Confluyen en Ernesto García López (Madrid, 1973) tres facetas que, de alguna manera, se encuentran en el origen y la redacción de un libro como Hospital del Aire, publicado en enero de 2022 por la editorial Candaya

Joaquín Juan
Ernesto García López es escritor, antropólogo y artista plástico, y eso es algo que se puede comprobar en buena parte de su obra, en la que, además del libro reseñado, se incluyen los poemarios Voz (1998), Fiesta de pájaros (2002), El desvío del otro (2008), Ritual (2011), Todo está en todo (2015) y Los afectos (2019); y las plaquettes Últimos poemas de Félicien Rops y Tierra de nadie (2005). Además, algunos de sus poemas se han traducido al inglés y, entre 2008 y 2012, fue codirector de la Revista Internacional de Literatura Galerna. También ha ejercido como crítico literario en revistas digitales como Culturamas y La Vaca Multicolor. En el ámbito de la antropología, sus investigaciones se han centrado en los estudios sobre movimientos sociales y cultura política y realizó su tesis sobre La construcción social del activismo en Madrid durante el ciclo 15M. Es importante nombrar aquí su tesis porque, según él mismo cuenta en uno de los apartados de Hospital del Aire, “Diario de escritura”, los últimos momentos de redacción de la misma coincidieron con procesos importantes de la creación de Hospital del Aire, un libro deslumbrante, arriesgado, complejo, que, al multiplicar los niveles de escritura, eleva exponencialmente los niveles de lectura.
El ejercicio de desnudez y despojamiento que realiza el autor en el “Diario de escritura” resulta revelador
Desde el mismo momento de su publicación, Hospital del Aire ha generado comentarios elogiosos por parte de la crítica especializada, que se ha detenido, por lo general, en la cuestión de la adscripción genérica. Se habla en términos de “ficción poética”, de “reportaje lírico”, de “collage periodístico” e incluso de “novela poematizada”: Agustín Calvo Galán dice que “García López teje textos y, a continuación, los desteje, experimentando con diferentes texturas”; Cristóbal Domínguez afirma que es un “trabajo que trata de abrir nuevas vías para la interpretación de lo real”; o Vicente Luis Mora, por poner un tercer ejemplo, define Hospital del Aire como “un libro valiente y valioso, recomendable, indagador, incómodo y saludablemente excesivo, peninsular‑latinoamericano, generoso, que crea para sí mismo un espacio a la vez central y al margen dentro de la poesía española contemporánea”.
Aunque Hospital del Aire se ha publicado en una colección de poesía, lo cierto es que el libro (no es solo un poemario, aunque también lo sea) trasciende las fronteras de la lírica y, en general, de los géneros literarios e incluso periodísticos. En un lugar indeterminado entre la poesía, el comentario, la nota breve, el discurso, la crónica, el reportaje, la prosa poética, la noticia, el diario, la necrológica, el ensayo, la ficción, la no ficción, las memorias e incluso la novela, Hospital del Aire es un libro que alberga en su seno muchos libros, de la misma manera que hay muchas historias en esta historia.
¿Y cuál es la historia de la que parte todo, o, mejor dicho, el detonante de la creación? Lo señala muy bien Diego Sánchez Aguilar en el prólogo del volumen, que lleva el sugerente título de “La caja negra de la escritura”: “Este libro tiene su origen en el accidente aéreo sucedido el domingo 27 de noviembre de 1983 en el aeropuerto de Barajas en el que fallecieron 181 personas y hubo 11 supervivientes. Entre las víctimas, personalidades de la cultura que se dirigían a Bogotá para asistir al Primer Encuentro de la Cultura Hispanoamericana: Marta Traba, Rosa Sabater, Jorge Ibargüengoitia, Manuel Scorza y Ángel Rama” (p. 7). Es un episodio tristemente célebre entre quienes se dedican al estudio literatura hispanoamericana, que se ha anclado de una manera indeleble en la memoria de Ernesto García López, ese accidente y el que tuvo lugar, también en Barajas, apenas diez después. En el primer caso, se trataba de una aeronave de Avianca; en el segundo, chocaron en la pista un avión de Iberia con otro de Aviaco. Y si el libro se titula Hospital del Aire es precisamente porque algunos de los supervivientes del accidente de Avianca fueron trasladados a esas instalaciones, actualmente abandonadas.
