porque, si voy a mirar atrás ahora que tengo dieciocho y técnicamente soy ‘adulto’, necesito un mapa emocional que no se limite a fotos y videos del móvil. Estas películas funcionan como una especie de memoria sentimental, no porque sean mi vida, sino porque me obligan a pensar en ella y en esta etapa que he vivido pero que lamentablemente, o afortunadamente según el que lo mire, aún no ha acabado.

Empecemos con Kids, la película que tus padres jamás te dejarían ver. Larry Clark retrata a adolescentes que no tienen brújula, ni freno y que viven como si el mundo fuera una tarde interminable sin consecuencias. ¿Que si me refleja? Sería alarmante decir que sí, pero algo tiene de cierto en lo que todos hemos vivido fuera de la vigilancia de nuestros padres. Yo no iba por ahí causando el caos, pero sí recuerdo ese sentimiento de libertad y exploración sin pensar demasiado en todas las consecuencias. Kids me sirve para recordar toda una etapa de una vida de la que nunca nadie se siente orgulloso en el futuro pero que ha servido para construir a una persona real. 

Cartel del filme Kids

Por otro lado, está The Florida Project (Sean Baker, 2017), que parece dulce por fuera, pero es más dura que muchas películas ‘para adultos’. Lo que me fascina es que muestra la infancia como un refugio frágil: los niños se inventan aventuras para no ver todos los problemas que les rodean. Y, aunque no crecí en un motel ni viví algo tan extremo, sí recuerdo lo mucho que dependíamos de nuestra imaginación para suavizar la realidad del mundo. Cuando veo a Moonee, entiendo mejor al niño que fui: uno que no sabía nada de alquileres, deudas o problemas, pero que sentía cuando algo no iba bien. Esa mezcla de ingenuidad es algo que, a veces, echo de menos.

Lo que me fascina [de The Florida Project] es que muestra la infancia como un refugio frágil.

Stand by Me (Rob Reiner, 1987) es la película que vuelve a aparecer cada vez que pienso en la frase “perder la inocencia”. Quizá por eso funciona tan bien: nadie pasa por la adolescencia sin ese momento concreto en el que deja de ser un niño. En mi caso, no involucró vías de tren ni cuerpos en el bosque, pero sí la sensación de que los veranos ya no eran eternos y que los amigos que parecían hermanos podían desvanecerse en cuanto la vida empezara a tirar de ellos. Stand by Me me recuerda que hay despedidas silenciosas que solo entiendes cuando ya han pasado.

Fotograma del filme Stand by me

Y después está Mid90s (Jonah Hill, 2018), quizá la más cercana a la experiencia real de cualquier adolescente medio: querer encajar, hacer el idiota, huir de casa más para respirar que para rebelarte, y darte cuenta de que, por mucho que lo intentes, crecer duele un poco. Jonah Hill captura esa mezcla de torpeza, esperanza y rabia que define desde los 13 hasta los 17. Cuando la veo ahora, entiendo mejor algunas decisiones que tomé sin pensarlo demasiado, como si el simple hecho de equivocarme fuera parte del trato.

Lo curioso es que estas películas juntas me sirven como un espejo fragmentado: ninguna cuenta mi vida, pero todas cuentan algo que he sentido. Me ayudan a recordar que crecer no es una línea recta, sino un caos lleno de sustos, descubrimientos, vergüenzas y pequeñas victorias.

A lo mejor mi abuela sí que tenía razón y elegir todas estas películas es de ser “un hijo de la oscuridad”, pero creo que son estas películas donde se refleja de manera verdaderamente honesta.