La infancia, el hijo muerto y la paternidad en el último Miguel Hernández

Esther Simón
Miguel Hernández no llegó a tiempo. Había salido hacia Orihuela en busca de medicamentos para su hijo y, cuando regresó a Cox, encontró a Manuel Ramón amortajado en la cuna. Tenía diez meses. La escena, traumática y terrible, pertenece a esa parte de la vida del poeta donde ya casi todo parece escrito contra él: la guerra que se derrumba, la familia separada, la pobreza, la cárcel que se acerca y una paternidad que apenas pudo tocar con las manos.
A Miguel se le suele recordar en la intemperie de la historia: el poeta del pueblo, el soldado republicano, el preso enfermo, el hombre que murió en la cárcel de Alicante en 1942. Pero en su última obra hay otra faceta igual de profunda y quizá más dolorosa: la del padre. No el padre tranquilo que ve crecer a su hijo, tampoco el que acompaña los primeros pasos o corrige las primeras palabras. Miguel Hernández fue padre desde la distancia, desde las cartas, desde la preocupación por los biberones, desde el miedo a la diarrea del niño, desde la cárcel y desde la culpa de no estar.
La muerte de Manuel Ramón, su primogénito, abrió una herida que atraviesa el Cancionero y romancero de ausencias. Y el nacimiento de Manuel Miguel, su segundo hijo, no cerró esa herida. La llenó de otra cosa: de esperanza, de hambre, de futuro, de una necesidad casi desesperada de que la vida continuara.
Antes del hijo muerto hubo un hijo deseado. Miguel ya soñaba con formar una familia con Josefina Manresa mucho antes de que la tragedia entrara en su casa. En una de las cartas recogidas en la biografía escrita por José Luis Vicente Ferris, Miguel Hernández: pasiones, cárcel y muerte de un poeta, el escritor le narra a Josefina que la guerra que están viviendo no se defiende por una idea lejana, fría o abstracta, sino por “el porvenir de los hijos que hemos de tener”. La frase es importante porque muestra que, para él, la infancia no era un adorno sentimental. Era una promesa concreta. Un modo de pensar en el mañana.
Tienes que llegar a comprender que con la guerra que nos han traído no defendemos más que el porvenir de los hijos que hemos de tener. Yo no quiero que esos hijos nuestros pasen penalidades, las humillaciones y las privaciones que nosotros hemos pasado, y no solamente nuestros hijos, sino todos los hijos del mundo que vengan. A tus hijos, a mis hijos, les enseñaré a trabajar, sí, porque el trabajo es lo más digno en el hombre, pero a trabajar con alegría y sin amos que los hagan sufrir con insultos y atropellos. Tengo muchas ganas, nena Josefina, de tener hijos contigo. Mi mayor alegría la voy a tener el día que tú me asegures que voy a ser padre, que vas a ser madre.
Carta de Miguel Hernández a Josefina Manresa.(Rodríguez Isern, como se cita en Gómez y Patiño, pp. 417–430)
En esa misma carta, Miguel va más lejos y le confiesa a Josefina: “Mi mayor alegría la voy a tener el día que tú me asegures que voy a ser padre, que vas a ser madre”. En mitad de una España rota, el poeta no habla solo de política, de trincheras o de victoria. Habla de tener hijos. De enseñarles a trabajar “con alegría”. De evitarles las humillaciones y las privaciones que él había conocido. El niño, antes incluso de nacer, ya es una forma de reparación.
El segundo hijo, esperanza desde la distancia
Cuando Manuel Ramón nació el 19 de diciembre de 1937, Miguel no recibió la noticia hasta Nochebuena. Llegó a Cox emocionado. Josefina recordaría después que, al coger al niño en brazos, “se lo tuvieron que tomar porque temblaba de alegría”. Ese temblor dice mucho. En él cabe el padre primerizo, el hombre que viene del frente, el poeta que ha escrito sobre la vida y de pronto la tiene delante, pequeña, respirando, envuelta en ropa de recién nacido.