Al final, lentamente, voy dándome cuenta que poetizar implica salvar los restos de un naufragio.
Ernesto García López.
Hospital del Aire supone un auténtico ejercicio de construcción y de memoria, de reflexión sobre la propia creación. Dejando a un lado el prólogo, el libro se divide en cinco partes bien diferenciadas. El propio autor explica muy bien las tres primeras en la última de ellas, el ya mencionado “Diario de escritura”: “Llevo días organizando los textos, reuniéndolos alrededor de esa estructura trimembre, precaria aún. Parte primera, ‘Vuelo 11 de Avianca’, collage de noticias y ¿poemas? con las voces de los pasajeros fallecidos. Parte segunda, ‘La caja negra’, prosas de Rosa Sabater, Ángel Rama, Marta Traba, Manuel Scorza y Jorge Ibargüengoitia. Parte tercera, ‘El sueño difícil’, la ficción socavando la realidad” (p. 173). En la tercera parte, en realidad, Ernesto García López se centraba en los supervivientes y ya se refería a las crónicas y noticias del segundo accidente, al que dedica el “Epílogo”.
Sin embargo, creo que el gran hallazgo de este Hospital del aire es la inclusión de una quinta parte, ese “Diario de escritura”, que recoge entradas escritas entre el 26 de febrero y el 31 de diciembre de 2018. Según Ernesto García López, asumió la redacción de ese diario como si fuera un auténtico diario de campo, herramienta fundamental para los antropólogos, lo que sumó una nueva capa de escritura, una nueva textura a los diferentes niveles ya presentados, de manera que se multiplicaba el diálogo entre los distintos materiales.
Aunque Hospital del Aire se ha publicado en una colección de poesía, lo cierto es que el libro [...] trasciende las fronteras de la lírica y, en general, de los géneros literarios e incluso periodísticos.
Todo el libro me parece brillante, pero el ejercicio de desnudez y despojamiento que realiza el autor en el “Diario de escritura” resulta revelador, porque allí muestra su búsqueda casi obsesiva de modelos y referentes que le ayuden a sacar adelante este Hospital del Aire, pero también su acuciante sensación de fracaso y de derrota, sus dudas, sus inseguridades, algunas de sus servidumbres más cotidianas, como, por ejemplo, cuando cuenta que apenas puede leer y escribir por cuestiones laborales. Al mostrar de una forma tan descarnada y sincera las entrañas del proceso creativo, García López nos presenta un espejo en el que mirarnos. Entiendo las dudas expresadas en el propio diario sobre si incluirlo o no en la redacción final, pero le agradezco enormemente al autor que finalmente lo haya incluido, porque no solo enriquece el libro y lo hace mejor, sino que esa decisión engrandece su figura frente a los lectores.
Me gustaría terminar estas líneas con las palabras que Ernesto García López escribe en la entrada correspondiente al día 20 de noviembre de 2018, porque dan buena fe, no solo de la gestación de Hospital del Aire, sino del propio oficio de la escritura: “Al final, lentamente, voy dándome cuenta que poetizar implica salvar los restos de un naufragio. El libro es lo que quedó de la idea del libro, lo que pudo sobrevivir a su propio hundimiento. El oficio de la escritura quizá suponga disciplinar el hábito del fracaso (Ribeyro); volver destreza el manejo incansable de la derrota. Lo que las páginas dicen de uno es su capacidad para encajar equivocaciones sobrevenidas” (p. 208).



