El escritor Pedro Martí consolida su salto a la primera línea del thriller nacional con La mala hija (2025), un fenómeno que ya supera las diez ediciones

María Samper / Carla Acosta
Las historias solo suceden a quienes son capaces de contarlas.
– P. A.
Murcia recibe el día al borde del colapso térmico, con unos implacables 39 grados que chocan de frente con la atmósfera gélida que respira La mala hija. Resulta casi paradójico descifrar un mapa criminal cubierto de nieve bajo este sol de justicia, pero el refugio llega al cruzar el umbral de El Faro de Lola. En esta librería independiente se respira el mismo aire que envuelve la trayectoria de Pedro Martí: cercanía, arraigo a lo local y un exquisito cuidado por el oficio que se ama. Entre libros, el autor se despoja de las cifras de un éxito de masas para hablar de lo que realmente le importa: las tripas de una literatura que araña y deja huella.
P. Empezaste en el circuito de la edición independiente con la bilogía de César Giralt y ahora has desembarcado en una editorial histórica como Destino, con un éxito abrumador. Mirando atrás, ¿cómo valoras ese proceso de maduración lejos de los grandes focos? ¿Crees que la edición independiente sigue siendo el laboratorio donde se aprende el oficio sin la presión de las cifras?
R. Hay de todo en la autoedición y la autopublicación. Hay autores, y yo soy amigo de algunos, que llegan a facturar mucho más al mes de lo que ganaré yo seguramente en la edición tradicional. Entonces, hay autores muy profesionalizados, con grandes ediciones, con unos procesos de maquetación y producción increíbles, que tienen productos buenísimos en la autoedición. Son los menos, la verdad; la mayoría de productos autopublicados no tienen esa calidad que una editorial sí filtra. En ese sentido, yo estoy muy orgulloso de haber empezado ahí porque me hace valorar lo que tengo a día de hoy. Muchas veces me lo dicen: “Pedro, es que te pasas por las librerías, es que hablas mucho con los libreros, es que respondes a todos tus seguidores, a todos tus lectores”. Y digo: “Es que yo vengo de un sitio donde hacía mucho frío, vengo de llevar los libros en mi maletero, y, claro, tenía que suplicar a un librero para que me los pusiese ahí, que luego me daba hasta vergüenza ir a cobrar, por descubrir si se habían vendido o no”. Vengo de ahí, y ver que todo está yendo ahora de manera tan maravillosa, con lo difícil que es el mundo editorial y con el frío, como te digo, que hay en la autoedición, me hace valorar el camino y creo que me hace ser la persona que soy en el mundo de la literatura.
Sí va a volver Alma y va a volver a Almansa, eso está claro.
P. Con La mala hija dejas atrás a tu anterior inspector para dar vida a la capitana Alma Ortega. ¿Qué te llevó a pasar de un proyecto a otro?
R. Donde lloran los demonios, que es la segunda novela del inspector Giralt, tuvo muy poco recorrido porque es una editorial chiquitita. Pero sí que es verdad que fue finalista del premio Cartagena Negra, al lado de La novia gitana o novelas muy sonadas. Esto la puso en el foco de algunas personas, como mi agente, Pablo Álvarez (@editabundo), que representa a autores muy conocidos, como Alice Kellen. Se fija en mí por esta novela y me pregunta qué proyectos tengo. Como era un proyecto para abrir camino, no podía ser la tercera parte de una trilogía porque una editorial no está interesada en algo que no es nuevo. Yo ya tenía pensada esa novela que estaría ambientada en mi hogar, ese tipo de rural noir, ese homenaje a Twin Peaks. Me encanta que La Sexta la haya bautizado como “el Twin Peaks manchego” porque yo quería hacer ese tipo de novela. Siempre lo tuve en mente, hacer mi propio Millenium. Les gustó mucho la idea, entonces, al final acaban fichándome para representarme y esto acaba posibilitando llegar a editoriales muy grandes. Hubo, por suerte, oferta de varias editoriales, pero es cierto que esta editorial histórica, Destino, era mi primera opción, fue todo un sueño que pudiese cumplirse.