Cogió al niño en brazos-relata Josefina Manresa- y se lo tuvieron que tomar porque temblaba de alegría. Le trajo mucha ropa. También trajo veinticinco ejemplares del libro Viento del pueblo. Cuando se fue toda la gente, en el dormitorio le expliqué cómo fue el parto. Un momento antes de nacer el niño abrí la puerta del corral y vi la luna en lleno, que parecía que se me echaba encima.
Carta a Josefina fechada el 14 de noviembre de 1940.
Da el biberón a Manolillo a sus horas justas: no me digas que sigue malo, porque has de hacer por ponerlo bueno y gordo. Él es fuerte y saldrá de este verano y dará envidia al mundo entero con su salud…
Carta de Miguel Hernández a Josefina Manresa.
Pero esa alegría duró poco. Durante 1938, las cartas de Miguel a Josefina se fueron llenando de una preocupación doméstica y angustiosa. Le pregunta por la leche, por el biberón, por la salud de Manolillo. Le pide que lo cuide, que lo alimente a sus horas, que haga todo lo posible para que salga del verano. En esas cartas no habla el poeta, habla un padre asustado. “No me digas que sigue malo”, le escribe. Quiere creer que el niño se pondrá fuerte, que dará “envidia al mundo entero con su salud” (Ferris, 2022). La realidad fue otra. El niño enfermó, se debilitó y murió el 19 de octubre de 1938 y su padre no pudo estar ahí para acompañarle en los últimos instantes de su vida.

Aitor Larrabide, director de la Fundación Miguel Hernández, ve en ese momento una fractura doble. Por un lado, la muerte íntima del hijo. Por otro, el hundimiento histórico de la República, que ya estaba perdiendo la guerra. “Es como si se le cayera encima la historia”, explica Larrabide. La frase encaja con una imagen muy clara: Miguel no pierde solo a un hijo. Pierde, al mismo tiempo, la idea de la continuidad de su sangre.
Cuerpo del amanecer:
flor de la carne florida.
Siento que no quiso ser
más allá de flor tu vida.
Corazón que en el tamaño
de un día se abre y se cierra.
La flor nunca cumple un año,
y lo cumple bajo tierra.
Poema XVI, Cancionero y Romancero de Ausencias.
Esa pérdida queda plasmada en los poemas. En el Cancionero, Manuel Ramón aparece muchas veces a través de imágenes breves, casi desnudas. “La flor nunca cumple un año, y lo cumple bajo tierra”, escribe Hernández. No hace falta más. La vida del niño queda reducida a una flor que no llega al año, a una belleza que no alcanza a durar. No hay consuelo fácil en esos versos. Tampoco una explicación. Solo la constatación de que algo nacido para asegurar la continuidad familiar ha acabado enterrado demasiado pronto.
La casa también se quedó vacía
En otro poema, el cementerio queda al lado de la vida cotidiana: “Cuatro pasos, y los muertos. Cuatro pasos, y los vivos”. La distancia entre dormir en casa y visitar al hijo muerto parece mínima. Cuatro pasos. Nada más. Y, pese a esa cercanía, el poema dice que allí “se hace remoto el hijo”. Esa contradicción resume muy bien el duelo: el muerto está cerca y, a la vez, en un lugar imposible de alcanzar.
La casa, que tendría que haber sido refugio, se convierte también en ataúd. “Mi casa es un ataúd”, escribe Miguel. La frase golpea porque no necesita explicaciones, se entiende por sí sola. En el último Hernández, la vivienda familiar ya no es solo el espacio del amor con Josefina o el lugar donde el hijo tendría que crecer. Es una casa con un cuerpo menos. Una casa donde la ausencia ocupa sitio. Aitor Larrabide recuerda que, en esta etapa, la familia queda como el último refugio del poeta. Pero es un refugio amenazado por todo: la guerra, la cárcel, la pobreza, la muerte, la distancia.
