La anatomía del simulacro: Ana María Shua y la pedagogía del miedo

Maira A. Monsalve
En las páginas de El cuerpo roto, Ana María Shua nos conduce por un pasillo estrecho, embaldosado y demasiado largo hacia el corazón de una alcoba en los años sesenta. No es una escena de liberación, aunque los protagonistas, Celia y Hernán, crean estar asaltando las murallas de la modernidad. Es, más bien, la crónica de un naufragio anunciado por las instrucciones de un libro. El relato “Técnicas Modernas” funciona como una autopsia del lenguaje técnico: ese que, en su afán por habitar el cuerpo, termina por desterrar el deseo.
El centro de gravedad de esta tragedia silenciosa es un objeto intertextual que actúa como un tercer personaje: el manual Técnicas sexuales modernas de Robert Street. Para Hernán, el texto no es una guía, sino un dogma de fe. Shua disecciona con una ironía finísima la “voluntad de saber”: la sexualidad de los personajes no nace del encuentro espontáneo, sino de un laboratorio de instrucciones clínicas. “Presión directa y no angular”, dictamina el manual con la frialdad de un prospecto médico. Bajo esa premisa, el cuerpo de Celia deja de ser un territorio de misterio para convertirse en un mecanismo de relojería que debe ser activado mediante el algoritmo correcto. Hernán, atrapado en el arquetipo del “varón experto”, carga con la responsabilidad de una ejecución perfecta. Por su parte, Celia es reducida a una “víctima propiciatoria” en una ceremonia que no le pertenece, donde su propia excitación es cronometrada en pausas de cinco y ocho segundos. La educación sexual que subyace en este rincón de la ficción no es una apertura al goce, sino una pedagogía del miedo.
El relato “Técnicas Modernas” funciona como una autopsia del lenguaje técnico: ese que, en su afán por habitar el cuerpo, termina por desterrar el deseo.
La maestría de Shua reside en cómo utiliza el espacio para reforzar esta asfixia. El departamento pelado, con sus paredes desnudas y sus camas individuales unidas a la fuerza, es el escenario de una precariedad emocional absoluta. En este no lugar, el lenguaje de Street se filtra como un veneno que distorsiona la percepción: Hernán llega a confundir el dolor de su pareja con un error de ubicación anatómica, un “ínfimo agujerito” que no debería estar ahí. Aquí, la literatura denuncia cómo el saber técnico, cuando se divorcia de la empatía, se vuelve ciego y cruel.
Para mí lo más devastador del relato no es el dolor físico de la iniciación, ese “dolor diferente, inesperado, agudo”, sino la claudicación final de la palabra y la verdad. Ante el fracaso de la técnica y la vulnerabilidad casi infantil de Hernán, quien está a punto de sucumbir al llanto y al desánimo, Celia elige el camino del simulacro; inventa, finge gratitud y aplaude una coreografía que la ha dejado rota, física y simbólicamente. Es el triunfo definitivo de la ficción sobre la piel: cuando el cuerpo no responde al manual, la mujer se ve obligada a poetizar la tortura para salvar la identidad del hombre. La sexualidad se vuelve así una representación teatral donde el aplauso final es solo un alivio ante el fin de la función.
Cuando el cuerpo no responde al manual, la mujer se ve obligada a poetizar la tortura para salvar la identidad del hombre.
Shua me recuerda que, cuando el lenguaje se reduce a una serie de instrucciones externas, la comunicación humana se vuelve un ruido blanco, una mancha rosada en la sábana que se intenta ocultar a la mirada de los padres con un pragmatismo triste. Hoy, décadas después de que Celia y Hernán intentaran descifrar su destino entre las páginas de Street, el eco de este relato persiste en nuestros jóvenes, que ahora han cambiado los soportes —del papel y del manual al foro de internet—, pero la pregunta sobre la autenticidad del encuentro sigue suspendida en el aire, tan frágil como el látex de un condón perdido en el pasillo de un edificio. Si la literatura es el espacio donde el cuerpo recupera su voz frente a la norma y la estadística, el cuento de Shua me deja una interrogante punzante para el presente:
¿Es posible construir una educación sexual que prescinda de los guiones de rendimiento y de un manual del placer, o estamos condenados a habitar nuestro deseo como si fuera para siempre el fragmento de un libro escrito por otros?