P. ¿Había una predilección personal por Destino?
R. Sí, sí la había, porque ¿sabes qué pasa? Hoy en día se publican en muchísimas editoriales importantes los típicos libros de un influencer, o de un youtuber, o de un famoso. A veces son buenísimos. Pero Destino es como muy inmaculada en ese sentido. No es Seix Barral ni es Tusquets, que son todavía más literarias, pero también se les presupone a los autores de d
Destino cierta calidad literaria. Para mí, formar parte de ese catálogo, junto a Víctor del Árbol, Alicia Giménez Bartlett, Dolores Redondo, Lorenzo Silva… para mí era como sentirme escritor, sentirme autor de verdad.
P. Me hablabas antes de ese frío real de la autoedición, vamos a pasar a un frío ficticio. Decides ambientar este crimen en Almansa, tu pueblo natal, para despojarlo de cualquier calidez: es un invierno gélido, asfixiante. ¿Cómo se gestiona psicológicamente esa perversión del espacio, transformar el paisaje de tu infancia en el escenario de una pesadilla?
R. Es torcerlo. Claro, la gente de Almansa sabe que lo estoy colocando como un escenario al servicio de una ficción criminal que no es real, entonces les hace mucha gracia ver los escenarios de la novela. Pero al visitante, que el otro día estuvimos haciendo una ruta guiada por allí, le parece alucinante al ver una Almansa tan luminosa, tan diferente a la de la novela. Yo quería ponerla al servicio de la trama y al servicio de un espectáculo bastante oscuro y frío. Y, además, a mí me llama bastante la atención, porque yo vivo en Murcia, con el calor que hace aquí, que es tremebundo, ese contraste a solo una hora y veinte, ir para allá y notar que hay diez grados menos, y en invierno es el día y la noche. Quería que mi personaje también notase eso y que ya no se adapta al frío que la vio nacer. Yo cuando vuelvo a Almansa muchas veces en invierno pienso: “Ya no soy de aquí, porque no soporto este frío. ¿Cómo lo soportaba de niño?”. Soy un mal hijo de Almansa, porque, por lo menos físicamente, ya no soy de allí, parece que no estoy preparado, como si me hubiese desadaptado. Eso me pareció una idea curiosa y quería transmitírsela a mi protagonista, y también quería que Almansa fuese un personaje de La mala hija.

P. Esta elección de Almansa como elemento claustrofóbico me recuerda a Delibes o a Juan Benet, que ya profundizaron en la España interior hostil. ¿Te consideras deudor de esa tradición del realismo sombrío español o buscas reinterpretarla a través de los códigos del nordic noir actual?
R. Es más bien lo segundo que comentas, coger el nordic noir, en España, por ejemplo, tiene mucha tradición el tema del norte, con Dolores Redondo y el Baztán, o con Domingo Villar y Galicia, con Arantza Portabales, con Pedro Feijoo… Hay un montón de escritores que ambientan este tipo de novelas, de tramas complejas y secretos familiares, en lugares verdes, con costa. Y yo quería darle una vuelta de tuerca: por qué no en el centro de España, en la meseta, que todo es más árido, esos viñedos pelados, esos almendros retorcidos. Toda esta imaginería ponerla al servicio de una novela, es como ese nordic noir de nieve ponerlo en La Mancha. Aunque Almansa no es La Mancha, pero, bueno, tenemos costumbres manchegas. Pensé que este tipo de escenario podía quedar muy bien en una novela negra.
P. En las localidades pequeñas, las apariencias y el control social a menudo sustituyen a la ley. ¿Es la novela negra el mejor bisturí para rajar la hipocresía de esas burguesías periféricas que prefieren el secreto antes que el escándalo?