José Carlos Rovira, catedrático de Literatura Hispanoamericana en la Universidad de Alicante y uno de los grandes especialistas en Miguel Hernández, habla de una “paternidad sustraída, paternidad imposible” . Miguel es padre, pero le arrebatan la posibilidad de ejercer esa paternidad de forma plena. No puede estar cuando nace su primer hijo. No puede acompañarlo durante la enfermedad. No llega a salvarlo. Después, con el segundo, la cárcel volverá a imponer la distancia.
Te has negado a cerrar los ojos, muerto mío,
abiertos ante el cielo como dos golondrinas:
su color coronado de junios, ya es rocío
alejándose a ciertas regiones matutinas.
Estrofa de la composición LII, Cancionero y Romancero de Ausencias.
Por eso las palabras tienen tanto peso. Cuando ya no puede tocar, Miguel escribe. Cuando no puede cuidar, escribe. Cuando no puede estar en la casa, intenta entrar en ella por carta, por poema, por consejo. En uno de los textos dedicados al hijo muerto, el verso inicial plasma los sentimientos del padre herido: “Te has negado a cerrar los ojos, muerto mío”. El niño aparece con los ojos abiertos, ante el cielo, comparado con golondrinas. La imagen tiene algo de resistencia, como si la muerte no hubiera logrado cerrarlo del todo. Pero el poema avanza hacia la oscuridad, hacia el otoño, hacia la tierra.
El final de ese poema mira a Josefina. “Mujer arrinconada”, le dice Miguel. Le pide que mire, que ya es de día, aunque enseguida reconoce que en su vientre y en sus ojos “la noche continúa cayendo desolada”. Josefina no aparece como una figura secundaria del dolor del poeta. Ella lleva la pérdida en el cuerpo. Ha sido madre, ha cuidado al niño enfermo, lo ha visto morir. Miguel escribe desde fuera de esa experiencia física, pero sabe que la herida pasa por ella.
En el Cancionero, la maternidad ocupa un lugar central. En Hijo de la luz y de la sombra, el cuerpo de Josefina aparece unido a la leche, a la sangre, al vientre, a la continuidad de la especie. “Para siempre fundidos en el hijo quedamos”, escribe Miguel. El hijo ya no es solo el niño concreto. Es el punto en el que los dos cuerpos se unen y se prolongan. Más adelante, el poema abre todavía más el sentido: “la familia del hijo será la especie humana”. El amor privado se agranda hasta convertirse en una afirmación de vida.
La risa en medio del hambre
Larrabide sostiene que, en esas condiciones, el hijo “lo es todo”. No es únicamente una presencia biográfica. Es símbolo, esperanza, continuidad. En la cárcel, cuando el poeta empieza a sentir que su vida puede acabarse pronto, el niño se convierte en la forma más clara de seguir. De ahí también la importancia de las cartas a Josefina sobre la educación de Manuel Miguel. Miguel no escribe solo para decir que lo quiere. Escribe para dejar instrucciones de padre. Quiere que el niño sea curioso, que pregunte, que reciba cariño, que no pase hambre, que no crezca caprichoso, que sea una persona buena y justa.
Hay algo profundamente conmovedor en esas cartas. Miguel sabe que quizá no podrá criar a su hijo, pero intenta estar presente a través de la palabra. Larrabide lo define como una especie de pedagogía afectiva. El padre encarcelado quiere educar desde lejos. Quiere que Josefina le transmita una forma de mirar el mundo. Quiere que el niño crezca con alegría, pero no de cualquier manera: con responsabilidad, con ternura, con dignidad.
Esta semana, como las anteriores, llega martes y no ha llegado tu carta. También empiezo a escribir ésta para que me dé tiempo a echarla después, cuando el correo me traiga la tuya, que no creo que falte hoy. Estos días me los he pasado cavilando sobre tu situación, cada día más difícil. El olor de la cebolla que comes me llega hasta aquí, y mi niño se sentirá indignado de mamar y sacar zumo de cebolla en vez de leche. Para que lo consueles, te mando esas coplillas que le he hecho, ya que aquí no hay para mí otro quehacer que escribiros a vosotros y desesperarme
Carta de Miguel Hernández desde la cárcel de Torrijos a su esposa Josefina Manresa (Madrid, 12 de septiembre 1939).
