El pop romántico evoluciona sin perder su esencia y sigue emocionando a través de historias de amor y desamor

María Jerez
No hay nada como la música, esa magia que te transporta, que te hace cerrar los ojos, cantar en voz alta y sentir que todo a tu alrededor desaparece. Y se consigue con tan solo conectar los auriculares y darle al botón de reproducir.
Una canción puede despertar recuerdos, sentimientos que parecían olvidados, que parecían ocultos y a veces duele y emociona al mismo tiempo. Por eso, cuando escucho pop en español, no puedo evitar darme cuenta de que, para mí, la mayoría de las canciones hablan del amor. Aunque también disfruto de otros géneros (como el rock, indie o reguetón), mi refugio siempre será el romántico. Quizá por eso una de mis mejores amigas y yo decimos que estamos “enamoradas del amor”. Ese sentimiento se refleja en mis auriculares. Escucho lo que me hace sentir, lo que me conecta de verdad.
Si echo la vista atrás, me doy cuenta de que, durante décadas, los artistas han encontrado en este sentimiento una manera de tocar directamente el corazón del público, el alma. Clásicos como ‘El amor de mi vida’, de Camilo Sesto; ‘Amor eterno’, de Rocío Dúrcal; ‘Te quiero, te quiero’, de Nino Bravo; ‘Solo tú’, de Paloma San Basilio; ‘Como yo te amo’, de Raphael; ‘Como una ola’, de Rocío Jurado; ‘Te quiero’, de José Luis Perales, o ‘Quédate conmigo’, de Pastora Soler, son solo algunos ejemplos. Muchas de estas canciones se convirtieron en himnos que han acompañado a distintas generaciones. Son melodías que han sonado en casas, en radios y en conciertos durante años, y que todavía hoy siguen emocionando como la primera vez. Lo que más me llama la atención de estas canciones es que no necesitan más, con palabras sencillas y melodías sinceras es suficiente para hacer sentir.
Escucho lo que me hace sentir, lo que me conecta de verdad
Hoy, el amor en las canciones ha cambiado, y me encanta. Ya no es perfecto ni idealizado, es humano, es real. Habla de confusión, de pasión, de despedidas que duelen y momentos que transforman. Cuando escucho el disco Prometo (2017), de Pablo Alborán, siento que cada canción me atraviesa y me remueve de principio a fin. Me muevo estando estática. Me hace sentir vulnerable y a la vez segura de mí misma. Me deja en mitad de la nada. Muestra amor real y sincero, aunque también incluya desamor, dudas y miedo a perder. Y aunque hayan pasado casi diez años desde su lanzamiento, lo sigo escuchando y siento que cada canción evoluciona conmigo, con cada escucha lo noto diferente. Él pertenece a una generación de artistas que han conseguido renovar el pop romántico español, que mantienen la emoción de los clásicos pero con un sonido y un lenguaje más actual y cercano.
Pablo López me remueve de otra manera, sus canciones son un viaje entre dolor y belleza que va y viene. En su música siento que el amor no siempre es perfecto ni fácil, sino que es aprendizaje, pasión y también pérdida. Cuando le escucho, me recuerda que amar implica exponerse, equivocarse y crecer, y que incluso los momentos difíciles o duros forman parte de lo que significa sentir de verdad. Su manera de componer, muchas veces acompañada por el piano o las cuerdas, hace que las emociones se sientan todavía más intensas y cercanas.

Lo que me atrapa de estos artistas es que no idealizan el amor. Sí, hablan de un amor bonito, a veces tan perfecto que parece fantástico, casi irreal, pero siempre lo muestran con honestidad. Eso es lo que hace que sus canciones me enganchen de verdad. Por eso les sigo escuchando, dejándome llevar, sintiendo cada acorde, cada melodía, cada verso, como si hablaran directamente a través de los auriculares. Y, mientras lo hago, sé que, aunque los tiempos cambien y los ritmos evolucionen, el amor seguirá siendo el hilo invisible que mueve toda la música. Quizá por eso sigue siendo el tema que más se repite en la música: porque todos, de una forma u otra, nos reconocemos en él.