R. Sí. Algunas veces se les critica a los escritores que quieran ser equidistantes, que no quieran criticar algunos males sociales. Yo huyo de dar cátedra o de decirle a alguien cómo debe sentirse respecto a los problemas que muestro en La mala hija, pero te mentiría si no te dijese que me gusta la novela negra, por supuesto, por el juego de buscar al criminal, que es algo superatractivo, pero también por la capacidad de hacer crítica social. Me dijo una vez Jesús Lens, el organizador de Granada Noir, que era como una oda a la diferencia: a una persona con TEA; en el caso de Alma, a una persona con el vitíligo en la piel, llamativa, que la podían señalar por la calle; hay un personaje que tiene parálisis cerebral; una gitana, que es madre joven… No es que sea mi objetivo, pero es lo que hay en la sociedad, y la novela negra te da pie a mostrar qué afrontan estas personas, siempre al servicio de la narración. En la crítica hacia la hipocresía de clases, Raymond Chandler, que es uno de mis ídolos, uno de los mejores escritores de novela negra, en todas sus novelas había algo de esto: le contrataban los ricos porque era un detective privado muerto de hambre, y al final se acababan levantando las alfombras y ahí había de todo. Ese tipo de novelas siempre me ha gustado mucho, cómo el dinero te puede acabar pervirtiendo. Que no siempre es así, que hay personas ricas que son gente maravillosa, pero es verdad que también hay gente con dinero que no lo es tanto, y son personajes muy atractivos para una novela negra.
Soy un mal hijo de Almansa, porque, por lo menos físicamente, ya no soy de allí, parece como si me hubiese desadaptado.
P. La mala hija es un volumen imponente (más de 650 páginas), pero la fragmentación en capítulos muy cortos genera un ritmo casi cinematográfico. En la literatura actual hay un debate sobre si este formato es una respuesta a la pérdida de atención del lector moderno o una elección estética. En tu caso, ¿cómo trabajas para que la velocidad del page-turner no sacrifique la profundidad de la prosa?
R. Como comentas, la novela es extensa, y esto llamaba la atención a mis compañeros, me decían “te la van a recortar, eso es imposible, que te publiquen una primera novela en una editorial grande, a un autor desconocido, de ninguna manera”. Pero, de hecho, ese es uno de los mayores halagos que me llevo, que Destino quisiera apostar por ella. Sí que es verdad que la tuvimos que afilar, pero, bueno, sí que se arriesgaron. No se trata tanto de la dimensión, sino del ritmo que consigas imprimirle. En ese sentido, yo no me he dejado guiar por esas modas del scroll, de una atención muy limitada. Ha sido un gusto personal, porque a mí me gusta ese tipo de historias donde pasan cosas continuamente. Yo me cojo novelas históricas en las que veo que pasas páginas y veo descripciones y más descripciones, y no termina de pasar nada, y que no hay diálogo, y no me gusta. Me gusta que haya acción, pero también tener momentos para el lirismo, para la narración pura y para la belleza estética del relato, siempre teniendo presente que estás escribiendo un relato de policías, que no te puedes poner tampoco rococó, porque sacrificarías la lectura, pero no por lo que puedan pensar los lectores, sino por lo que pueda pensar yo mismo. Entonces, es verdad que soy estudioso del ritmo porque creo que sí tengo un lenguaje cinematográfico, controlo, y cada vez más, el ritmo, soy muy metódico, preparo libretas y hago escaletas. Y luego le añado el componente literario a esas escenas que tengo pensadas en la cabeza. Cada vez soy más estudioso del ritmo, pero no por los demás, no porque se vaya a leer más o menos, sino por mí, porque creo que hay que evolucionar en eso. Los relatos que a mí me gustaría leer tienen que tener un ritmo, que tampoco sea frenético, me gusta parar, me gusta que Alma de vez en cuando vuelva a conversar con el vagabundo, me gusta describir la vida en el pueblo… Me gusta dotarla de humanidad, de narración y de lírica. Pero me gusta que tenga un ritmo bueno, que, pese a ser larga la novela, te la quieras beber. Hay momento en que, quizá, por recortar lo que eran demasiadas páginas, soy crítico conmigo, y la veo un poco rápida de más. Pero, bueno, eso ya son fobias y filias de los escritores, que nunca dejamos ir nuestra novela, aunque esté publicada, la seguiríamos cambiando y la seguiríamos mejorando.