Para ello es creado Nanas de la cebolla, el poema más conocido de esta etapa. Nace a partir de una carta de Josefina en la que le cuenta que ella y el niño se alimentan con pan y cebolla. La escena podría haber dado lugar a un poema de denuncia directa. Miguel elige otro camino: convierte el hambre en una canción de cuna atravesada por la tragedia. El niño ríe mientras la madre pasa hambre y el padre está preso. Esa risa no borra la miseria. La desafía.
Rovira interpreta Nanas de la cebolla como un canto a la maternidad y a la infancia. Para él, el niño tiene derecho a una felicidad inconsciente, a seguir riendo sin cargar todavía con el horror de los adultos. Larrabide coincide en esa lectura y añade que el poema intenta proteger al niño de la dureza real. Miguel no quiere que su hijo sepa todavía lo que ocurre. Quiere que viva. Que ría. Que no permita que la derrota lo invada todo, para ello, la oculta.
Por eso la risa infantil tiene tanta fuerza en la última obra de Hernández. No es una risa ingenua para el lector adulto. Es una defensa. Una pequeña trinchera emocional. En un mundo donde la guerra ha perdido toda grandeza y la cárcel reduce al hombre a espera, enfermedad y ausencia, la risa del hijo abre un espacio que el poder no puede ocupar del todo. El niño ríe, y en esa risa el padre encuentra algo parecido a una victoria íntima, quiere que su hijo crezca sano y tenga algo que echarse a la boca.
Pero Nanas de la cebolla también ha eclipsado otros poemas decisivos. Larrabide lo reconoce: “su carga emocional es tan potente que ha dejado en segundo plano piezas más breves, más pequeñas, igual de intensas”. El Cancionero no puede reducirse a esa canción de cuna. Hay otros textos donde el duelo por Manuel Ramón, la casa vacía, el viento que separa, la puerta cerrada o el deseo de escuchar la voz del hijo bajo la tierra construyen un mapa mucho más amplio.
Uno de esos poemas dice: “Dime desde allá abajo la palabra ‘Te-quiero’”. La petición es imposible y, por eso mismo, resulta devastadora. El padre sabe que el hijo no puede contestar. Aun así, pregunta. Quiere escuchar una palabra desde la tierra. Quiere que el amor atraviese la muerte, aunque sea en forma de silencio. En otro texto, el poeta escribe: “Muerto mío. Te has ido con el verano. ¿Sientes frío?”. La pregunta parece sencilla, casi infantil, pero contiene el desamparo de un padre que sigue pensando en el cuerpo de su hijo muerto como si todavía pudiera necesitar abrigo.
Ese tono final de Miguel Hernández parece sencillo, pero Rovira advierte que esa sencillez está muy trabajada. El poeta llega a versos cortos, canciones, romances y romancillos después de una evolución literaria intensa. No estamos ante una escritura pobre ni improvisada. Es una poesía depurada, con menos adjetivos, con imágenes más directas, con una capacidad enorme para unir lo popular y lo culto. La canción de cuna, la copla, el romance y la tradición literaria conviven en un lenguaje que parece hablar bajo y, al mismo tiempo, llega muy lejos.
Rovira recuerda también que el Cancionero está construido alrededor de la ausencia. Ausencia de la mujer, ausencia del hijo, ausencia de libertad, ausencia de la vida que el poeta había imaginado. La palabra “ausencias” no es un título decorativo. Es el centro del libro. Miguel escribe desde todo lo que le falta. Y, en esa falta, el hijo ocupa un lugar decisivo: el muerto porque ya no está, el vivo porque está lejos, creciendo sin el padre.
La biografía ayuda a entender esa tensión. Manuel Miguel nació el 4 de enero de 1939, pocos meses después de la muerte de su hermano. Su llegada fue una alegría, pero una alegría con sombra. Larrabide recuerda que el duelo por el primer hijo no duró mucho como etapa cerrada porque Josefina quedó embarazada enseguida, y ese nuevo nacimiento volvió a unir a Miguel con la vida. Aun así, el primer hijo no desapareció nunca. El segundo no sustituyó al primero. En el último Hernández, los dos conviven: uno como herida y otro como esperanza.
