Un rompecabezas emocional sostenido por dos titanes interpretativos

Cartel de We live in time

We Live in Time, dirigida por el británico John Crowley, llega como una de las propuestas más emotivas de la temporada de premios 2024-2025, con un estreno que ha resonado en festivales internacionales de prestigio. Presentada en el Festival de Toronto y seleccionada para clausurar la Sección Oficial (fuera de competición) del Festival de San Sebastián 2024, la película ha generado expectación gracias a su dupla protagonista, Andrew Garfield y Florence Pugh, y a la sensibilidad que Crowley ya demostró en trabajos previos como Brooklyn (2015), nominada al Oscar. Con su lanzamiento en España previsto para el 3 de enero de 2025 bajo Beta Fiction Spain, esta producción británica busca un hueco en la carrera de premios, desde los Oscars hasta los Goya, apoyándose en una historia de amor que promete tocar la fibra sensible del público. Crowley, conocido por su habilidad para manejar dramas íntimos, se adentra aquí en un terreno narrativo más ambicioso, aunque no exento de riesgos.

La película sigue la relación entre Almut, una chef talentosa y decidida interpretada por Florence Pugh, y Tobias, un hombre reflexivo y recién divorciado encarnado por Andrew Garfield. Todo comienza con un encuentro casual que marca el inicio de una historia de amor que se desarrolla a lo largo de una década, enfrentándose a momentos de alegría, desafíos personales y un diagnóstico que pone a prueba su vínculo. Contada de manera no lineal, la narrativa salta entre los primeros días de su romance, la construcción de una familia y los instantes más duros de su vida juntos, explorando cómo el tiempo moldea sus experiencias y emociones. Sin revelar detalles clave, basta decir que es una trama que mezcla ternura y tragedia, buscando reflexionar sobre lo que significa vivir plenamente en el presente.

John Crowley opta por una dirección elegante y contenida, apoyándose en una fotografía cálida de Stuart Bentley y una banda sonora sutil de Bryce Dessner que potencian la atmósfera melancólica de la cinta. Su decisión de estructurar la historia de forma no cronológica es un arma de doble filo: por un lado, aporta una sensación de memoria fragmentada que encaja con el tema del tiempo; por otro, a veces desconecta al espectador al interrumpir el flujo emocional. Aunque su manejo de las escenas íntimas es impecable, con un ojo para los detalles cotidianos que dan autenticidad a la relación, la narrativa no siempre encuentra el equilibrio necesario para que el experimento estructural se sienta plenamente justificado. Es un trabajo sólido, pero que no alcanza la audacia de otros directores de la temporada como Sean Baker o Brady Corbet.

Donde We Live in Time verdaderamente despega es en las actuaciones de sus protagonistas. Florence Pugh ofrece una interpretación poderosa y matizada como Almut, combinando fuerza y vulnerabilidad en una actuación que podría valerle otra nominación al Oscar tras Little Women. Andrew Garfield, por su parte, aporta una calidez y profundidad a Tobias que lo convierten en el ancla emocional de la película, recordando su talento en Hacksaw Ridge. La química entre ambos es el motor de la cinta, transformando momentos que podrían caer en el cliché en escenas genuinamente conmovedoras. Son ellos quienes elevan un guion que, sin su presencia, podría haberse perdido en la familiaridad de su premisa.

Son ellos quienes elevan un guion que podría haberse perdido en la familiaridad de su premisa.

We Live in Time evoca inevitablemente otras historias de amor marcadas por la enfermedad y el paso del tiempo. Su tono y temática recuerdan a Love Story (1970) de Arthur Hiller, con su mezcla de romanticismo y fatalidad, aunque Crowley apuesta por un enfoque menos lineal y más introspectivo. También hay ecos de The Fault in Our Stars (2014), basada en la novela de John Green, en su retrato de una pareja joven enfrentada a lo inevitable, pero aquí el énfasis está más en la madurez que en la adolescencia. Literariamente, la cinta comparte ADN con obras como One Day de David Nicholls, que también juega con el tiempo y las conexiones humanas a lo largo de los años. Sin embargo, mientras estas referencias suelen apostar por una narrativa más directa o un giro distintivo, We Live in Time se queda en un terreno intermedio que no siempre capitaliza su potencial innovador.

En el panorama de la temporada de premios, We Live in Time tiene argumentos para destacar, especialmente en las categorías de actuación, donde Pugh y Garfield podrían brillar en los Oscar y, potencialmente, en los Goya, si la película conecta con el público español. Sin embargo, como obra completa, no alcanza el nivel de riesgo o trascendencia que festivales como Cannes o Venecia suelen premiar, lo que explica su elección como clausura en San Sebastián, un certamen que favorece historias humanas y accesibles. Es una cinta que emociona, sí, pero a menudo lo hace recurriendo a fórmulas conocidas en lugar de desafiarlas, lo que la sitúa un escalón por debajo de las grandes favoritas de la temporada.

Dicho esto, la película no carece de méritos. Su fuerza reside en la humanidad que Pugh y Garfield imprimen a sus personajes y en la habilidad de Crowley para capturar la belleza de lo cotidiano. Aunque no reinventa el género del drama romántico, ofrece un retrato honesto y bien ejecutado de cómo el amor puede florecer y resistir en medio de las tormentas. Para quienes busquen una experiencia emotiva respaldada por actuaciones estelares, será una apuesta segura; para los que esperen una revolución narrativa, podría dejar un sabor agridulce.