P. En varias ocasiones has mencionado la influencia de series como Twin Peaks o Juego de Tronos, sobre todo en cuanto a construcción de personajes. En La mala hija se nota esa misma obsesión por la hondura psicológica. ¿Hasta qué punto has bebido de esa narrativa audiovisual para entender que el motor de la historia debe ser el personaje y no el enigma? Y, desde esa perspectiva, ¿qué espacio le queda a la literatura? ¿Qué puede ofrecer la novela negra sobre la psicología humana que el cine negro o las series jamás conseguirán replicar?
R. Se pueden mostrar sentimientos en pantalla de manera muy práctica, muy visual, y, a veces, más rápido de lo que los puedes mostrar en una novela. Recientemente, he leído la novela Proyecto Hail Mary, que tenemos la película de Ryan Gosling, y me parece más emocionante la película, porque ciertas imágenes entre los dos protagonistas me producen más emociones que textos y textos sobre cómo se sienten. Mostrar los sentimientos en literatura es difícil y, a veces, visualmente puede llegar a ser más fácil. No sé cómo podría llegar a emocionar una Interstellar escrita; sin embargo, visualmente, está clarísimo cómo te puede emocionar, tiene la música, tiene cosas que ojalá se pudiesen meter dentro de una novela. Yo, como has visto, lucho por todo esto. La construcción de personajes es primordial. En la literatura negra, hay autores como Domingo Villar, como Toni Hill, como Víctor del Árbol, como Pere Cervantes, que hacen unos personajes complejos, profundos, desde una perspectiva psicológica real. Y estos detalles que dices de la cultura pop (de Harry Potter, de Juego de Tronos…) que le añado a ellos es porque es lo que hace que nosotros nos llevemos bien. Yo ahora mismo ya encuentro en ti una persona afín porque veo que te gusta Juego de Tronos, o me lo puedo imaginar. Y eso hace que el lector también se enganche, que diga: “Vale, yo me identifico con este personaje, porque yo también me bebo las películas de Harry Potter una detrás de otra”. O, por ejemplo, llevar un tatuaje de las reliquias de la Muerte, igual que ella. Eso hace que conectes. Para diseñar a los personajes con humanidad, creo que es crucial. Poniendo el ejemplo de las series, yo siempre digo que Perdidos y Juego de Tronos son series cuyo final es discutible, sobre todo Perdidos. Yo creo que los guionistas no sabían dónde iban y lo resolvieron un poco como pudieron. Juego de Tronos está mejor, pero también hay dudas con el final, quizá un poco apresurado. Sin embargo, sus personajes… Yo volvería a ver Perdidos solo por ese Sawyer, por esa Kate, por ese Jack, por ese John Locke, con todas las referencias filosóficas que tiene. Con Juego de Tronos, igual: ese Jaime Lannister, que un día empuja a un niño por la ventana y al día siguiente es un héroe, y luego vuelve a ser malo. Estos personajes grises, humanos, con conflicto interno… Todos tenemos conflicto interno, pero a veces es mayor o menor. A veces es un conflicto que puede parecernos nimio. Hay otros mucho más graves que tienen que ver con crímenes y con violencia. Crear a los personajes de esta manera, mostrando sus costuras, los hace humanos. La mala hija es un cliché, en el que desaparece una chica, es este tipo de homenaje, no quiero ocultarlo, quiero que sea ese tipo de novela. ¿Cómo le puedes aportar diferencia? Aparte de la voz narrativa o de algunos detalles, como que las investigadoras sean hermanas. Creando unos personajes que sean inolvidables, o que tú, por lo menos, quieras que sean inolvidables; luego ya el lector decidirá. Eso es lo que hace que la historia sea diferente. Y no piensas tanto en escribir un thriller, con sus giros, con su ritmo —que sí, que los tiene—, pero es una historia de personas, que para mí es de lo que trata siempre cualquier género.
