El prejuicio contra la música urbana dice más de nosotros que de ella

La cantante Rosalía en un festival de música
La cantante Rosalía en un festival de música

Tal vez el problema no sea la música urbana. Tal vez el problema sea el prejuicio.

Durante décadas, cada generación ha tenido su propio escándalo musical. El rock fue un ruido para los adultos de los sesenta. El punk era peligroso. El hip hop parecía marginal. Hoy la etiqueta incómoda se la lleva el reguetón. Pero lo interesante es que, cuando rascamos un poco, descubrimos que detrás del ritmo pegadizo hay algo más profundo, que es la identidad, pertenencia y relato generacional.

Artistas como Rosalía han demostrado que lo urbano no es un género cerrado ni simple. Ha mezclado flamenco, electrónica y estética contemporánea hasta convertir su propuesta en un fenómeno internacional. Y no es la única. C. Tangana pasó del rap más clásico a construir un universo sonoro que dialoga con la tradición española, desde la rumba hasta la canción melódica. Esa capacidad de hibridar lo antiguo y lo nuevo es, precisamente, uno de los rasgos más interesantes de la cultura actual.

La música urbana no está destruyendo la cultura; está transformándola.

Sin embargo, el debate suele quedarse en la superficie: letras explícitas, sexualización y consumo rápido. Como si la cultura “seria” nunca hubiera hablado de deseo, dinero o poder. Como si la provocación no hubiera formado parte de la historia del arte. Resulta curioso que nos escandalice una frase en una canción, pero aceptemos sin cuestionar ciertos discursos en otros ámbitos.

La música urbana conecta con una generación que ha crecido en crisis permanentes: económica, climática, emocional… Es una generación acostumbrada a la precariedad y a la sobreexposición en redes sociales. Sus canciones hablan de éxito rápido, sí, pero también de ansiedad, de desarraigo, de relaciones frágiles. Puede que no lo hagan con metáforas barrocas, pero lo hacen con honestidad directa.

Además, hay algo profundamente democrático en este fenómeno. La producción musical ya no depende exclusivamente de grandes estudios. Un portátil y un programa de edición pueden ser suficientes para empezar. Plataformas como Spotify o YouTube han cambiado las reglas del juego: el público decide, comparte, viraliza. Esto tiene riesgos evidentes: la saturación, la fugacidad, pero también ha abierto espacios que antes estaban cerrados.

Quizá lo que incomoda no es el ritmo repetitivo ni la base electrónica. Lo que incomoda es que la cultura ya no pasa por los mismos filtros de antes. Ya no son solo críticos especializados o grandes medios quienes legitiman lo que merece ser escuchado. Ahora el canon es inestable, cambiante, colectivo.

Porque, al final, eso es la cultura: una fotografía sonora de lo que somos.

No toda la música urbana es brillante. Sería ingenuo afirmarlo. Pero tampoco lo era todo el pop de los noventa ni todo el rock de los ochenta. Reducir un movimiento cultural a sus peores ejemplos es una forma muy cómoda de no analizarlo en serio.

Me pregunto si dentro de veinte años miraremos atrás y veremos esta etapa con otros ojos. Si algunas canciones que hoy suenan en discotecas o en auriculares camino a clase terminarán siendo documentos emocionales de una época. Porque, al final, eso es la cultura: una fotografía sonora de lo que somos.

Tal vez deberíamos escuchar antes de juzgar. Entender antes de descalificar. La música urbana no está destruyendo la cultura; está transformándola. Y, como toda transformación, genera resistencia.

Pero si algo nos ha enseñado la historia cultural es que lo que hoy se desprecia mañana puede estudiarse en universidades o sonar en teatros. Quizá el verdadero debate no sea si el reguetón es cultura. La pregunta incómoda es otra: ¿por qué nos cuesta tanto aceptar que la cultura cambia sin pedirnos permiso?