Esa convivencia da a la infancia una profundidad especial. El niño puede ser promesa de futuro, pero también cuerpo vulnerable. Puede ser risa, leche, luz, continuidad, y al mismo tiempo puede morir por una enfermedad intestinal en una casa pobre durante la guerra, al igual que su hermano. Miguel no idealiza la infancia hasta convertirla en un lugar puro y protegido. La muestra amenazada. La infancia, en su última obra, depende de la madre que alimenta, del padre que escribe, del pan que falta, de la medicina que no llega, de la guerra que lo contamina todo.
También por eso la figura de Josefina es fundamental. Sin ella no se entiende este tramo de la obra. Ella recibe las cartas, cuida a los hijos, sostiene la casa, atraviesa el duelo, pasa hambre, aparece en los poemas como esposa, madre, vientre, leche y noche. Miguel escribe muchas veces desde la distancia, pero esa distancia no borra la presencia de Josefina. Al contrario, la agranda. La convierte en el centro material de una familia que él solo puede acompañar con palabras.
En una de sus cartas tempranas, antes de todo ese desastre, Miguel le había pedido a Josefina que le dijera si aún podía contar con su apoyo en la vida. La frase, vista desde el final, adquiere otro peso. Josefina fue ese apoyo durante una vida compartida casi siempre a medias: por la guerra, por los viajes, por las cárceles. La relación de ambos fue en gran parte epistolar ya que muchas veces no llegaron a entenderse. Se quisieron muchas veces por carta. Se explicaron la vida por carta. Y Miguel acabó siendo padre también por carta.
En la última etapa de Miguel Hernández, la historia sigue estando ahí, aunque aparece de otra manera. En Viento del pueblo, el poeta escribía con una voz más abierta, más colectiva, más pegada a la guerra y al frente. En el Cancionero y romancero de ausencias, esa voz pierde fuerza. La derrota, la cárcel y la distancia cambian su forma de escribir. Ya no parece hablar desde la calle o desde la trinchera, sino desde una casa que echa de menos, desde una celda, desde una carta que intenta llegar a Josefina. La guerra entra en los poemas por sitios pequeños: una cuna, una cebolla, una puerta, un vientre, unos ojos de niño, una casa vacía o un cementerio demasiado cerca.
Quizá por eso esta parte de Miguel Hernández sigue llegando tanto. El hijo permite mirar al poeta desde un lugar muy humano. Está el Miguel histórico, el preso, el republicano, el símbolo de una época. Pero también está el padre que teme perder a un niño, que quiere protegerlo, que desea que viva mejor que él. Aitor Larrabide afirma que el hijo encarnó “todo lo mejor de la especie humana”. La frase tiene mucha fuerza, y en el caso de Miguel se entiende bien. Cuando casi todo se estaba rompiendo a su alrededor, el hijo era una forma pequeña y enorme de futuro, mostrando así las dos caras de la moneda.
Al final, el Cancionero y romancero de ausencias puede leerse también como el libro de un padre. Miguel escribe al hijo muerto, al que sigue llamando desde los poemas. Escribe pensando en el hijo vivo, al que intenta acompañar desde la cárcel. Escribe pensando en Josefina, en la casa, en la familia que apenas puede tocar. En esa última etapa, la palabra se convierte en la manera que tiene de seguir cerca de los suyos.
Miguel Hernández no pudo salvar a Manuel Ramón. No pudo criar en libertad a Manuel Miguel. No pudo volver a la casa que había imaginado. Pero dejó en sus últimos poemas una manera de seguir tocando lo perdido. La infancia, en esa obra final, no es un tema más. Es el lugar donde el dolor se vuelve más humano y donde la esperanza, aunque esté rodeada de hambre y de sombra, todavía respira.