Quería darle una vuelta de tuerca: por qué no en el centro de España, en la meseta, que es todo más árido.
P. Ante una trama tan compleja, con tantos hilos, ¿cómo es tu proceso de trabajo? ¿Eres un escritor de brújula que descubre la historia a medida que avanza o creas un mapa antes de empezar a escribir?
R. Soy muy de mapa, es decir, lo tengo bastante decidido todo. Empiezo a tomar notas en libretas y puedo pasar fácilmente seis o siete meses escribiendo y tomando notas, sobre todo antes de tener clara una pequeña escaleta: en el primer capítulo veremos cómo se encuentra el cadáver, en el dos habrá una conversación y de esta conversación se tiene que extraer esto… Yo eso lo tengo muy medido y muy estudiado, porque luego la novela, sobre todo el thriller, cuando es tan ambicioso, con tantos personajes, creo que exige que funcione como un engranaje, que todo acabe cuadrando, las cosas que están por ahí no pueden ser accesorias, tienen que servir a la narración. Para que cada cosa que se dice o que se hace tenga luego un sentido narrativo, la única forma en este género, por lo menos para mí, es tenerlo todo bastante claro. También te digo, esto puede parecer un poco cyborg¸ una forma robótica de organizar la literatura, parece como la muerte de la literatura, y nada más lejos de la realidad. Es muy creativo todo este proceso de empezar a diseñar el mapa, diseñar los personajes (que va a ser pelirroja, que veía la tele con su abuela y que por eso le gusta el cine…), todo esto, que no me pongo directamente en el Word a diseñarlo, sino que tomo notas para que todo esté muy atado antes, y luego me exija hacer menos cambios. Es que, si no uso ese mapa, cada vez que se me ocurre una nueva idea, tendría que levantar la novela entera. De esta manera, sé dónde están las cosas que tengo que levantar, las tengo apuntadas y lo tengo muy claro. Entonces, si me surge una nueva idea —que, por supuesto, hay que dejarle espacio—, a tomar por culo el plan, pero tienes que levantar los cimientos donde sabes que están, no levantar todo el edificio. Si levantas todo el edificio, podrías tardar en escribir una novela ambiciosa con tantos personajes seis o siete años, y no es lo suyo, porque te olvidaría todo el mundo. Además, sería superestresante. Sí que recuerdo algunas cosas y las tengo muy presentes, pero, si me desconecto una semana —por la promoción, porque tengo que trabajar, por la vida, que te atropella a veces—, si no tuviera ahí esas notas, esos mapas, tendría que volver a leer todo, volver a elaborarlo todo, sería muy tedioso. Ahora mismo puedo ponerme a escribir, puedo ir a la conversación que Alma va a tener con su hija en tal momento de la trama, porque sé que va a suceder en ese momento. Eso me da tranquilidad y me ayuda a evitar el síndrome de la página en blanco. Que al final lo acabas teniendo también, porque, si no se te ocurre una idea, aunque sea en la libreta, si no la consigues desarrollar, eso es síndrome de la página en blanco, aunque no sea escribiendo con el teclado. Pero te ayuda a tener otra cosa que hacer y, mientras estás trabajando en otra cosa, quizá surja la chispa para ese hueco que no consigues solucionar. Esto es supertécnico y un poco metaliterario de más, pero es así.

P. El thriller actual suele abusar de la acción y los fuegos artificiales. Sin embargo, en La mala hija los silencios, las miradas y lo no dicho pesan tanto como los giros de guion. ¿Cómo se entrena la contención emocional en un género que por definición tiende al clímax constante?
R. Thriller viene de thrill, que es estremecer. Te puede estremecer más una conversación con un auténtico desgraciado, en la que intente justificar conductas. Creo que eso te puede llegar a emocionar más o incluso darte esa pizca de misterio para seguir leyendo. Yo tenía claro que la investigación tenía que avanzar sobre todo por entrevistas, es un Twin Peaks, y sí, había pruebas aquí, o una pista allá, pero, sobre todo, se avanza por ir a hablar con los personajes y bucear entre sus mentiras. Y era lo que yo quería. Teniendo eso claro, hay acción, por supuesto, pero hay menos; es un thriller en el que se avanza sobre todo por ahí. Sí que hay giros, a lo mejor demasiados (se ríe), pero es verdad que me gusta esa sensación de calma, de avanzar también con entrevista y con diálogo entre personajes.
Puedo pasar fácilmente seis o siete meses escribiendo y tomando notas, sobre todo antes de tener clara una pequeña escaleta.
P. El título de La mala hija ya es un juicio de valor implícito. Al poner el foco en la desaparición de una adolescente de una familia impecable, ¿querías explorar hasta qué punto la institución familiar puede volverse perversa cuando prioriza el estatus por encima de la verdad?
R. A nivel íntimo, yo a veces he visto dentro de la familia esa tendencia a negar cosas que han pasado, como si no hubiesen sucedido, y a mí siempre me ha parecido extraño, no sé, nos estamos mintiendo a nosotros mismos. Es tapar cosas que han pasado, sin ser tan oscuras. Pero este tipo de comportamientos, que a veces he observado en familias, incluso en la mía propia, siempre me ha llamado mucho la atención, las apariencias. Yo me considero una persona muy natural, digo lo que pienso y no soy de ocultar cosas, y ese qué dirá el vecino, se van a enterar de que te has divorciado… todo este tipo de cosas siempre me han parecido poderosas para explorarlas narrativamente. Y la idea de que pueda surgir algún tipo de demonio, de maldad, dentro de la propia familia es realmente fuerte, en comparación con que el asesino en serie pueda ser tu vecino, porque entonces quizá no tiene una motivación que a ti te toque directamente. O quizá está en una gran ciudad, no es tan cercano como si surge en el seno de tu propia familia. Poner al lector delante de la pregunta “qué harías tú si te pasase algo así” creo que también era uno de los objetivos. Para eso, la familia, ese lado domestic que tiene la novela, era capital y, en realidad, era el origen de todo.
La manera de mejorar es ser crítico con uno mismo y afilar tus herramientas lo máximo posible y, para eso, tienes que añadirle oficio y horas.
P. Alma Ortega es una protagonista magnética, pero está rota y arrastra un trauma familiar severo. Existe cierta tendencia actual a crear personajes femeninos fuertes que caen en un estoicismo plano y artificial. ¿Cómo trabajaste para que la vulnerabilidad de Alma no la debilitara, sino que la humanizara frente al lector?
R. Fue muy difícil. Primero, porque soy un hombre, y al final hay que hacer un ejercicio de abstracción, aunque digan que en muchos sentidos somos iguales, porque una de las taras que tiene Alma, la pobre, es esa maternidad impostora que siente con su hija adoptiva, no se termina de sentir la madre biológica. Reflejar este sentimiento, cuando ni siquiera soy mujer, había que estudiarlo e intentar acercarte a cómo se puede sentir en este plano. Alma fue un personaje difícil de diseñar. Quizá le cargué la mochila demasiado. Con perspectiva, es una de esas cosas que, si pudiese recuperar la novela, si no se hubiese publicado, a lo mejor le quitaría algo de mochila. Pero estoy muy orgulloso de cómo ha quedado, porque ella es claramente kantiana, tiene ese sentido del deber, de que tiene que seguir adelante, es obsesiva… Estos rasgos los hemos visto en muchos investigadores e investigadoras de novelas o de series de televisión, y luego tiene otras cositas: su pasado, su manera de afrontar sus inseguridades, parece que tras la coraza de seguir con la misión está solucionando todos los problemas de su vida, como si conseguir romper el caso o descubrir qué sucedió hiciera que no existieran los problemas de su vida, mi marido no murió. Tiene esa sensación de que para mantener todo en calma tiene que tener el caso bajo control. Si consigo resolver esto, todo lo demás no es tan importante. Es la sensación que quería transmitir con ella y la verdad es que estoy superogulloso de que haya encantado Alma. Al principio pensaba que iba a ser sosa, porque Giralt era todo lo contrario, era un tío testosterónico, sarcástico, ácido, que a la mínima te pegaba un guantazo. Era un tipo, la verdad, insoportable (se ríe). Era otro tipo de novela. Alma es todo lo contrario, tenía que ser más mesurada, aunque tiene sus momentos de arranque de ira, pero no es sarcástica. Es diferente. Entonces pensaba “ay, a ver si mi protagonista va a parecer sosa”. Pero luego le acabé cogiendo muchísimo cariño y es uno de los personajes de los que más orgulloso estoy.

P. Vienes del mundo de la docencia. ¿Hay algo de la psicología, la paciencia o la disciplina diaria de las aulas que hayas conseguido trasladar a tu rutina como escritor de novelas de largo aliento?
R. En cuanto a rutina, me gustaría ser más constante y tener esa rutina de escritor. A ver si a partir de ahora, que parece que me voy a poder dedicar a esto, puedo conseguirlo, quitando horas de trabajo en el cole, que me encanta la docencia, pero de este modo sí que podré tomármelo como un oficio. Tengo un nene en casa, que tiene tres años, entonces, las tardes son un espectáculo y tampoco quiero quitarle ese tiempo a él o a mi familia, porque acabo viajando también para promocionar, aunque intento no pasar nunca más de una noche o dos fuera. Pero es verdad que también me acaba quitando tiempo con ellos. Lo que no quería era trabajar por la mañana en un colegio y las tardes pasármelas escribiendo y no poder acostar yo a mi hijo. Haciendo equilibrios, cuesta ser constante, pero trato siempre de ser metódico y avanzar en este camino. No puedo hacer como Pérez-Reverte, que se levanta a las 8 de la mañana y se pone a escribir hasta las 15. A lo mejor algún día puedo. Pero sí que intento buscar esa constancia y ese método, porque al final es un oficio, y tienes que tratarlo como un oficio, aunque empiece como un hobby. Yo creo que la manera de mejorar es ser crítico con uno mismo y afilar tus herramientas lo máximo posible y, para eso, tienes que añadirle oficio y añadirle horas.
La familia, ese lado domestic que tiene la novela, era capital y, en realidad, era el origen de todo.
P. Ya anunciaste que la historia de la capitana Ortega continuará en 2027. Sin spoilearme, ¿necesita Alma alejarse de Almansa para sanar, o el territorio va a seguir siendo su antagonista en el próximo libro?
R. Alma va a volver a Almansa. La nueva novela también va a estar ambientada en Almansa, han pasado años. Se planta algo en La mala hija que no se termina de resolver, aunque la novela es autoconclusiva, y es la desaparición de un personaje en los años 90 que, curiosamente, iba al colegio de Alma. Entonces, Alma se ve en la obligación de por lo menos ver qué está pasando cuando en el presente aparece su cadáver, después de muchísimos años desde que desapareció. Ella tiene esa atadura emocional a Almansa. No soy de estirar tramas, de estirar arcos de evolución de personajes, de alargar chicles demasiado. A día de hoy, sí que me parece que tiene otra historia que contar, tanto Alma como otros personajes, pero no sé cuánto más podría aguantar el personaje, porque me parece que su arco de evolución está bastante definido y en algún momento tiene que resolverse. De momento, sí va a volver Alma y va a volver a Almansa, eso está claro. La verdad es que estoy muy ilusionado, y también con ese síndrome del impostor. A veces pienso que no va a gustar tanto como La mala hija. Y luego, depende del día, te sientes Don Miguel de Cervantes-Saavedra y piensas “es la mejor novela que se ha escrito jamás” (se ríe). Es una montaña rusa de emociones. Trabajar todos los días te ayuda a no experimentarlo así, zapatero, a tus zapatos, que las cosas van surgiendo. Ni vas a ser Paul Auster ni vas a ser el último mierda. Eso te da también perspectiva. Estoy muy ilusionado y con muchas ganas de que vea la luz, aunque todavía falta.



